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Donde o Quien

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¿De dónde eres? es una pregunta que he tenido que responder tantas veces a lo largo de mi vida, como mencionar mi nombre y apellido (o quizás más). Es como si el cuadriculado impuesto por los hombres a modo de frontera terrenal se hubiese adherido también al alma de la gente, pasando a importar más de DONDE eres, que QUIEN eres… La cosa empeora si tomamos en cuenta que, para cada lugar, región y/o país, hay un estereotipo ya formulado y al decir tu lugar de nacimiento quedas encasillado en un cliché que muchas veces ni siquiera te identifica, pero si puede estigmatizarte.

Y eso sería lo más leve, porque el inflamado nacionalismo o regionalismo que existe en cada rincón del planeta (que parece haber explotado hasta el grado de la paranoia en la actualidad) lleva a catalogarte como inteligente o torpe, bueno o malo, decente o indecente, honrado o indeseable, según tu piel, tus costumbres, tu cultura, tu idioma, tus modismos, tus raíces y, claro, el lugar que naciste en el mundo… como si no hubiera íntegros y desvergonzados en cada mísera porción del planeta que tanto nos hemos empeñado en partir y repartir a entera voluntad.

Pero tampoco crea que la sesgada y tendenciosa idea de medir a las personas según su lugar de nacimiento se reduce a una simple lucha entre el natural y el extranjero, porque también hay segregación entre los mismos naturales o los mismos extranjeros, dependiendo las regiones que tuvo uno la suerte de nacer y le digo, créame, hasta miradas de soslayo y pullas hay entre los nacidos en la capital de un país o una ciudad importante, con respecto al resto de dicha nación y viceversa… Inentendible ¿verdad? Parece hasta mentira… lástima que basta con solo asomar la nariz fuera de la casa para ver esta triste realidad.

En lo personal, no sé si es porque nací en un país pequeño, porque lo hice en una frontera o tal vez porque mi pueblo era (y es) muy, muy especial, con tan solo 5000 habitantes (en aquel momento) pero con 5, quizás 6, comunidades de diferentes naciones compartiendo espacio y tiempo (una proporción altísima si pensamos en la densidad poblacional) y con el agregado de un gran flujo de población flotante o en movimiento que llegaba a la región por turismo o para compras, así es que me crié aceptando en forma natural que todos somos ciudadanos del mundo, sin importar de DÓNDE eres, sino QUIEN eres.

Por eso, gracias a Dios, en mi peregrinar por esta vida he vivido en diferentes ciudades y países, he buscado entenderme e integrarme con personas de diferentes idiomas, he aprendido diferentes costumbres, me he empapado de otras culturas y probado diferentes e infinitos tipos de comidas y lo he hecho con gran gusto, concepto amplio y gran avidez, tratando de mitigar mi insaciable apetito de entender, aceptar y ser parte integral de la generalidad humana sin quedarme, ni siquiera un segundo, en el infame, abyecto, ignominioso y microscópico individualismo que solo aísla, desune y limita… Será por eso que no entiendo ni acepto el regionalismo, el nacionalismo, la xenofobia, la diferenciación de razas, credos, culturas o creencias. Es más, estoy absolutamente convencido que ese es el modo en que perdemos todos y no gana ninguno…

Pedirle a la sociedad humana que revea su postura egoísta y radical para con sus congéneres es una utopía que no pretendo modificar con este texto pero, al menos, escribo esta nota con la esperanza de que juntos tomemos conciencia del problema y hagamos un cambio en nuestra propia forma de juzgar a los demás, porque si nosotros cambiamos, cambia nuestro entorno y, a la larga, también cambia el mundo… De nosotros depende.

 

 

 

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