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El laberinto del Doctor Holmes

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Herman Webster Mudgett también conocido como “El Dr. Holmes”, fue un asesino en serie que confesó hasta 27 asesinatos y seis intentos de asesinato.

Nació en Gilmanton, Nuevo Hampshire en una familia honrada y muy puritana. Muy pronto manifestó hacia las mujeres, especialmente aquellas con fortuna, un interés poco corriente que lo enmarcaría como un Don Juan del crimen. A los dieciocho años se casó con Clara Louering una joven rica para pagar sus estudios de medicina, la arruinó y una vez obtenidos con lustre sus diplomas en la Universidad de Míchigan, la abandonó para irse a vivir con una viuda, que satisfizo sus necesidades gracias a las rentas de una respetable casa de huéspedes. Siendo ya médico dejó aquella segunda conquista, ejerció durante un año en Nueva York y pasó a establecerse en Chicago.

Alto, guapo, con aire distinguido, siempre elegantemente vestido, Mudgett tenía innumerables éxitos amorosos. Al llegar a su nueva ciudad no tardó en seducir a una joven millonaria llamada Myrta Belknap. Tomó el nombre de Holmes para vencer las reticencias que la señorita le oponía, se casó con ella y, gracias a unas falsificaciones de escrituras, estafó 5,000 dólares a su familia política para hacerse construir una casa suntuosa en Wilmette.

Luego consiguió, en las afueras de Englewood, la herencia de una farmacia propiedad de una viuda de quien se hizo su amante y hombre de confianza. A base de falsificaciones de contabilidad y de malversaciones de fondos, logró hacerse dueño de la totalidad de sus bienes y después la hizo desaparecer.

Para construir su castillo, el “Holmes Castle”, el Dr. Holmes recurrió a varias empresas, a quienes nunca pagaba e interrumpía pronto sus obras. De esa manera, él era el único en conocer en detalle un edificio cuyo extraño arreglo habría podido suscitar la curiosidad.

Se estaba preparando en Chicago la exposición de 1893, que debía atraer a la ciudad una cantidad considerable de gente, incluidas mujeres guapas, ricas y solas. Holmes adquirió un terreno con una serie de estafas y emprendió la construcción de un hotel con aspecto de fortaleza medieval, cuya disposición interior concibió él mismo. Cada una de las habitaciones del inmueble estaba provista de trampas y puertas corredizas que daban a un laberinto de pasillos secretos desde los cuales, por unas ventanillas disimuladas en las paredes, el doctor podía observar a escondidas a sus clientes.

Encubierta bajo el entarimado, una instalación eléctrica le permitía seguir en un panel indicador instalado en su despacho el menor desplazamiento de sus futuras víctimas. Con abrir unos grifos de gas, podía asfixiar sin desplazarse a los ocupantes de algunas habitaciones.

Un montacargas y dos “toboganes” servían para hacer bajar los cadáveres a una bodega donde, según los casos, eran disueltos en una cubeta de ácido sulfúrico, reducidos a polvo por incineración o hundidos en una cuba llena de cal viva. En una habitación llamada “el calabozo” había instalado instrumentos de tortura. Una de las máquinas instaladas llamó especialmente la atención de los periodistas: un autómata que permitía hacer cosquillas la planta de los pies de las víctimas hasta matarlas de risa.

El Holmes Castle fue terminado en 1892 y la Exposición Universal de Chicago abrió sus puertas el 1 de mayo de 1893 Durante los seis meses que duró, la fábrica de matar del Dr. Holmes no se desocupó. El verdugo escogía a sus “clientas” con precaución, tenían que ser ricas, jóvenes, guapas, estar solas y, para evitar las visitas inoportunas de amigos o familiares, su domicilio tenía que estar situado en un estado lo más alejado posible de Chicago.

Con el final de la exposición, las rentas del hotel acusaron una caída brutal y Holmes se encontró pronto corto de dinero. Para procurarse ingresos incendió el último piso de su inmueble y reclamó a su asegurador una prima de 60,000 dólares, sin pensar que la compañía podría hacer una investigación antes de pagárselos. Una vez descubierto, el doctor se refugió en Texas, donde realizó estafas que lo llevaron por primera vez a la cárcel. Liberado bajo fianza, volvió a salir unos meses después, no sin haber puesto en pie una nueva operación criminal.

La idea era sencilla: un cómplice, llamado Pitizel, debía hacerse un seguro de vida en una compañía de Filadelfia. Luego se presentaría como suyo un cadáver anónimo desfigurado por un accidente. La prima que cobraría la Sra. Pitizel sería repartida y el “muerto” iría durante algún tiempo a hacerse olvidar a Sudamérica. Sin embargo Holmes cambió de planes y mató realmente a Pitizel, evitándose la búsqueda de un cadáver desfigurado y quedándose con todo el dinero de la prima, ya que luego se deshizo de la Sra. Pitifiel y sus hijos.

Sin embargo un antiguo compañero de celda, Marion Hedgepeth, le denunció y la policía realizó una investigación. Como resultado de ello, Holmes confesó la estafa a la aseguradora y los asesinatos de Pitifiel y su familia.

Holmes fue condenado a muerte por el Tribunal de Filadelfia y ahorcado el 7 de mayo de 1896, contando con treinta y cuatro años.

Ante el tribunal, Holmes afirmó haber asesinado a veintisiete personas a lo largo de su vida. Sin embargo, esta cifra es poco creíble porque el acusado confesó haber matado a personas que en ese momento seguían vivas, burlándose de la justicia. Aunque no se sabe con certeza el número de víctimas, los descubrimientos hechos en su castillo sugieren que es una cantidad considerable y la cifra de doscientas personas propuesta por los criminólogos parece ser la más verosímil.

 

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