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El mundo en que vivimos es un lugar intrincado y más aun si las personas se afanan en complicarte la existencia dándote consejos y referencias sobre otros congéneres. Consejos y referencias que son brindados con el cristal de sus ojos que, según como haya sido su experiencia con el otro, te dirá si es bueno o malo tratar al susodicho.

Así las cosas, muchas veces te ahorrarías dolores de cabeza siguiendo las advertencias pero, también muchas otras, estarías privándote de tratar a alguien que, como no le gusta o le tiene envidia quien te da el consejo, dejarías de tratar injustamente.

Como he aprendido eso por medio de la experiencia, desde hace muchos años aplico una medida equitativa y justa para con los demás: les otorgo a todos el 100% de confianza al inicio de un vinculo o trato y, a pesar de recibir consejos (buenos y/o malos) sobre cada persona dejo que la interacción determine cuál es, al final, el grado de  amistad y familiaridad que deposito en cada uno. De esta manera me he ganado muchísimos: “Yo te dije”… pero también he obtenido varios “conmigo, al menos, no es así”…

La historia de Arquímedes y la corona de oro nos enseña mucho sobre este tema… En el siglo III a.C., el rey Hierón II gobernaba Siracusa. Siendo un rey ostentoso, pidió a un orfebre que le hiciese una gran corona y le dio un lingote de oro puro. Una vez el orfebre hubo terminado, le entregó al rey su corona. Entonces las dudas comenzaron a asaltarle al rey. La corona pesaba lo mismo que un lingote de oro, pero ¿y si el orfebre había sustituido parte del oro de la corona por plata para engañarle?

Ante la duda, el rey Hierón hizo llamar a Arquímedes, que era uno de los más famosos sabios y matemáticos de la época, así que el rey creyó que sería la persona adecuada para abordar su problema.

Como el rey estaba contento con la corona y no quería fundirla si no había evidencia de que el orfebre le había engañado, Arquímedes tenía que calcular la densidad de la corona para averiguar si era de oro puro o si contenía algo de plata.

Un día, mientras tomaba un baño en la tina, Arquímedes se percató de que el agua subía cuando él se sumergía. Enseguida asoció conceptos: él al sumergirse estaba desplazando una cantidad de agua que equivaldría a su volumen. Consecuentemente, si sumergía la corona del rey en agua y medía la cantidad de agua desplazado, podría conocer su volumen.

Sin ni siquiera pensar en vestirse, Arquímedes salió corriendo por las calles gritando ‘¡Eureka! ¡Eureka!’. Es que, sabiendo el volumen y el peso, podría determinar la densidad del material que componía la corona. Si esta densidad era menor que la del oro, se habrían añadido materiales de peor calidad, por lo que el orfebre había intentado engañar al rey.

Así que Arquímedes tomó una pieza de plata y otra de oro del mismo peso que la corona, llenó una vasija de agua hasta el tope, introdujo la pieza de plata y midió la cantidad de agua derramada. Después hizo lo mismo con la pieza de oro. De este modo, determinó qué volumen equivalía a la plata y qué volumen equivalía el oro.

Repitió la misma operación con la corona y el volumen de agua que desplazó se situó a medias entre el volumen de la plata y el del oro. Ajustó los cálculos y determinó de forma exacta la cantidad de plata y oro que tenía la corona, demostrándole a Hierón II que el orfebre lo había tratado de engañar…

La historia de Arquímedes nos enseña que, sin tomar en cuenta las suposiciones previas, debemos sopesar rigurosamente los hechos y las acciones de nuestras relaciones para saber con exactitud qué grado de profundidad le debemos dar a cada una de ellas. A mayor falsedad mas bajo el porcentaje de confianza y, a mayor autenticidad, mas alta la proporción de confidencia y familiaridad… Por eso digo: da 100% de confianza a todo el mundo al inicio de una relación y ajusta tu interacción según tu propia experiencia. De ti depende.

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