Como bombero…

Pasamos mas de media vida corriendo como locos de acá para allá tratando de solucionar lo que es urgente, mientras posponemos una y otra vez lo que es realmente importante, creyendo que más adelante siempre habrá tiempo para dedicarle nuestra atención a aquello que verdaderamente consideramos primordial y trascendente.

Lo que no tomamos en cuenta es que en el mundo de hoy siempre hay problemas urgentes que surgen tal cual focos ígneos, voraces y amenazadores, por lo que debemos convertirnos en bomberos especializados en sofocar esos incendios que amenazan nuestra estabilidad momentánea. Y así vamos, solucionando en forma consuetudinaria lo que es apremiante y postergando para mejor ocasión lo transcendental, mientras el tiempo pasa implacable…

Cuenta una historia que en cierta ocasión un leñador se presentó a trabajar en un aserradero. El sueldo era bueno y las condiciones de trabajo excelentes, así que el hombre se propuso rendir al máximo para estabilizarse en el trabajo.

El primer día al el capataz le dio un hacha y le asignó una zona de trabajo en pleno bosque. El hombre muy motivado trabajó sin descanso y en un solo día cortó dieciocho árboles.

El capataz lo felicitó, invitándolo a continuar esforzándose. Muy contento, el leñador se fue bien temprano a descansar, decidido a que el día siguiente mejoraría su propio desempeño.

Por la mañana se levantó antes que nadie y se fue al bosque. Pero, a pesar de todo su tesón y persistencia, no consiguió cortar más que quince árboles.

Triste por no haber podido superar su cometido, pensó que tal vez debería descansar más tiempo así que esa noche decidió acostarse con la puesta del sol. Al otro día se levantó más temprano aun decidido a superar su marca de 18 árboles. Sin embargo, ese día sólo corto diez…

Al día siguiente fueron siete, al otro cinco y el último día de trabajo de esa semana sólo cortó dos. El leñador estaba decepcionado consigo mismo, no podía entender que le sucedía ya que físicamente se encontraba igual que el primer día.

Avergonzado y por respeto a quienes le habían ofrecido el trabajo, decidió presentar su renuncia, por lo que se dirigió al capataz al que le dijo: “Señor, no sé qué me pasa, ni tampoco entiendo por qué he dejado de rendir en mi trabajo”.

El capataz, un hombre muy sabio y comprensivo le preguntó: “¿Cuándo afilaste tu hacha por última vez?”  

“¿Afilarla?”, preguntó el leñador… “¡Ni siquiera pensé en eso, no perdí tiempo en afilarla, estaba demasiado ocupado cortando árboles!”

Si bien es cierto que hay cosas urgentes e importantes, urgentes y no importantes e importantes y no urgentes, como dijo en cierta ocasión Dwight Howard Eisenhower: “lo que es importante rara vez es urgente y lo que es urgente, rara vez es importante”.

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