El Hechizo del Pando

Esta semana, que se conmemora el Descubrimiento de America le traemos una leyenda de la época colonial… Es una leyenda muy conocida en Colima. La misma cuenta que Hilario sentía que su enfermedad se agravaba cada vez más. Desde hacía ya mucho tiempo que padecía y habían sido vanos todos los esfuerzos que había hecho por curarse. Si bien es verdad que, como sucede siempre con los enfermos que sufren por largo tiempo, no había sido constante en curación nunca había sido atendido por un médico, ni siquiera por el espacio de un mes.

El Pando solía decirse pensar: “¿Para qué ir a curarme con un médico? Los médicos no curan el hechizo. No pueden curarlo ni creen en él. Y sin embargo, por algo dicen que cuando el tecolote canta, el indio muere… ¡yo no tengo remedio!”

Hilario estaba “hechizado” por una mala mujer a quien desgraciadamente había él querido con todo el corazón; pero, al fin, se habían separado por no haberse podido comprender el uno al otro. Ella tenía mal carácter y ahora se vengaba de aquel pobre hombre causándole un mal incurable.

Todo el barrio de Manrique lo sabía y muchas personas aseguraban que Teófila, la amada perversa, tenía en un lugar secreto de su casa, un muñeco que era el vivo retrato de Hilario con una espina clavada en la espalda…

El hombre se moría lentamente, sufriendo atroces dolores, la espina que tenía el muñeco clavada en la espalda le causaba terribles dolencias que los médicos no sabían curar, porque decían que eran los riñones. Pero no eran los riñones… era ¡el hechizo! lo que hacía padecer a Hilario.

Margarita, su hermana, le hacía cuanto remedio le aconsejaban los vecinos del barrio y, sobre todo los boticarios, que en Colima representaban para los médicos una gran ayuda en el ejercicio de la profesión, pues ellos curaban la bilis sin cobrar más que la medicina; curaban piadosamente y con toda generosidad el mal del amor, principalmente a los rancheros decepcionados que acudían a ellos en busca de consuelo y les vendían unos polvitos blancos y dulces, como si fueran hechos de azúcar molida, diciéndoles que es el polvo de enamorar, mucho más eficaz que cualquier elixir del doctor. Ellos venden unciones de manteca de elefante y aceite de cocodrilo legítimo para el reuma y preparan “polvos de víbora” inmejorables para las enfermedades de la sangre… Pero el hechizo… ¡el hechizo no lo curaban ni siquiera los boticarios de Colima!

Un día, ya al atardecer y con la esperanza perdida, la atribulada Margarita pensó hablarle a un médico que fuera a hacerle una visita a su hermano, no para que lo curara, sino para que lo viera y en trance fatal de la muerte que ya esperaba, le diera el “certificado” de defunción, sin el cual no podía enterrar el cadáver.

¡Tiene unas ocurrencias el gobierno! ¿Qué necesidad hay que sea un médico el que asegure que está muerta una persona, cuando la presencia del cadáver es prueba mejor que cualquier papel escrito?, pero así son las cosas.

El médico llegó ya casi entrada la noche. La pieza estaba apenas alumbrada por una vela de grasa de buey que difundía una tenue luz amarillenta y vacilante, dando a la estancia un aspecto fantástico y lúgubre desde la mesa en que estaba colocada hasta otra mesa corriente llena de botellas y trastos de cocina.

El enfermo, con una respiración fatigada y angustiosa, yacía en un catre de madera. En el semblante expresaba la cercanía del último momento. El médico lo examinó; escuchó silencioso y atento algunas palabras entrecortadas por la angustia de la respiración, sacó del bolsillo algunas hojitas de papel y recetó. ¿Qué recetó? ¡Letra ininteligible, como la de todos los médicos! Letra que solo saben entender los boticarios, porque ellos todo lo saben. Antes de retirarse, el médico dio al enfermo lo único que podía darle: esperanza… El galeno le prometió a Hilario que se aliviaría, aunque fuera un poco tarde.

Pero llamó aparte a Margarita para explicarle como debía darle la medicina al enfermo y advertirle que ya era extemporáneo el esfuerzo por la curación, esfuerzo que hacía en cumplimiento de un deber profesional porque un buen médico, como el buen soldado, tiene la obligación de luchar aunque sea inevitable la derrota, haciéndose la ilusión de conseguir la victoria. En aquel momento recetaba por deber, pero sin esperanza.

El médico no se equivocaba, aún venía de la botica con la medicina, cuando el enfermo expiró. Bien claro lo decía el canto lúgubre del tecolote que desde al obscurecer se escuchaba entre el ramaje espeso del aguacate del corral, infundiendo en el barrio cierto misterioso terror. ¡Qué iba a poder la ciencia médica contra el hechizo! Este solo pueden curarlo los hechiceros.

Tales creencias vinieron a confirmarse poco después de expirar el enfermo ya que, cuando tenían su cadáver en el suelo con una teja para que “ganara las indulgencias”, se levantó de medio cuerpo atemorizando a los presentes y arrojó algo por la boca. “¡Ya lo ven!”, exclamaron todos, “¡La postema! ¡No cabe duda, estaba hechizado por aquella mala mujer!”

Al otro día sepultaron el cadáver de Hilario, que vulgarmente era conocido en el barrio de Manrique, por el apodo de “El Pando” y por varios días, al oscurecer, confirmando la opinión popular, siguió el tecolote cantando lúgubremente entre el ramaje espeso del aguacate del corral…

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