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Dos leyendas que nos trajo el mar…

Dos leyendas que nos trajo el mar…

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Hoy les traemos dos historias o leyendas que están ligadas al mar… la leyenda de la Juanita y la increíble historia del capitán Pedro Serrano.

Iniciamos con la leyenda de la Juanita… Dicen que por el año 1891 una goleta alemana naufragó en una parte de la Ensenada de Castillos, entre el pueblo de Barra de Valizas y Aguas Dulces, en Uruguay. Fue muy trágico porque el accidente resultó fatal para la mayoría de los que viajaban en la nave.

Había tormenta y la noche era muy oscura, el capitán perdió la orientación no identificando que iban derecho hacia la costa y de pronto un ruido terrorífico se escuchó. Era el fondo que rajó el piso de la embarcación haciendo inmediatamente agua.

Las olas golpearon y ahogaron a los tripulantes, no se sabe cuántos eran los que navegaban.
Nadie sabe con exactitud el nombre de la embarcación, pero si se sabe que la única sobreviviente llegó hasta la orilla muy mal herida. Su cuerpo se desangraba por los cortes que le provocaron las olas golpeándola contra la embarcación que rápidamente era tragada por el mar.

Ella no sabía dónde estaba, no veía ninguna luz, ni escuchaba personas en un posible salvataje. Se encontró sola, en una playa que no podía ver por lo negro de la noche.

La lluvia le golpeaba el alma mientras que a su cuerpo se le escapaba la vida, unos minutos más tarde murió en lo alto de una duna. Su cuerpo fue encontrado al otro día por alguien que se percató del naufragio cuando recorría la playa a caballo para ver que había dejado la resaca.

Murió sola por completo y sus ojos tan llenos de vacío impresionaron a quien la enterró. Se le construyó un altar a la desconocida mujer y, al no saber su nombre, la bautizaron “Juanita” y así también fue que le quedó el nombre al naufragio.

Aun se dice que el alma de “La Juanita” merodea los montes costeros a orillas de la Ensenada de Castillos, entre Valizas y Aguas Dulces.  No quedan rastros del altar, se los comió la arena pero si queda su historia o por lo menos la leyenda de su final.

Cuando las personas caminan por la noche de ida o de vuelta los ocho kilómetros que separan los dos balnearios, sienten que alguien los acecha entre las sombras y luego ven a su lado pisadas frescas que no son las suyas y los acompañan… es “La Juanita” que curiosa y tímida merodea en pena por la playa de la cual es su prisionera.

La segunda historia de hoy es la de Pedro Serrano: un capitán español que en 1526 sobrevivió, junto con otro compañero, al naufragio de un patache español en un banco de arena del Mar Caribe, llamado ahora Banco Serrana en su honor, situado en la latitud 14º 20′ N y longitud 80º 25′ O, a 130 millas náuticas de las islas de San Andrés, en territorio colombiano. Finalmente, de los dos náufragos, tan sólo Pedro Serrano llegó a ser rescatado en 1534, 8 años después del naufragio.

La leyenda cuenta que en 1526, un fuerte temporal sorprendió al patache español que navegaba de La Habana a Cartagena de Indias, pereciendo en el hundimiento toda la tripulación, con la excepción del capitán del barco, Pedro Serrano, que logró llegar a un inhóspito banco de arena sin casi vegetación ni fuentes de agua dulce. Lo que siguió al naufragio fue una auténtica odisea, ya que su alimentación era fundamentalmente de pájaros y peces, bebiendo muy a menudo sangre de tortugas marinas como suplemento al agua de lluvia que de vez en cuando podía recoger.

Fue fundamental la idea de utilizar caparazones de moluscos, de tortugas y un pequeño depósito que pudo construir con los restos del naufragio para almacenar el agua.

Cuando ya llevaba 3 meses viviendo en el banco de arena, llegó al lugar el sobreviviente de otro naufragio. Pedro Serrano y su nuevo acompañante quedaron totalmente aislados, en la más profunda soledad durante los 8 años siguientes. El banco de arena ni siquiera estaba entonces situado en las cartas marinas.

Como el lugar estaba desprovisto de cualquier refugio, los dos náufragos construyeron durante su larga odisea una pequeña torre a base de rocas y corales que, además de refugio contra los vientos reinantes, les sirvió para efectuar señales de humo a partir del fuego que encendían de vez en cuando con los restos de naufragios que iban llegando a la playa. Hoy resulta increíble la capacidad de supervivencia de estos dos hombres, que jamás se dieron por vencidos.

Finalmente, en 1534, la tripulación de un galeón que iba a La Habana desde Cartagena de Indias divisó las señales de humo que los náufragos hacían desde su banco de arena. Enviaron un bote para socorrerles y los llevaron al galeón.

Tristemente, el compañero de desgracias de Serrano durante 8 años, falleció al poco tiempo de haber embarcado en el galeón. Ni siquiera llegó a divisar tierra firme después de ser rescatado.

La suerte fue muy distinta para Pedro Serrano, quien consiguió regresar a España para comenzar una nueva vida que le dio fama y dinero y le convirtió en un personaje famoso no solo en la Corte Española, sino también en el resto de Europa, debido a los muchos viajes que hizo para narrar sus peripecias en las reuniones de la alta sociedad.

Antes de fallecer, Pedro Serrano dejó constancia de las penalidades sufridas en la compañía del otro náufrago en unos documentos que muestran al leerlos la angustia y el sufrimiento interminables producto del abandono más absoluto a su suerte. Su relato se encuentra hoy día en el Archivo General de Indias, en Sevilla.

El banco de arena en el que Pedro Serrano y su compañero vivieron su desgracia, ha permanecido relativamente inalterado hasta nuestros días. Parece ser que durante los años 1990 unos aventureros estadounidenses que visitaban Banco Serrana localizaron la torre de rocas que construyeron los náufragos españoles, así como los restos de muchos de los utensilios utilizados por estos para su supervivencia. También buscaron tesoros, aunque en el relato de Serrano, lógicamente no existen alusiones a ningún tesoro.  La historia de náufrago de Pedro Serrano, inspiró la novela Robinson Crusoe de Daniel Defoe.

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