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El Charro Alma de México

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Las leyendas urbanas son fábulas populares que corren de boca en boca como si fueran ciertas…

Charreada
Charreada

En el mes de agosto, como preludio de la celebración de  la Semana Jalisco que realiza la Federación Jalisciense del Medio Oeste para honrar la cultura y las tradiciones jaliscienses,

relatamos leyendas urbanas que, según dice el acervo popular, han sucedido en diferentes pueblos y ciudades de Jalisco. Hoy les contamos la historia del Charro.

El Charro es el jinete mexicano vestido de fiesta, lleno de esos colorines y adornos que le dieron nombre, un poco despectivo, cuando los españoles decían que los jinetes mestizos vestían muy “charramente”. Porque el traje del campesino mexicano no es el traje del caballero español, sobrio en el norte y apenas algo colorido en el sur andaluz, sino algo más propio: pantalón ceñido, para ayudar a las maniobras del lazo; camisa fina y bordada; corbata de color chillantes, en forma de moño o mariposa; y el ancho sombrero jarano, lleno de galones de plata. En cuanto a la cabalgadura, los primeros caballos que hubo en América fueron españoles, pero el mexicano ha hecho un caballo a su medida.

Los hijos de españoles nacidos en México, los criollos, fueron los directos herederos de la caballería hispana y con sus servidores indígenas adaptaron las monturas, las sillas, los estribos y las espuelas de los guerreros hispanos, para hacerlas útiles a los vaqueros y hombres de campo, criollos y mestizos.

Así entraron los primeros elementos mexicanos en la caballería, la arriería y la Charrería. Los trajes de los jinetes españoles, siguiendo el gusto barroco del mexicano, se convirtieron poco a poco en los coloridos trajes del Charro. Los mineros de Guanajuato, opulentos y presumidos, llenaron de alamares y botones de plata esos trajes, que ornaron de bordados coloridos los de Michoacán.

Dice el cubano Eduardo Zamacois, admirado de la destreza charra, que “en los jaripeos, fiestas de arrojo que dieron nombre a las bravías regiones de Jalisco, con arrogante parodia de los lances de acoso y derribo que se practican en nuestras ganaderías de reses bravas, los charros, entre cuyas rodillas los potros de más caliente condición se doblegan sumisos, renuevan la leyenda pagana de los

Charreria
Charreria

centauros”. En las maniobras para los “floreos”, los charros hacen prodigio, con el lazo. Esa reata de enlazar, hecha de fibra de maguey o de pita, es el elemento principal de las charrerías, de los jaripeos en los que el toro es enlazado.

Algunos eruditos atribuyen el origen de la palabra Charro al vocablo ZAR, que en vasco significa hombre de campo, por lo que el Charro mexicano sería inicialmente heredero del jinete de Salamanca, en España. Pero en verdad el traje de Charro fue primeramente la versión criolla mexicana del caballista Cordobés, adaptado a nuevas costumbres, clima, medios de vida y demás características que hicieron nacer, primero, el traje del plateado, el guerrillero sureño mexicano, que portaba anchas pantaloneras abotonadas pero abiertas, dejando ver por abajo el fino calzón. El mismo sombrero ancho del Charro, fue primeramente el de alas planas del Cordobés, que crecieron por la lluvia y el sol y se arriscaron broncamente.

La historia de México se llena con la figura del Charro, bizarra a través de sus mejores épocas. Como insurgente peleo en las huestes de Hidalgo y Morelos, como Chinaco luchó contra el invasor francés; como rural militó a las órdenes de los revolucionarios vestidos de cuero, como Zapata y Pancho Villa. “Fue cochero y guardián de diligencias, cuando los caminos reales eran largas sendas de polvo; como fue luego caporal y jinete sobre las líneas de todas las rutas”. Las espuelas de Amozoc del Charro mexicano, han punteado el polvo de todas las sendas mexicanas, señalando con viril presencia la historia de México.

El Charro mexicano, gallardo y valiente, lo mismo empuña el machete que la pistola, desata la reata o pulsa la guitarra… igual se arranca en su caballo lanzando el grito abierto de rebelión o de guerra, que florea el lazo en las hermosas fiestas charras.
Este arte típico del floreo con la reata, lo mismo ejecutado a pie que a caballo, parado que a la carrera, distingue al mexicano de los jinetes de otras partes del mundo, porque no hay crinolinas tan artísticas como las suyas, en las que el lazo nunca pierde su móvil característica de dura y flexible circunferencia. En el coleo, en él jaripeo, en la herrada, es siempre el mismo Charro, el mexicano, bravo y sentimental.

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