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El barco

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El Holandes Errante
El Holandes Errante

Las leyendas urbanas son fábulas populares que corren de boca en boca como si fueran ciertas…

Era julio y como cada año Sergio y Frank se preparaban para su tradicional travesía en velero. Hacia exactamente quince años que habían empezado con aquel ritual y sin embargo, aquel año Agatha, esposa de Frank, hubiese preferido que no fueran. Algo le decía que aquella travesía no era una buena idea. Pero, pese a la insistencia de su mujer, Frank siguió con sus planes. Quizás, si Agatha hubiese sido más explícita él hubiera dudado

pero ella, temerosa de las burlas de su marido, prefirió achacar sus miedos al temor que el mar siempre suscita, en vez de explicarle que llevaba cerca de una semana soñando con un barco extraño que la hacía estremecer de miedo. Luego veía como el velero de Sergio sufría serios problemas y naufragaba. Sin embargo, como Agatha nunca dijo nada de aquella visión, Frank y Sergio siguieron adelante con su tradicional travesía…

Llevaban ya dos días en alta mar… Nada era comparable a la paz que se podía sentir sobre la proa del velero. El silencio, interrumpido ocasionalmente por las olas rompiendo contra el casco de la nave, lo invadía todo. Acostumbrados a los ruidos de la gran ciudad, aquella tranquilidad era realmente paradisíaca. Frank disfrutando el momento giró hacia Sergio y le comentó: “Esta vez, si es por Agatha, no vengo”.

“¿Por qué? Este viaje es sagrado”, respondió su amigo. “Eso le dije yo”, volvió a decir Frank. “Decía que tenía un mal presentimiento, o algo así. La verdad es que no le hice demasiado caso”, agregó.

La jornada siguió sin problemas y al anochecer Sergio decidió que era hora de dirigirse a tierra firme. El Cabo de Buena Esperanza no estaba demasiado lejos así que, decidieron recalar allí… Debía quedarles una hora de trayecto cuando a lo lejos, teñido por los reflejos del atardecer, vieron un viejo galeón navegando a la deriva. “¿Has visto eso?”, preguntó Sergio. “Parece sacado de un cuento pirata”, respondió Frank. Mientras admiraban la embarcación, esta fue acercándose lentamente…

“¿Has oído hablar de la leyenda del Holandés errante?”, dijo Frank. “No, nada”, respondió su amigo. “Verás”, dijo Frank, “según cuentan el “Holandés Errante” era un galeón capitaneado por Hendrick Vanderdecken en 1.680. La leyenda cuenta que la nave se encontró con una fuerte tormenta cerca del Cabo de Buena Esperanza, a donde nos dirigimos nosotros. Por lo visto, Vanderdecken desafió a la tormenta y como resultado la nave se hundió y todos sus hombres murieron con él. Como castigo a su arrogancia, Vanderdecken y su barco fueron condenados a navegar cerca del Cabo por toda la eternidad. De hecho los marinos de la zona cuentan haber visto al barco navegando a la deriva. Dicen que el galeón se ha convertido en un fantasmagórico heraldo del infortunio. Es más, muy pocos de los testigos han sobrevivido para contarlo”, respondió Frank.

“¿Pretendes decirme que estamos frente a un barco fantasma?”, dijo entre risas Sergio. Y Frank respondió algo sombrío: “Sólo digo que es una leyenda que parece enfrentarnos”…

En ese instante, sonó el celular de Frank, era Agatha que preguntaba preocupada: “Frank ¿están bien? ¿No hay ningún otro barco ahí?” Frank se extrañó por aquella pregunta y dijo a su esposa… “¿Por qué preguntas eso? ¿Qué ocurre?” A lo que ella respondió: “es que soñé que había un barco antiguo que los perseguía y el velero naufragaba…ya sé que no tiene ningún sentido pero”… Frank miró el barco que se acercaba y dijo a Agatha: “No temas cariño. Estamos bien. Eso es tan sólo un sueño sin importancia”.

Tras cortar la comunicación, Frank miró al barco y dijo a Sergio: “Esto no me gusta. Agatha ha soñado con esta situación. Algo me dice que debemos alejarnos. Enciende el motor y lleguemos a tierra firme”.

Sergio, incrédulo, dijo a su amigo: “¿estás loco? ¿Vas a creer en sueños premonitorios?” “Tú no, pero yo sí, así que si no quieres venir te espero en tierra”, dijo Frank soltando los cabos de la lancha de salvamento. “Como quieras. Nos vemos luego”, respondió su amigo…

Pasaron horas hasta que Frank dio aviso de que su amigo no había regresado. Las lanchas de la guardia costera recorrieron la zona durante días, pero “El Galante” y Sergio jamás aparecieron. Tras pasar varios días acompañando a la familia de Sergio, Frank y Agatha regresaron a casa, antes de entrar Agatha descubrió en el buzón una extraña carta para su marido y se la dio intrigada…

Frank miró el sobre grande, lacrado, que  no llevaba remitente y parecía antiguo. La dirección estaba escrita a mano, con letras sumamente elaboradas. Lo abrió con cuidado y extrajo de su interior un pergamino escrito con pluma que decía: “Esta vez has conseguido escapar; estas en deuda conmigo. Si tu vida quieres conservar, procura no volver al mar. Te estaré esperando… Hendrick Vanderdecken”…

Frank no volvió a subirse a un barco en toda su vida.

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