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Cuanto más se simplifica mas se magnifica

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Tab Machado

Vivimos en un mundo en el que el único rincón que, al parecer, le va quedando a Dios para subsistir dentro de la sociedad humana es en la fe de algunos porque, a la luz de los continuos hallazgos científicos que se suceden casi que a diario, cada vez más individuos en su afán de verse inteligentes, educados, cultos y preparados (intelectuales en una palabra) se distancian de la idea de una creación o diseño inteligente del universo y se aferran a la corriente de pensamiento que acepta sólo las ciencias comprobables empíricamente como fuente de explicación de todo lo existente. Estos individuos creen que aceptar la idea de un universo creado por una inteligencia superior es básico, rústico, burdo y, hasta si se quiere, de una ignorancia mayúscula.

Hoy, incluso, que el mundo científico dice que habría indicios de haber encontrado la llamada ‘partícula de Dios’, ‘bosón de Higgs’ o ‘partícula champagne’, los ateos celebran ruidosamente el hecho como un golpe mortal a la teoría de la creación y una llave para explicar como de la nada puede surgir un todo. Sin embargo, demostrar los cómo, cuando y donde, no despejarán jamás los porque o quien…

Ejemplificando la situación, supongamos que un grupo de científicos toma un libro (escrito en un idioma indescifrable) para analizar, seguramente después de un tiempo de estudio podrá probar fehacientemente de que y como está hecho, cuánto tiempo lleva escrito, cual es su superficie, donde se ubica en espacio y tiempo y una interminable cantidad de etcéteras. Incluso podrá ahondar en la investigación y explicar prodigiosamente de qué tipo de árboles se elaboraron sus hojas, de qué región provienen esos árboles y como es la gente que allí habitó pero, aún con todo ese cúmulo de conocimientos a la vista, jamás podrán decirnos quien lo escribió y porque…

Claro que la puerta siempre estará abierta para adquirir mayores conocimientos y echar más luz y sabiduría sobre el objeto en cuestión pero, como el idioma es indescifrable y no se puede saber el nombre del autor, jamás se podrá explicar quién y porque lo hizo.  Es más, si el ejemplo que acabamos de dar (un libro) no lo admitiéramos intrínsecamente ya como un objeto creado por alguien, seguramente el grupo de científicos probablemente también concluiría que el mismo se generó producto del azar, la eventualidad o por la coincidencia infinita de sucesos fortuitos…

Es una pena que desde que el ser humano creyó encontrar respuesta a la pregunta ¿de dónde venimos? dejó de interesarse por saber: quiénes somos, a dónde vamos y qué propósito perseguimos como especie.

Como nos hemos convencido de que ocupamos un lugar en un universo macroscópico que es producto del azar, provenimos de la nada y el “perfeccionamiento” del género humano se ha hecho dramáticamente mediante la selección natural denominada “evolución”,  es lógico que la realidad de hoy nos enfrente a que los humanos no tengamos propósitos comunes y que cada quien luche por poseer y acaparar  más para sí mismo, en defensa de su ya híper desarrollado individualismo y egoísmo microscópico… Si a eso le agregamos el miedo a la transitoriedad y fugacidad de la vida, concluimos que al hombre de hoy le es más cómodo pensar en la casualidad de su origen, dado que así la conciencia no le remuerde y puede seguir amando a su nuevo dios: su propia imagen, a quien le profesa una devoción sin límites…

En lo personal estoy convencido de que, cuanto más se simplifica la ecuación universal, más se magnifica la existencia de un creador y se despeja la incógnita “quién”, aunque reste saberse aun el “porque”.  El genial científico Louis Pasteur dijo en una ocasión que, “un poco de ciencia aleja de Dios, pero mucha ciencia nos devuelve a él”.

Ojalá el ser humano se dé cuenta a tiempo de que lo “único” que le falta estudiar y conocer profundamente es, justamente, el mayor tesoro de su existencia: su alma. Pero eso no lo logrará mientras siga buscando, más allá del espacio infinito, lo que habita dentro de sí mismo desde siempre…

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