¡Cuidado con los grises!

Todos los seres humanos nacemos con un don, una gracia, aptitud, capacidad o habilidad innata para brillar con luz propia y singular en este mundo. La gran obligación individual de cada uno de nosotros es cultivar esa aptitud lo mas que se pueda para resaltar y, a su vez, fundirse con maestría y humildad con los dones de los demás para alcanzar una sociedad mas justa, ecuánime, universal y colectiva …

Si esto fuera así… ¡que distinto sería todo! lástima que la mayoría de las personas no se preocupan por ahondar en su intelecto o espíritu para reconocer su don o, si bien lo perciben en estado latente, se esfuerzan muy poco por cultivarlo en bien propio y mucho menos, claro está, en sentido comunitario. Mas bien prefieren ahogar cada intento de brillo de aquellos que han descubierto su aptitud y se han preocupado por pulirla hasta adquirir una tonalidad peculiar y única.

Cuenta una historia que en un pedregal gigante miles de piedras de diferentes tamaños y colores se esparcían por doquier. En el medio de esa inmensa cantera, un peñasco grande descollaba a simple vista por su tamaño y su sólido material. En su entorno, cientos de piedras de diferente morfología y color daban una belleza sin igual al lugar.

Las personas que llegaban a visitar dicha región quedaban admiradas del peñasco grande y era al primer lugar que acudían a sacarse fotos y a descansar pero, luego, los visitantes empezaban a apreciar las pequeñas piedras de diferentes colores y su atención se extendía también a esas rocas singulares.

Eso molestaba mucho al peñasco grande ya que creía que, por su tamaño y contextura, debería de ser el único que acaparara la atención de la gente. Entonces la gran roca extendió su dominio anexando a las piedras mas cercanas, para verse aún más impresionante. Pero la gente aún seguía ponderando a las pocas piedras que quedaban de diferente color así que, en un alarde sin igual de poder, el gran peñasco desplegó toda su energía e intensidad hasta que tiñó todo con su mismo tono de gris.

Ahora sí, la atención vendría toda y únicamente hacia él, pero… un pequeño guijarro de color verde esmeralda se negó a perder su singularidad así que, los visitantes podían distinguirlo desde cualquier lugar del pedregal.

“¿Cómo es posible?” pensó la gran roca y trató por todos los medios de opacar y ensombrecer, aquel pequeño destello que se negaba perder su identidad… Loco de celo por no tener la atención total de los visitantes el peñasco grande se sintió muy feliz cuando un artista llegó al lugar, recogió al pequeño guijarro verde esmeralda y se lo llevó con él.

“¡Por fin!”, dijo ufanándose la gran roca al ver que ahora en el lugar solo prevalecía su color y se distinguía nítidamente su tamaño. Mientras tanto la pequeña piedra esmeralda pasó a ser parte de una estupenda obra de arte del artista, creada con miles de piedras de diferentes colores, que fue apreciada por su armonía y gusto en el mundo entero…

Así pasa también en el mundo real. Muchas personas viven, durante toda su existencia tan encerradas dentro del mundo gris que propone la envidia, el miedo, el egoísmo, la codicia, los celos y todos los sinónimos que surgen de estas palabras plomizas y sombrías, que cuando ven a alguien brillar, se sienten incómodos y molestos porque parece que brillaran en contra de ellos. Y presta mucha atención porque, por increíble que parezca, estas personas están en todos los estamentos de la sociedad e incluso afecta hasta aquellos que lo tienen casi, casi todo, pero les falta la singularidad que tu posees para ser completos. Por eso, para evitar ser absorbido por la mediocridad de los grises, enfócate al máximo y pule tus virtudes, ya que no hay nada mas bello que la singularidad que originas. Recuerda que siempre hay alguien que va a apreciar esas virtudes. De ti depende…   

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