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El amor verdadero jamás se olvida

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Tab Machado

El amor es una increíble dadiva otorgada al ser humano y no deberíamos dejar  jamás de demostrárselo a nuestros semejantes… vean que no solo me remití “a decir nuestro seres queridos”, dije a todos nuestros semejantes, porque si el amor al prójimo se impusiera en la humanidad como norma, seguramente se acabarían todos los conflictos que existen en la tierra. Claro que el amor debe de ser

reciproco, tener ida y vuelta, porque es un sentimiento que se retroalimenta de sí mismo y crece en idéntica proporción…

Quien aprende a amar y vive genuinamente este sentimiento, que es despojado completa y absolutamente de todo egoísmo, guarda por siempre en su memoria y corazón, la inigualable sensación de sostener  un hilo primordial con la vida que nadie, jamás, podrá  arrebatárselo.

Cuenta una historia que una vez una niña llamada Eleanor le preguntó a su madre porque la abuela estaba tan olvidadiza y no recordaba cosas simples, como donde estaba el azúcar, cuando vencían las cuentas o a qué hora debía estar lista para que la llevaran de compras a la tienda.  “¿Qué le pasa a la abuela?”, preguntó.  “Era una señora tan ordenada…. Ahora parece triste, perdida y no recuerda las cosas”. “La abuela tiene un problema”, contestó mamá, “En estos momentos necesita mucho amor, querida”.

“¿Qué quiere decir eso?”, preguntó nuevamente Eleanor, “¿Todo el mundo se olvida de las cosas? ¿Me pasará a mí?” “No, Eleanor, no a todo el mundo se le olvidan las cosas. La abuela tiene la enfermedad de Alzheimer y eso la hace más olvidadiza.

“¡Qué pena! Vamos a tener que ir a su casa más seguido y visitarla para que sepa que la queremos”, dijo la niña.  “Si y podremos llevarle regalos”, respondió la madre.  “¿Un helado, por ejemplo? A la abuela le gusta el helado de fresas”, sonrió Eleanor…

La primera vez que visitaron a la abuela, Eleanor estuvo a punto de llorar.  La casa ya no parecía igual y el silencio reinaba por todos lados.

“Cuando veas a la abuela, sonríe y dile que se la ve muy bien”, dijo la madre apretando suavemente la mano de Eleanor. .  Al entrar a la sala, la abuela estaba sentada en un rincón, mirando por la ventana, tenía la mirada perdida entre los árboles de afuera.

Eleanor abrazó a la abuela y le dijo: “mira, te trajimos un regalo: helado de fresas, el que más te gusta.
La abuela tomó el vaso de papel y la cucharita y empezó a comer sin decir palabra”.  “Estoy segura de que lo está disfrutando, querida”, le aseguró la madre.

“Parece no conocernos”, dijo Eleanor, desilusionada. “Tienes que darle tiempo”, explicó la mamá.

La próxima vez que visitaron a la abuela sucedió lo mismo. Comió el helado y sonrió a ambas, pero no dijo palabra.  Entonces la niña preguntó: “Abuela, ¿sabes quién soy?”  “Eres la chica que me trae helado”, dijo la abuela. “Sí, pero también soy Eleanor, tu nieta. ¿No te acuerdas de mí?”, preguntó, rodeándola con un cálido y largo abrazo.  La abuela sonrió levemente. “¿Si recuerdo? Claro que recuerdo. Eres la niña que me trae helado”.
De pronto, Eleanor se dio cuenta de que la abuela no la recordaría. Estaba viviendo en su propio mundo, rodeada de recuerdos difusos.  “¡Siento mucho amor por ti, abuela!”, exclamó.  En ese momento vio rodar una lágrima por la mejilla de su abuela: “¿Amor? Eso sí recuerdo. Yo sé muy bien lo que es el amor”…

“¿Ves, querida? Eso es todo lo que la abuela desea: Amor”, intervino la mamá de Eleanor.  “Entonces le traeré helado todos los fines de semana y la abrazaré con toda mi alma aunque no me recuerde”, resolvió antes de irse Eleanor… después de todo, recordar el amor era mucho más importante que recordar un nombre.

Simplemente permítanme cerrar la columna repitiendo la frase del inicio: Quien aprende a amar y vive genuinamente este sentimiento, que es despojado completa y absolutamente de todo egoísmo, guarda por siempre en su memoria y corazón la inigualable sensación de sostener  un hilo primordial con la vida que nadie, jamás, podrá  arrebatárselo…

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