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Caminando con botas ajenas….

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Tab Machado

El mundo y la sociedad de hoy han vuelto al ser humano frio, apático y desconsiderado. Nadie valora el esfuerzo de sus pares y se despilfarra o minimiza con angustiante facilidad el trabajo de los demás, desdeñando o desestimando todo el sacrificio que conlleva la tarea realizada.

Dicho en otras palabras: nos hemos acostumbrado a utilizar el producto ajeno en nuestro propio beneficio, sin estimar todo el valor, talento y denuedo que lo precede, por lo que no sabemos apreciarlo, cuidarlo y, sobre todo, corresponderlo como realmente se merece.

Cuenta una historia aleccionante (que me hizo llegar mi gran amigo Rafael Quintero y que resumo para Ustedes), que estaba un hombre sentado en una piedra, triste y cabizbajo, casi a punto de llorar. Así lo encontró su amigo de toda la vida, quien le preguntó el motivo para que se encontrara así.

“Mi esposa es la culpable de esta situación… ¡pero esta noche la dejo!”, dijo el hombre. “No digas eso, a lo mejor puedo ayudarte a encontrar una solución al problema”, respondió su amigo.

El hombre, entonces, exteriorizó sus penas… “tú sabes que somos muy pobres y que la única forma de acompañar los frijoles es con un pedazo de carne que consigo en el monte cuando salgo de cacería. Me voy con mi escopeta, paso varios días de penalidades, arriesgándome con los peligros del monte, aguantando cómo se me mete hasta los huesos el frío de las noches y luego, por fin, si la suerte me socorre y logro cazar un venado, todavía tengo que cargarlo en mis espaldas todo el largo camino de regreso y subir la cuesta de la loma hasta llegar a mi casa”.

“Todavía no termino de llegar”, prosiguió el hombre, “cuando aparece mi señora con el cuchillo en la mano e inmediatamente empieza a repartir el venado entre los vecinos y sus familiares. Así que, a los dos o tres días, de nuevo estamos sin nada que comer y ahí voy de tonto otra vez de cacería. ¡Pero ya me cansé y esta noche me voy de casa!”

El amigo, después de meditar un momento,  le dio la solución: “Invita a tu mujer a cargar el venado, llévala de cacería, Nomás no le digas las penurias que pasas para traer el venado a tu casa. Mejor píntasela bonito para que acepte”.

El hombre siguió el consejo y por supuesto la convenció. La mujer, entusiasmada, se fue con la falda larga, pero poco a poco se le fue desagarrando con las púas del camino hasta convertirse en minifalda porque la prenda quedó desgarrada.

La blusa se ensució, los zapatos se rompieron por las piedras y las espinas la hicieron sangrar. Se le pegaron por el cuerpo garrapatas, el sol le quemó la piel, el pelo le quedó tieso, las manos se llenaron de llagas al abrirse paso entre el espeso monte y, ya sin aliento, la mujer estuvo a punto de sufrir un infarto al toparse con una enorme víbora.

 Por fin, después de tantos martirios, encontraron al venado y el hombre sigiloso lo cazó. La mujer no cabía de júbilo pensando que su sufrimiento había terminado, pero no era así.  “Ahora, mi amor, quiero que cargues el venado para que veas lo bonito que se siente”, le dijo el hombre disfrutando cada una de sus palabras.

La mujer casi se desmaya pero, ante la desesperación por regresar, no tuvo aliento ni para replicar, cargando el venado en su espalda hasta su casa.

Casi desfalleciente, con las piernas temblando y a punto de reventarle el corazón, llegó y tiró el animal  en el patio. Sus hijos y vecinos, salieron a recibir a la pareja de cazadores y, acostumbrados a la repartición, gritaron los niños con alegría: “¡Mamá, vamos a repartir el venado! ¡Todos esperan su parte!”  La mujer  tirada en el piso, hizo un esfuerzo sobrehumano para levantar la cabeza y, con los ojos inyectados de sangre, les gritó: “¡Este venado no lo toca NADIEEEE! ¡El que lo toque lo Mato!”.

Como dijimos al principio: nadie aprecia o valora el esfuerzo de los demás, hasta que le toca vivirlo en carne propia. Por eso no minimices, desprecies o desvalorices el trabajo de quienes te rodean sino, más bien, estima su labor y aprécialo en su justa medida. No olvides que solo poniéndote las botas de otro podrás saber el peso que llevan sus pies al caminar…

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