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¡Cuidado! El resfrío del alma es contagioso

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Tab Machado
Tab Machado

¿Es Usted de esas personas que aprieta tanto el dinero para no gastarlo, que cuando sale un billete de su bolsa la imagen impresa en el mismo está con la lengua de afuera y pidiendo socorro? ¿O gasta tan rápido su dinero que ni siquiera le da tiempo para ver el color que tiene? Si está en cualquiera de estos dos extremos, seguramente no tendrá tiempo para practicar la más difícil de las virtudes: la caridad, que es un sentimiento que impulsa a las personas a la solidaridad y a la ayuda desinteresada de sus semejantes.

La filantropía es una cualidad muy difícil de encontrar en la sociedad humana, porque generalmente quien cree practicarla tan solo da a los demás una ínfima e insignificante parte de lo que le sobra y, cuando eso sucede, lo grita a los cuatro vientos para que todo el mundo se entere de su “bondad”. Sin embargo la caridad verdadera consiste en dar, aún cuando a uno no le sobra, porque de esta manera lo que se está dando es realmente desde el corazón y a conciencia de las necesidades ajenas.

Lo peor de todo es que hay gente que dice practicar la beneficencia pero lo hace siempre y cuando nada le trastoque su comodidad, porque cuando su confort se pone en peligro, la generosidad se termina de inmediato levantando un muro de evasivas que tan solo acallan su nula conciencia.

Cuenta una historia que un día Buda, cuando el hambre asolaba Shrvasti, preguntó a su pueblo: “¿Quién de vosotros asumirá la responsabilidad de alimentar a los hambrientos?”.  Ratnakar, el banquero, movió la cabeza diciendo: “Yo lo haría con gusto, pero todas mis riquezas no bastarían para dar de comer a los hambrientos, así que desisto de esa tarea”…

A su vez Jayasen, el general del Ejército real, respondió: “Yo Estaría dispuesto a dar hasta mi propia sangre por ellos, pero no tengo comida suficiente en mi casa”.

Mientras tanto Dharmapal, que poseía muchas hectáreas de tierra, dijo con un suspiro: “Yo también lo haría, pero el demonio de la sequía ha absorbido la humedad de mis campos y ni siquiera sé cómo pagar los impuestos”…

Se levantó entonces Snpriya, la hija del mendigo, hizo una reverencia a todos y dijo humildemente: “Pues seré yo quien dé de comer a los hambrientos”. “¿Cómo?, gritaron todos sorprendidos. “¡Eso es imposible! ¿Qué esperanza puedes tener tú de cumplir esa promesa?”, agregaron indignados. Pero Snpriya con total seguridad dijo: “Soy la más pobre de todos ustedes. Esa es precisamente mi fortaleza. He aprendido a compartir, conozco las necesidades de los demás y tendré mi arcón y mi despensa en cada una de vuestras casas”…

No dejes que la frialdad de los seres humanos endurezca tu corazón porque eso, inevitablemente, resfriará tu alma. Más bien aviva el fuego de tu espíritu practicando la verdadera caridad, con la premisa de que tu mano derecha no sepa lo que da tu mano izquierda y el mundo seguramente te compensará grandemente con el agradecimiento puro que sale del corazón. Recuerda que el primer paso para cambiar el mundo lo debes de dar tu y que tu ejemplo servirá de guía para los demás…

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