Home Editoriales Cuando la realidad nos toca el alma
0

Cuando la realidad nos toca el alma

0
0
Jacqueline Camacho-Ruiz

Un día recibí una llamada de Larry, un abogado de la ciudad de Chicago.  Mi compañía había sido recomendada para construir su nueva página de Internet.  Nos comunicamos, concretamos una cita y nos reunimos junto con su socio en la oficina.

Después de la reunión, me dieron la buena noticia de que nos contratarían para el proyecto, algo que me dio gusto- no sólo por lo que significa para mi negocio, pero también porque los dos abogados eran muy amables y me daba gusto el poder ayudarles. El proyecto comenzó, los dos estaban muy contentos. Como parte del proyecto, conducimos varias entrevistas y coordinamos una sesión de fotos, para así tener el contenido para la página.

 

Pasó un tiempo y comencé a notar que no me regresaban las llamadas o los correos electrónicos como antes.  Yo llamaba y su secretaria en varias ocasiones me dijo que los abogados estaban muy ocupados y que se comunicarían conmigo. Yo esperaba pacientemente, pero de vez en cuando les daba seguimiento. En una de esas llamadas esporádicas, la secretaria finalmente me dijo que la razón por la falta de comunicación era porque Larry había estado hospitalizado, pero no me dio detalle alguno. Después de esa conversación, decidí darles tiempo y no hablé en un lapso más largo.

Hace unas dos semanas, me disponía a comenzar mi día de trabajo, cuando recibí una llamada de la secretaria de Larry. Lo que me dijo, nunca lo hubiera esperado. Larry había fallecido la noche anterior.  Ella me pidió las fotos que tomamos para la página de Internet, para usarlas para el velorio de Larry.

Se me eriza la piel de tan solo escribir éstas líneas.  Esas fotos no estaban destinadas para un velorio, sino para ayudarles a Larry y a su socio en su negocio.

Días después, acudí al velorio de Larry. En efecto, vi las fotos que habíamos tomado, pero también vi a su esposa (que yo no había conocido antes), totalmente destrozada.  Me acerqué diciéndole que yo era la representante de la compañía que estaba construyendo la página de Internet para el despacho de Larry.  Ella inmediatamente me dijo que él estaba muy emocionado por el proyecto…desafortunadamente nunca lo vio terminado.

Ésta simple conversación con su esposa y su tierno abrazo en medio de su dolor, me hizo que me diera cuenta de muchas cosas. Larry era tan joven, tan sólo 56 años de edad.  Yo nunca me imaginé la gravedad de su condición cuando fue hospitalizado…y el estar en su funeral me tocó el corazón.  No sentí que un cliente se había ido, sino un amigo.

No importa la profesión, ni el estatus social o económico, todos tenemos la muerte como destino, es una realidad.  Disfrutemos cada momento presente, ya que es lo único que tenemos.

Jacqueline Camacho-Ruiz

 

LEAVE YOUR COMMENT

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *