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Tab Machado
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Mucha gente suele tener percepción fotográfica de lo que ocurre en la vida, esa que tan solo captura el momento, el instante y nada mas… No mira el antes o el después, no trata de entender el cómo o el porqué y poco o nada les importa cuánto tiempo, costo o valor registra el ‘click’ de su instantánea.

Lo único que juzga esta gente es lo que ve ahí, en ese instante… nada más…  Por eso no es extraño que atribuyan, califiquen y conceptúen con liviandad y sin entender que es lo que ocurre o signifique realmente ese preciso momento. Si es un triunfo solo ven la corona de laureles, no el esfuerzo desplegado, si es un grupo de personas solo distinguen como van vestidos no lo que están haciendo y si capturan un instante de absoluta tristeza solo llegan a percibir las lágrimas no el motivo del rostro compungido…

Esas personas, en realidad, miran pero no ven, oyen pero no escuchan y hablan simplemente porque sus cuerdas vocales les permiten articular palabras. ¡Qué distinto sería el mundo si utilizáramos el discernimiento y la inteligencia, que nos fue legada por Dios o la naturaleza, para usar nuestros sentidos adecuadamente!

El famoso filósofo griego Sócrates solía aplicar a las situaciones una prueba singular que él llamaba “la prueba de los tres filtros”. Cuenta la historia que Sócrates se encontró un día con una persona conocida y esta le dijo: “¿Sabes lo que escuché acerca de tu amigo? “Espera un minuto” replicó Sócrates. Antes de decirme nada, quisiera que pasaras una pequeña prueba. La llamo el examen del triple filtro”.

“¿El triple filtro?”, respondió la persona… “Correcto (prosiguió Sócrates), antes de que me hables sobre mi amigo, puede ser una buena idea filtrar tres veces lo que vas a decir. Es por eso que lo llamo el examen del triple filtro”.

Así el filósofo empezó con la prueba: “El primero filtro es el de la verdad… ¿Estás absolutamente seguro de lo que vas a decirme es cierto?” “No”, dijo el hombre, “realmente solo escuche sobre eso y”…

“Bien”, respondió Sócrates, “entonces no sabes si es cierto o no. Ahora permíteme aplicar el Segundo filtro, el de la bondad. ¿Es algo bueno lo que vas a decirme de mi amigo?” “No, por el contrario”, respondió la persona.

Sócrates insistió diciendo: “Entonces deseas decirme algo malo sobre él, pero no estás seguro de que sea cierto. Aun así podría querer escucharlo pero queda un filtro, el de la utilidad. ¿Me serviría de algo saber lo que me vas a decir de mi amigo?” “No, la verdad es que no”, respondió el hombre…  “Bien (concluyó Sócrates), si lo que deseas decirme no es cierto, ni bueno, ni útil, ¿Para qué querría saberlo?”

Las personas que únicamente aprecian situaciones y personas a partir del ‘click’ de su instantánea, tan solo alumbrados por lo que se puede percibir del barrido de su flash, deberían aprender a juzgar los momentos con filtros como los de Sócrates, dándose tiempo para conocer el antes y el después, entender el cómo o el porqué y apreciar el tiempo, costo o valor de cada caso en particular. Si esto fuera así, cuantas realidades se abrirían ante sus ojos y cuantas palabras se dejarían de decir en vano… Ojalá algún día aprendamos a acompasar nuestros sentidos para poder mirar, escuchar y hablar con el criterio adecuado.

 

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