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Aún estás a tiempo

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El acontecer cotidiano, ese en el que estamos todos inmersos y en el cual cohabitamos (muchas veces sin entendernos), es el que suele entregarme frases, escenarios, trances, estampas, figuras y situaciones, que luego transcribo al papel y comparto con ustedes. Es que la vida es una maestra disciplinada e implacable que imparte su sabiduría de manera rígida e inflexible y nadie debería de ignorar sus enseñanzas…

Por ejemplo, me decía una persona los otros días (con la angustia reflejada en el rostro), que alguien le había prometido un dinero por un trabajo y, luego de hecho el mismo, se demoraba en pagarle. Textualmente me dijo: “como él tiene dinero y no padece necesidades, cree que todo el mundo vivimos en la misma condición”… Su expresión es muy común en varios aspectos de la vida, ya que es difícil calzarse zapatos ajenos y ver como aprietan e incomodan.

Así, de esta manera, el satisfecho no entiende al que padece hambre, ni el que tiene en demasía deduce como se siente al que le falta, ya sea en el plano económico, afectivo y/o espiritual.

Cuenta una historia muy gráfica al respecto, que un estudiante universitario salió a dar un paseo con un profesor a quien los alumnos consideraban su amigo, debido a su bondad.

Mientras caminaban, vieron un par de zapatos viejos y supusieron que pertenecían a un anciano que trabajaba en el campo contiguo y que estaba a punto de terminar sus labores diarias. El alumno entonces le dijo al profesor: “Hagámosle una broma; escondamos los zapatos y ocultémonos detrás de esos arbustos para ver su cara cuando no los encuentre”.

“Mi querido amigo”, le dijo el profesor, “nunca tenemos que divertirnos a expensas de los pobres. Tú eres rico y por eso no entiendes, pero puedes darle una gran alegría a este hombre. Coloca una moneda en cada zapato y luego nos ocultaremos para ver cómo reacciona cuando las encuentre”. Eso hizo el estudiante y ambos se ocultaron entre los arbustos cercanos.

El hombre pobre, terminó sus tareas y cruzó el terreno en busca de sus zapatos y su abrigo. Al ponerse el primer zapato sintió algo adentro, así que  se agachó para ver qué era y encontró la moneda. Maravillado, se preguntó qué podía haber pasado. Luego miró a su alrededor pero no se veía a nadie. Guardó la moneda en el bolsillo de su raído abrigo y se puso el otro zapato… su sorpresa fue doble al encontrar la otra moneda. Entonces sus sentimientos lo sobrecogieron, cayó de rodillas y levantó la vista al cielo pronunciando un ferviente agradecimiento en voz alta, hablando de su esposa enferma y sin ayuda y de sus hijos que no tenían pan y que debido a una mano desconocida no morirían de hambre. El estudiante quedó profundamente impactado y se le llenaron los ojos de lágrimas.

“Ahora”, dijo el profesor, “¿no estás más complacido que si le hubieras hecho una broma?” y el joven estudiante le respondió: “Usted me ha enseñado una lección que jamás olvidaré. Ahora entiendo algo que antes no entendía: es mejor dar que recibir”…

Yo no te pido que de continuo te pongas en botas ajenas para entender a tu semejante (aunque si te lo aconsejo para que seas más justo y ecuánime) pero al menos sería bueno que entendieses que no padecer frío no significa que no lo haya o no tener hambre no es sinónimo de que todos estén satisfechos. Tampoco tener en abundancia equivale a que todos a tu alrededor no padezcan vicisitudes o emergencias y que gozar de afecto y cariño no implica que todo el mundo pueda tener tu misma suerte… Medir al mundo únicamente con tu propia vara puede ser muy peligroso porque, como dice la parábola, (aunque no lo creas) llegará el día en la que con la misma vara que mides serás medido y entonces entenderás (de la peor manera) que la indiferencia y la insensibilidad que manifestaste frente a tu semejante es un boomerang que ahora golpea tu rostro y lacera tu alma. Aún estás a tiempo… solo basta entender que quienes viven a tu alrededor también son humanos…

 

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