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Analfabetismo emocional: la dura realidad del modernismo

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El ser humano contemporáneo sufre de un empobrecimiento espiritual histórico que lo tiene sumidos en un nivel absoluto de analfabetismo emocional. Estamos al tanto de lo que sucede en el mundo, pero nada sabemos de nuestra vida afectiva y emocional, por lo que exhibimos gran torpeza en nuestras relaciones personales.

En el mundo existen más de 450 millones de personas aquejadas por los más diversos trastornos mentales. Cada 100 personas en el mundo 20 padecen de depresión.  Los trastornos como la anorexia y las adicciones se muestran en edades cada vez más tempranas… es por eso que surge una gran pregunta que agobia a la humanidad: ¿Qué es lo que está sucediendo con la sociedad actual?

Al parecer hemos desterrado las emociones y la afectividad del palacio del conocimiento. Dolor y torpeza nos afecta a todos, pues si alguna cosa está democráticamente distribuida en nuestra sociedad, es la torpeza emocional. Ricos y pobres, iletrados y posgraduados, todos manifiestan igual nivel de irracionalidad afectiva y analfabetismo emocional.  Nadie está dispuesto a devolver un llamado telefónico, a conversar con un amigo, a leer, a pensar y reflexionar. Contamos nuestros bienes pero no nuestras pasiones.  Vivimos un mundo de pequeñas relaciones corto-placistas, sin generación de redes y amigos. Nada debe distraer al “conquistador” de su objetivo grandioso: someter a los demás a sus caprichos y sus necesidades.

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¿Cómo podemos entonces definir la inteligencia emocional? Quizá como una interrelación entre el cerebro y el corazón. Una persona con elevado nivel de calificación Intelectual posee alto nivel de competencia técnica, mientras que un elevado coeficiente espiritual significa un alto nivel de competencia humana. La inteligencia emocional es la capacidad para reconocer sentimientos propios y ajenos y el conocimiento para manejarlos. El término fue popularizado por Daniel Goleman, con su célebre libro: Emotional Intelligence, publicado en 1995. Goleman estima que la inteligencia emocional se puede organizar en cinco capacidades: conocer las emociones y sentimientos propios, manejarlos, reconocerlos, crear la propia motivación y gestionar las relaciones.

En busca de un cambio positivo

El desarrollo tecnológico, el tener acceso a la educación y a la información no nos hace personas más felices, libres o equilibradas psicológicamente porque existe una asignatura pendiente: el aprendizaje emocional.

El analfabetismo emocional hace referencia a la incapacidad para manejar nuestras emociones y las emociones de los otros e implica la imposibilidad para comprender, aceptar, explicar y cambiar las emociones.

Al igual que existe un período óptimo para el aprendizaje de la lectura y la escritura, también existe una etapa idónea para aprender a manejar asertivamente las emociones, ésta se correspondería con las etapas iniciales de la vida: la niñez, la adolescencia y la juventud pero esto no indica que no podamos iniciar el aprendizaje emocional en etapas tardías de la vida. Nunca es tarde si luchamos por una buena causa y ponemos empeño en la tarea.

Hay investigaciones muy curiosas que aseveran que los niños desde edades muy tempranas son capaces de comprender e incluso manipular las emociones de los otros que le rodean, sobre todo las emociones de los adultos. Entonces, ¿qué sucede en el transcurso de la vida? Simplemente no aprendemos a sacarle provecho a este aprendizaje por ensayo y error y lo dejamos en manos de la buena fortuna. Aprendemos de otras culturas, desarrollamos la parte de nuestro cerebro relacionada con las matemáticas, la música, la lengua… pero no educamos la parte relacionada con las emociones; así no es de extrañar que los jóvenes y muchas personas que llegan a la mitad

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de su vida se sientan completamente “perdidas”, no son dueñas de sí mismas. Han descuidado un aprendizaje esencial: aprender a relacionarse consigo mismo y con las personas de una forma asertiva.

¿Qué implica el aprendizaje emocional?

Autoconciencia emocional: aprender a reconocer las emociones, saber diferenciar la tristeza de la depresión, la ansiedad del agobio… y sobre todo, ser capaces de explicar su origen y sus diversos por qué.

Autocontrol emocional: aprender a manejar las emociones: la posibilidad de controlar la ira, la irritabilidad, liberarse de la depresión…

Automotivación: aprender a plantearse metas y autopropiciarse emociones positivas que faciliten el camino trazado.

Empatía: ser capaces de reconocer las emociones de los demás y comprenderlas, saber ponerse en su lugar y aceptarlos tal cual son.

Habilidades sociales: manejar las emociones de forma positiva para lograr lo mejor de todos. Una persona que es hábil socialmente es capaz de actuar como mediador ante los conflictos interpersonales, en muchas ocasiones actúa como líder de los grupos y brindar apoyo emocional.

Los hombres que poseen una elevada inteligencia emocional suelen ser socialmente equilibrados, extrovertidos, alegres, poco predispuestos a la timidez y a rumiar sus preocupaciones. Demuestran estar dotados de una notable capacidad para comprometerse con las causas y las personas, suelen adoptar responsabilidades, mantienen una visión ética de la vida y son afables y cariñosos en sus relaciones. Su vida emocional es rica y apropiada; se sienten, en suma, a gusto consigo mismos, con sus semejantes y con el universo social en el que viven.

Las mujeres emocionalmente inteligentes tienden a expresar sus sentimientos sin rodeos, tienen una visión positiva de sí mismas y para ellas la vida siempre tiene un sentido. Al igual que ocurre con los hombres, suelen ser abiertas y sociables, expresan sus sentimientos adecuadamente y soportan bien la tensión. Su equilibrio social les permite hacer rápidamente nuevas amistades; se sienten lo bastante a gusto consigo mismas como para mostrarse alegres, espontáneas, abiertas y raramente se sienten ansiosas, culpables o se ahogan en sus preocupaciones.

Tratar de alcanzar estas virtudes (que pueden aprenderse a cualquier edad) puede parecer un camino difícil, pero sin duda alguna es una aventura que merece la pena intentarse, porque los logros que se obtienen superan con creces las dificultades que surgen durante el proceso de aprendizaje.

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