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El curioso caso de bilocación de Sor María Jesús de Ágreda

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María de Jesús de Ágreda es, indiscutiblemente, la figura espiritual más interesante de la España del siglo XVII. Es el gran exponente de la espiritualidad del barroco, entonces en todo su furor. Sus valores humanos fueron extraordinarios. De ascendencia judía por vía paterna, fue de voluntad generosa, inteligente, imaginación creadora, gran capacidad de asimilación y facilidad para escribir. Su virtud ha sido reconocida por todos: oración intensa, penitencias, pobreza, caridad y celo apasionado por los demás, etc. Los fenómenos externos (por ejemplo, éxtasis) la hicieron pronto célebre. Sobre todo sus apariciones en Nuevo México y Texas, en donde evangelizaba y enviaba a los indios a pedir el bautismo a los misioneros franciscanos (‘La dama azul de los llanos’). La Inquisición tomó cartas en el asunto (1635) e hizo un proceso formal sobre el mismo (1649-50) con resultado favorable para la monja. La explicación no deja de ser complicada, pero los datos son serios e impresionantes. Sor María Jesús de Ágreda llegó a convertirse en asesora personal del mismísimo rey Felipe IV.

El motivo de que alcanzase tal privilegiada posición tuvo que ver con unos supuestos  contactos de la monja con la Virgen María quien, según la religiosa, le había dictado una serie de mensajes que transcribió estando en trance y convirtió en una obra literaria titulada ‘Mística Ciudad de Dios’.

Pero otros hechos también colaboraron para que Sor María Jesús de Ágreda alcanzase una importante fama; entre ellas el de la bilocación o, dicho de otra manera, la virtud de poder estar en dos lugares al mismo tiempo.

Esta monja, que vivió enclaustrada en su convento durante la primera mitad del siglo XVII, es señalada en escritos de la época como la misma que se encontraba a 15.000 kilómetros de distancia, evangelizando a los indios nativos que residían en la, por entonces, inexplorable zona de Nuevo México y Texas.

Así lo hizo saber el portugués Alonso de Benavides, un monje franciscano que a su vuelta del Nuevo Mundo en 1630 viajó hasta España con el fin de conocer en persona a Sor María Jesús de Ágreda, debido a que los indígenas del nuevo continente, que supuestamente no debían haber tenido contacto anterior con evangelizador alguno, mostraron cruces realizadas con ramas y explicaron cómo una ‘dama de azul’ había llegado hasta allí para hablarles de Dios y cuya descripción coincidía con la de la religiosa española.

Las continuas entradas en trance de la monja y su relato de cómo había viajado espiritualmente hasta tierras desconocidas, hicieron desconfiar al credo, quienes a través del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición la investigó e interrogó en dos ocasiones a lo largo de su vida (1635 y 1650), no pudiendo demostrar finalmente ningún acto fuera de los cánones establecidos por parte de iglesia.

La noticia sobre la religiosa llegó hasta oídos del monarca Felipe IV, quien se interesó sobre el caso, poniéndose en contacto con la monja mediante correspondencia, ya que estaba muy interesado en saber si había algún mensaje divino para él.

Sor María Jesús se convirtió en consultora real, ganándose la confianza del monarca y dándole todo tipo de consejos de cómo dirigir sus reinos y a quiénes destituir de sus cargos.

El fallecimiento de Baltasar Carlos de Austria en 1646, primogénito y heredero al trono, sumió en una profunda depresión a Felipe IV, llegando a visitar en persona a la religiosa con la intención de preguntar por el alma de su anhelado hijo, fortaleciéndose a partir de ahí el importante vínculo que unió a ambos a lo largo de las siguientes dos décadas.

El 2 de mayo de 1665, a la edad de 63 años, fallecía Sor María Jesús de Ágreda. Su cuerpo permanece expuesto al público en el mismo convento en donde ejerció como abadesa, con la peculiaridad de que sigue incorrupto desde entonces. Varias han sido las acciones que se han emprendido con la intención de que fuese beatificada, no habiéndose conseguido tal propósito.

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