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Cuando se juntan el hambre con las ganas de comer

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Tab Machado
Tab Machado

Hay dos formas de avanzar hacia la cima del éxito: una es confiando en tus condiciones y sumándole a ellas trabajo constante y esforzado para hacer tus sueños realidad y otra es colgándote de las orejas de terceras personas para que, mediante la adulación y la lisonja barata, poder alcanzar lo que quizás por mérito propio no puedas conseguirlo. Lamentablemente este último método parece ser el que lentamente se empieza a imponer en el mundo porque cada vez hay más personas que, aun confiando y teniendo capacidades suficientes, prefieren eliminar competidores y riesgo, adosándole una generosa dosis de zalamería a sus virtudes personales, para conseguir más rápidamente y con menor esfuerzo el éxito esperado.

En la actualidad, para seguir la primera ruta hay que tener fuertemente arraigado los mas férreos valores morales y creer a rajatabla lo que uno ha aprendido (aparte de ser medio Quijote) para no caer en la tentación de la adulación y seguir alentando esperanzas de que, finalmente, la oposición y el mérito sean los que determinen las posibilidades de éxito.

Mi padre fue de los que siempre creyó tajantemente en que la oposición y el mérito eran los que deberían de determinar los escalafones de una institución y/o empresa, tal es así que promovió e impuso en la oficina pública para la que trabajaba el concurso por estos dos valores, desterrando el que se pudiera acceder por herencia o por amiguismo a los puestos de trabajo. No crean que le fue fácil y no crean que no le costó miradas inquisidoras y hasta enemistades de aquellos que querían seguir usufructuando beneficios que, quizás, no le correspondían por capacidad propia pero él igual abrazó y se aferró a esta idea casi que como un culto. Es difícil que, cuando uno se cría de esa manera pueda pensar diferente, pero así está el mundo hoy, meciéndose adormiladamente entre el sopor de palabras lisonjeras que no conducen a nada…

Cuenta una historia que un día, Diógenes estaba comiendo un plato de lentejas, sentado en el umbral de una casa. No había ningún alimento en toda Atenas más barato que el guiso de lentejas. Comer guiso de lentejas significaba que te encontrabas en una situación de máxima precariedad.  Fue en ese entonces que pasó a su lado un ministro del Emperador y le dijo: “¡Ay, Diógenes! Si aprendieras a ser más sumiso y adular un poco más al Emperador, no tendrías que comer lentejas”.

Diógenes dejó de comer, levantó la vista y, mirando intensa y compasivamente al acaudalado interlocutor, contestó: “¡Ay de ti, hermano! Si aprendieras a comer lentejas, no tendrías que ser sumiso y adular tanto al Emperador”…

Lástima que, debido a la baja autoestima de muchos y a la inseguridad de tantos otros, se ha hecho carne al día de hoy la frase de Benito Jerónimo Feijoó que dice: “para quien ama la lisonja, es enemigo quien no es adulador”. De esta manera, triunfar tan solo por meritos propios es cada día más difícil dado que lo que se valora actualmente no es tan solo el merito y la aptitud intelectual sino, también, la capacidad adyacente de lisonjear que tenga el individuo.

Lamentablemente, como dijo Filippo Pananti: “los grandes del mundo son como esos molinos que hay en lo alto de las colinas: no dan harina si no les empuja el viento” y en este momento de la historia se han juntado, para que cada día esto ocurra mas y mas, el hambre con las ganas de comer…

 

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