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El barniz del tiempo
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El barniz del tiempo

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Tab Machado
Tab Machado

El tiempo, esa magnitud física con la que medimos la duración o separación de acontecimientos, es tan implacable, inmutable e irreversible que asusta y amedrenta. Sin embargo ese mismo tiempo es un magistral artesano con una cualidad poco apreciada por el ser humano: es capaz de limar, pulir y alisar cualquier situación pasada y ponerle una gran capa de barniz que nos permite digerirla, sin el impacto del primer momento. No importa si la misma fue buena o mala, dulce o amarga, feliz o triste, el barniz del tiempo atempera las circunstancias, las vuelve soportables y, a veces, hasta amenas para el alma…

Recuerdo como ejemplo la vez que, siendo estudiante de secundaria, nuestro profesor de ciencias nos pidió que llegáramos 45’ antes de la hora de inicio de nuestra jornada, porque quería recuperar una clase perdida.

Era invierno y el frio era intenso cuando llegamos a las 7:30 de la mañana a nuestra clase, pero el profesor no estaba… Quedarnos sentados no era opción para gente tan joven así que, inmediatamente, se propuso un juego que nos entretuviera. Nos separamos en dos bandos y, como el edificio estaba completamente vacío, uno eligió como base el laboratorio de ciencias y el otro (en el que yo estaba) el salón de clase. Ambos hicimos una bandera y aquel que se apoderara primero de la del rival ganaba.

Dos o tres de mi grupo hicieron una incursión hasta el laboratorio sin éxito y, cuando volvían al salón, el grupo rival vino mayoritariamente sobre nosotros. En ese momento Lucita, la líder de nuestro bando, ordenó clara, diáfana y urgentemente que cerráramos la puerta y eso hicimos, pero entre la fuerza que aplicamos desde adentro para evitar el ingreso de los rivales y el ímpetu con que empujaron los que estaban afuera, las bisagras cedieron rápidamente y la puerta quedó girando en el medio de manera espeluznante.

Recuerdo que en ese momento cesó la gritería de inmediato y un poderoso silencio se apoderó del lugar. El temor a ser suspendidos por el hecho fue generalizado así que teníamos que hacer algo rápidamente, entonces acomodamos la puerta como si estuviera bien, la dejamos entornada y nos fuimos a la calle.

Cuando finalmente llegó el profesor fuimos con él al salón como si nada ocurriera y, cuando fue a abrir la puerta, se quedó con ella en la mano. Entre risas nerviosas, miradas cómplices y temor por las consecuencias, ingresamos a clase y el profesor mandó llamar al director. Este vino y fue lacónico y terminante: “si antes del mediodía no está arreglada la puerta, quedan suspendidos”.

Fue entonces cuando todos entramos a deliberar con urgencia y Teddy (compañero entrañable y amigo de siempre) cuyo padre era carpintero, fue hasta su casa y regresó con un empleado de la carpintería que arregló la puerta y nos quitó de un gran apuro…

Hoy el hecho parece trivial, divertido y para nada dramático, pero eso es porque el relato tiene el barniz del tiempo, porque puedo asegurarles que en el momento fue un gran problema para nosotros. Sin embargo, el gran artesano con su paciencia infinita ha hecho su magnífica obra, suavizando las circunstancias y volviéndolas, en esta ocasión, amenas para el alma…

 

 

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