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El bien y el mal

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En cada uno de nosotros habita el bien y el mal, es una condición del ser humano de la que no se puede desprender, el arte es saber manejar esas dos fuerzas dentro de uno y tratar de suprimir los impulsos malos, dejando fluir aquellos que son buenos.

La lucha entre estos dos sentimientos puede llegar a ser cruel, despiadada y, si uno no está preparado para afrontarla, el camino de la vida puede volverse difícil.

La envida, la ira, la irritabilidad, la codicia, los celos y la rivalidad son sentimientos negativos que habitan en el ser humano y se debe de trabajar seriamente en ellos para desterrarlos, porque son los medios mas comunes que llevan a reforzar la parte mala que habita en cada uno. El amor, la caridad, la amistad, la compasión, la misericordia, la generosidad y la sencillez son sentimientos que hay que exaltar al máximo para que, poco a poco, nuestro costado bueno se fortalezca y prevalezca dentro de nosotros.

Lo que si nunca debemos dejar de hacer es alimentar esos buenos sentimientos, darles fuerza, hacerlos parte integral de nuestra vida, que se vuelvan rutinarios dentro de nuestro accionar y que fluyan sin necesidad de hacer esfuerzos porque, si no lo hacemos, caemos fácilmente en nuestro lado malo y permanecemos allí volviéndonos seres despreciables para los demás.

La increíble historia de cómo pintó Da Vinci el cuadro de la ‘Última Cena’ refrenda que el bien y el mal habitan en nosotros y que, si no cuidamos nuestra parte positiva, la negativa se instala allí definitivamente volviéndonos lo que nunca quisimos ser…

A Leonardo Da Vinci le llevó siete años completar su famosa obra. Las figuras que representan los 12 apóstoles y a Jesús fueron tomadas de personas reales.

La persona que sería el modelo para ser Cristo fue la primera en ser seleccionada. Cuando se supo que Da Vinci pintaría esa obra, cientos de jóvenes se presentaron ante él para ser seleccionados. Da Vinci buscaba un rostro que mostrara una personalidad inocente, pacífica y a la vez bella. Buscaba un rostro libre de los rasgos duros que deja la vida intranquila del pecado. Finalmente, después de unos meses de búsqueda, seleccionó a un joven de 19 años como modelo para pintar la figura de Jesús.

Por seis meses Da Vinci trabajó para pintar al personaje principal de esta magnífica obra. Durante los seis siguientes años continuó buscando personas que representarían a 11 apóstoles, dejando para el final a aquel que representaría a Judas.

Cuando llego el momento, Da Vinci estuvo semanas buscando a un hombre con una expresión dura y fría. Un rostro marcado por la avaricia, decepción, traición, hipocresía y crimen que identificara a una persona que traicionaría, sin dudar, a su mejor amigo. Después de muchos intentos fallidos en la búsqueda de este modelo llegó a sus oídos que existía un hombre con estas características, sentenciado a muerte por haber llevado una vida de robos y asesinatos, en un calabozo de Roma.

Da Vinci fue allí y vio al hombre cuyo maltratado cabello largo caía sobre su rostro escondiendo dos ojos llenos de rencor, odio y ruina. Al fin había encontrado a quien modelaría a Judas en su obra.

Por medio de un permiso del rey, el prisionero fue trasladado al estudio del maestro. Por varios meses este presidiario se sentó silenciosamente frente a Da Vinci mientras el artista continuaba con la ardua tarea de plasmar en su obra al personaje que había traicionado a Jesús. Cuando dio el último trazo a su pintura se volvió a los guardias y les dio la orden de que se llevaran al prisionero.

Mientras salían del recinto el hombre se soltó y corrió hacia Da Vinci gritándole: “¡Da Vinci! ¡Obsérvame! ¿No reconoces quién soy?”

Da Vinci lo estudió cuidadosamente y le respondió: “Nunca te había visto en mi vida, hasta el calabozo en Roma”.

El prisionero levantó los ojos al cielo, cayó de rodillas y gritó desesperadamente: “Leonardo: ¡Mírame nuevamente, pues yo soy aquel joven cuyo rostro escogiste para representar a Cristo hace siete años!”….

Sin palabras ¿verdad?…

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