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Basta al día su afán

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Tab Machado

A lo largo y ancho del planeta hay diferentes fechas para celebrar el día del niño pero, aprovechando que en estas latitudes el 30 de abril es para muchos la celebración oficial, aprovecho para pedirles a todos los adultos proteger y cuidar con esmero ese futuro que nos depara la niñez mundial. Los niños dependen de sus mayores, ya sea padres, maestros o familiares cercanos e imitan

sus acciones porque es lo que ven y aprenden, por eso es muy importante lo que uno hace, dado que es el espejo donde ellos se miran y reflejan.

Lamentablemente, en las últimas décadas, la frustración de los mayores se descarga en los niños y no hablo solo de la violencia física o espiritual, sino también de acciones que las creemos muy positivas pero que terminan dañando a los más chicos. ¿A que me refiero? A aquellos padres que, no habiendo cumplido sus sueños de juventud los proyectan en sus hijos y quieren que estos lo cumplan sin importar si lo desean o no. O, aunque parezca increíble, cubrirlos de bienes materiales porque el adulto en su infancia no tuvo la posibilidad de tener juguetes u otros bienes que escaseaban en su familia. Esto le quita al niño la posibilidad de desear algo, de imaginar, de sorprenderse con un regalo y, lo que es peor, muchas veces se enfrascan en franca competencia con sus compañeros por ostentar lo más nuevo y lo más caro. Lo más triste es que esta predica la seguirá repitiendo luego en la edad adulta.

El mundo de hoy, rápido, exigente competitivo, nos depara otro duro escollo para la infancia y es que todo tiene que suceder rápido, sin pausa, todo es apurado, todo es ya, todo es ahora… como si el mundo se terminara en tan solo  diez minutos.

Esa necesidad de consumir la vida para poder hacer todo lo que nos plazca se la transmitimos a los niños, adolescentes y jóvenes haciéndoles creer que si no lo tienen todo YA, la vida no tiene sentido. Sin embargo es nuestra responsabilidad como adultos hacerles ver que para todo existe su tiempo y que querer quemar etapas de la vida sin vivirlas es algo que después se paga en la edad adulta.

La fábula de la bobina de oro es un claro ejemplo de todo esto: había un principito que quería ser grande y una noche suspiro tristemente, diciendo: “¿Cuándo seré mayor para hacer lo que desee?”.

Al despertarse a la mañana siguiente, descubrió sobre su cama una bobina de hilo de oro de la que salió una débil voz: “Trátame con cuidado, príncipe. Este hilo representa la sucesión de tus días. Conforme vayan pasando, el hilo se irá soltando. No ignoro que deseas crecer pronto… Pues bien, te concedo el don de desenrollar el hilo a tu antojo, pero todo aquello que hayas desenrollado no podrás ovillarlo de nuevo, pues los días pasados no vuelven”.

El niño, para cerciorarse de que era cierto, tiró con ímpetu del hilo y se encontró convertido en un apuesto príncipe. Tiró un poco más y se vio llevando la corona de su padre… ¡Era rey!

Así que, en el afán de ver más allá, dio un nuevo tironcito y preguntó: “Dime bobina ¿Cómo serán mi esposa y mis hijos?”

En el mismo instante, una bellísima joven, y cuatro niños surgieron a su lado. Sin pararse a pensar, ya que la curiosidad se iba apoderando de él, siguió soltando mas hilo para saber cómo serían sus hijos de mayores…

De pronto se miró al espejo y vio la imagen de un anciano decrépito, de escasos cabellos nevados. Se asustó de sí mismo y del poco hilo que quedaba en la bobina… ¡Los instantes de su vida estaban contados!…

Desesperadamente, intento enrollar el hilo en el carrete, pero no tuvo éxito. Entonces la débil vocecilla que ya conocía, le dijo así: “Has desperdiciado tontamente tu existencia. Ahora ya sabes que los días perdidos no pueden recuperarse. Has sido un perezoso al pretender pasar por la vida sin molestarte en hacer el trabajo de todos los días. Sufre, pues tu castigo”. El rey, tras un grito de pánico, cayó muerto: había consumido la existencia sin hacer nada de provecho.

Para que a nuestros hijos no les pase lo mismo que al principito debemos permitirles que vivan  y disfruten su niñez al máximo, disfrutando de su inocencia a pleno porque, como dice la Biblia, no debemos preocuparnos por el día de mañana; ya que el día de mañana traerá su propia fatiga: basta al día su afán…

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