De mal en peor

Tab Machado

Tab Machado

A veces ocurre que, cuando me siento a escribir esta columna, el blanco y vacio papel se vuelve un inmenso océano donde deambulo por horas nadando contra la corriente. Mantener una dirección y sentido correcto en esta inmensidad requiere esfuerzo, disciplina y sobre todo convencimiento ya que, ocasionalmente, dan ganas de tan solo dejarse llevar por el impetuoso torrente, salpicando alegremente palabras sin sentido.  Es ahí, precisamente en ese momento, que necesito redoblar el esfuerzo para no dejarme arrastrar hacia los poderosos remolinos de banalidad que me acosan buscando asfixiarme y ahogarme por completo.

Lo peor es cuando, a todo esto, se le suman huracanados vientos de trivialidad, que provienen allende fronteras de mi blanco papel, impulsados locamente por una sociedad humana que cada día da más muestras de una soporífera y agobiante superficialidad que amenaza con arrastrarnos a todos al mortal abismo de la intrascendencia.

La semana pasada, sin ir más lejos, la difusión e importancia que se le dio al color de un vestido en la mayoría de los medios de comunicación y las redes sociales, del cual se hicieron eco “importantes” figuras del jet set mundial, casi originaron un tsunami de catastróficas proporciones en mi oceánico papel, que me puso a pensar seriamente si ya no habremos pasado largamente  el cruce de caminos hacia una sociedad madura, fructífera y, sobre todo, evolucionada…

Esto me hizo recordar el cuento de las pescadoras que, acabada su faena, se pusieron en marcha hacia sus respectivas casas. El trayecto era largo y, cuando la noche comenzaba a caer, se desencadenó una violenta tormenta. Llovía tan torrencialmente que era necesario guarecerse. Fue en ese momento que divisaron a lo lejos una casa y comenzaron a correr hacia ella. Llamaron a la puerta y les abrió la propietaria, una hospitalaria mujer que se dedicaba al cultivo y venta de flores. Al ver totalmente empapadas a las pescadoras, les ofreció una habitación para que tranquilamente pasaran allí la noche. Era una amplia estancia donde había una gran cantidad de cestas con hermosas y muy variadas flores, dispuestas para ser vendidas al siguiente día.

Las pescadoras estaban agotadas y se dispusieron a dormir, sin embargo, no lograban conciliar el sueño y empezaron a quejarse del aroma de las flores: “¡Qué peste! No hay quien soporte este olor. Así no hay quien pueda dormir”, dijeron. Entonces una de ellas tuvo una idea y se la sugirió a sus compañeras: “No hay quien aguante esta peste, amigas y, si no ponemos remedio, no vamos a poder pegar un ojo. Coged las canastas de pescado y utilizadlas como almohada y así conseguiremos evitar este desagradable olor”.

Las mujeres siguieron la sugerencia de su compañera. Cogieron las cestas malolientes de pescado y apoyaron las cabezas sobre ellas. Apenas había pasado un minuto y ya todas ellas habían dejado de oler la delicada fragancia de las flores y dormían profundamente…

La sociedad moderna parece seguir al pie de la letra el criterio de estas pescadoras dado que, nos hemos acostumbrado tanto a lo banal y frívolo, que ya hemos dejado de percibir aquello que es importante y trascendente. Y, lo que es peor aún y da escalofríos tan solo pensarlo, es que cada vez hay más personas que prefieren lo superficial dado que mostrarse ante los demás como seres pensantes y racionales, tan solo los haría verse como aburridos y anticuados. Definitivamente creo que esta gigantesca ola de trivialidad que nos ha golpeado con toda su furia solo nos va a llevar de mal en peor y hay muy poco que se pueda hacer para salvarnos…

 

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