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¿Dios, por qué a mí?

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¿Dios, por qué a mí? suelen repetir persistentemente las personas cuando alguna causa le es adversa o algún dolor lacera profundamente su corazón ¿Dios, por qué a mí? replican hasta el hartazgo a modo de reproche, agregando posteriormente una larga lista de bondades propias que suele encubrir, disimular, camuflar y hasta suprimir convenientemente todas las iniquidades y miserias que oscurecen su alma, demostrando así lo ‘injusto’ de la situación que atraviesan. Lástima que cuando la vida les sonríe se olvidan convenientemente de la misma pregunta (¿Dios, porque a mí?) y el egocentrismo los hace sentirse seres supremos de carne y hueso que no precisan de nadie, ni a nadie, para ser felices (incluido el mismísimo Dios)…

Arthur Ashe, explicó en cierta ocasión en forma magnífica esta dualidad, quitándole la responsabilidad de todo a Dios. Ashe fue un gran tenista nacido en 1943, en Virginia y que se convirtió en una leyenda del tenis profesional cuando en 1963 fue el primer jugador afroamericano en formar parte de un equipo estadounidense de Copa Davis. En 1968 Ashe ganó el Abierto de Estados Unidos, su primer Grand Slam y llevó al equipo de Estados Unidos a consagrarse campeón de Copa Davis. En 1970 obtuvo su segundo Grand Slam, al ganar el Abierto de Australia y en 1975 ganó el título en Wimbledon.

Pero su prueba más dura estaba por venir: en 1988 se le diagnosticó sida (VIH), que contrajo por unas transfusiones de sangre a raíz de una operación de corazón abierto que se le realizó unos años antes.
Como era una importante figura pública del deporte, recibió una enormidad de cartas de todo el mundo. En una de las misivas uno de sus fans le preguntó: “¿Por qué Dios tuvo que seleccionarte a ti para tan fea enfermedad?”
Entonces Arthur Ashe le respondió así: “En el mundo hay 50 millones de niños que comienzan a jugar al tenis, 5 millones aprenden a jugarlo, 500,000 alcanzan un nivel profesional, 50,000 entran al circuito profesional, 5,000 logran jugar en torneos importantes, 50 llegan a Wimbledon, 4 a las semifinales y 2 a la final. Cuando yo estaba levantando la copa nunca pregunté: ‘¿Dios, por qué a mí?’ así que hoy con mi enfermedad y mi dolor tampoco preguntaré: ‘¿Dios, por qué a mí?’”…

Como narra la historia, la vida nos propone permanentemente el anverso y reverso de una moneda tirada al aire que, inevitablemente, cae en una de las dos caras… Si cuando te toca la cara buena no le preguntas al creador porque ese momento de plenitud, cuando te toque la cara mala no le recrimines y pongas por delante tus virtudes, creyéndote merecedor de mejores cosas… más bien acepta tu destino agradeciendo siempre lo bueno y lo malo porque es la forma de templar el espíritu y aprender a sobreponerse a los males. Más vale gozar a pleno lo poco que podemos atesorar en nuestras almas que quejarnos permanentemente por aquello que escapa a nuestro alcance… Así que, la próxima vez que te toque una gran alegría, eleva al cielo la mirada y pregunta: ¿Dios, porque a mí? quizás ese sea el momento de las respuestas…

 

 

 

 

 

 

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