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12 meses Diciembre…

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Tab Machado

Comenzamos un nuevo año y el tiempo sigue andando, impertérrito, imperturbable e inconmovible ante los pedidos de la mayoría de los seres humanos para que se detenga, aunque tan solo sea un poco. Un amigo, por ejemplo, escribió acerca del cambio de fecha y de la fragilidad de memoria de las personas en su muro de Facebook, diciendo: “lo peor es que todos completamente todos nos esperamos hasta diciembre para decirle a las gente que nos rodea que los queremos mucho, pero llega enero y ahí ya se les olvidó. ¡Que corta memoria tenemos!”

La caída de las hojas del calendario, es inapelable y la fragilidad de la memoria humana también… por eso da nostalgia que ya se haya ido diciembre, un mes en el que ojalá estuviéramos estacionados todo el año, porque es la época en la que el hombre toma algo de conciencia de lo que es su espiritualidad y presta más atención a aquellos que están en su entorno e, incluso, a personas y afectos que casi tenía olvidados en su afán de querer alcanzar siempre un poquito más para autoabastecer su poderoso ego… Diciembre es un mes casi mágico en el que, vaya a saber uno porque, todo se suaviza y se vuelve más benévolo, considerado e indulgente, casi perfecto. A veces pienso que sucedería si la humanidad se comportara así todo el año… que ingenuo ¿No?

Lamentablemente, una vez que atravesamos la intangible frontera de las 12 de la noche del 31 de diciembre, al igual que Cenicienta partiendo rauda de la fiesta en la que conoce al príncipe, dejamos olvidado en el apuro por volver a “la realidad” nuestro delicado y frágil traje espiritual que no volveremos a colocarnos hasta dentro de once meses… ¿Por qué? Eso es un misterio aún sin resolver.

Con enero retornamos a la “normalidad”, los gestos vuelven a ser adustos, la mirada dura y al espíritu lo colocamos rápidamente en el congelador, junto a la cordialidad y la amabilidad, para que los tengamos frescos y lozanos en el próximo diciembre…

Por eso quiero pedirles hoy, antes de que la espesa niebla de las necesidades personales y la cotidianidad borren el espíritu navideño, que leamos con atención la siguiente historia y tratemos de recordarla diariamente para hacer del 2013 un año mejor…

La historia cuenta que cuatro velas se consumían lentamente luego de la gran fiesta de fin de año. El ambiente estaba tan silencioso que se podía oír el diálogo que mantenían entre ellas… La primera dijo: “¡YO SOY LA PAZ!  Pero las personas no consiguen mantener mi luz, creo que me apagaré”. Y poco a poco, su fuego se consumió.

La segunda dijo entonces: “¡YO ME LLAMO FE!  Pero las personas no quieren saber nada de mí. Soy muy débil y no tiene sentido seguir dando luz… así que cuando terminó de hablar, una brisa pasó suavemente sobre ella y se apagó.

Con mucha tristeza  la tercera vela manifestó: “¡YO SOY EL AMOR! Pero no tengo fuerzas para seguir encendida ya que todos me dejan de lado, se olvidan hasta de sus seres queridos… y sin esperar más, se apagó.

De repente entró un niño a la habitación y vio las tres velas apagadas. “¿Qué es esto?”, preguntó con desilusión… “Ustedes debían estar encendidas hasta el final” dijo…  así que, lleno de tristeza, comenzó a llorar… Fue allí cuando la cuarta vela habló: “No tengas miedo” dijo, “mientras yo tenga fuego podremos encender a las demás, pues ¡YO SOY LA ESPERANZA!”… Con los ojos brillantes el niño tomó la vela encendida y volvió a darles luz a las demás y así se iluminó nuevamente todo el cuarto…

Ojalá que, como en este cuento, la luz de “la esperanza” de un mundo mejor jamás se apague dentro de tu corazón, porque como lo dijo el escritor, ensayista e historiador inglés Thomas Carlyle: “si se siembra la semilla con fe y se cuida con perseverancia, sólo será cuestión de tiempo recoger sus frutos”…

Ojala que en el 2013 todos los meses sean diciembre…

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