Cambia… todo cambia

El pensamiento y su discurrir intemporal son tan impredecibles y extraños que a veces basta tan solo un estímulo trivial para quitarte del mundo racional y hacerte vagar por caminos impensados o, simplemente, adentrarte al fondo de tu alma para relacionar lo nimio con lo sustancial…

Eso me ocurrió esta semana al colarse en mis oídos de forma casual y fortuita el inicio de la canción ‘Cambia, todo cambia’, de la gran Mercedes Sosa.  Les aseguro que solo escuché la primer estrofa que dice: “Cambia lo superficial, cambia también lo profundo, cambia el modo de pensar, cambia todo en este mundo” y de allí en adelante ya no supe más, porque la razón se dejó llevar al interior profundo para meditar sobre la temporalidad y mutabilidad de todo.

Y es cierto lo que dice Mercedes Sosa: cambia, todo cambia… y si no tome como referencia un año atrás, luego un lustro (5 años) y posteriormente una década (10 años) que creo es el ideal para ver los poderosos cambios que se originan en el entorno y también en la apreciación personal acerca de nuestra forma de conducirnos en la vida.  Si hacen el ejercicio les puedo asegurar que se van a sorprender mucho de cuánto han cambiado ustedes y quienes lo rodean, al cabo del tiempo.

Y en el cambio está, justamente, el verdadero secreto de la vida porque adaptarse y corregir el rumbo permanentemente para superar escollos es lo que nos permite madurar racional, emocional y espiritualmente para poder redirigir y perfeccionar nuestros objetivos con éxito. Pero, hay de aquel que solo mira el cambio ajeno y deja correr la vida pensando que lo suyo es perfecto, ya que podrá engañar a su entorno por un tiempo mostrando algo que no se es pero, a la larga, los instintos desnudarán inexorablemente su cruda realidad.

Cuenta una historia que una gata se había enamorado de un hermoso joven y rogó a Afrodita que la hiciera mujer. La diosa, compadecida de su deseo, la transformó en una bella doncella y entonces el joven, prendado de ella, la invitó a su casa.

Estando ambos descansando en la alcoba nupcial, quiso saber Afrodita si al cambiar de ser a la gata esta había mudado también su carácter por lo que, para comprobarlo, soltó un ratón en el centro del aposento. Fue entonces que, olvidándose la gata de su condición humana presente, se levantó del lecho y persiguió al ratón por toda la habitación para comérselo. En ese momento la diosa, indignada, la volvió a su estado original como castigo por no haberse adaptado al cambio…

Así es la vida, hay que ajustar permanentemente nuestro sentir y pensar porque nada, ni nadie, son igual para siempre. Los momentos de nuestra existencia suelen ser transitorios, fugaces, pequeñas pinceladas o matices de alegrías y tristezas que van dibujando la existencia del hombre por lo que, la mayor sabiduría que uno puede atesorar, es tener consciencia de esa transitoriedad y ajustar su espíritu para sobrevivir porque, aunque no queramos, “cambia lo superficial, cambia también lo profundo, cambia el modo de pensar, cambia todo en este mundo. Cambia, todo cambia”…

 

 

 

 

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