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El muerto vivo…

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El muerto vivo
El muerto vivo

¿Quién no ha escuchado alguna vez historias extrañas que dicen haber ocurrido en nuestros propios pueblos? Las leyendas urbanas son fábulas populares que corren de boca en boca como si fueran ciertas…

En la década del ’30, un velorio como tantos otros tuvo lugar en la ciudad de Tlaquiltenango, en Morelos. Un hombre de familia, de edad mediana, había fallecido repentinamente por la noche, sumiendo en la congoja a todos los habitantes de la casa.

El día del entierro, un fuerte viento soplaba sobre la ciudad, herencia de un invierno

particularmente frío y que no paraba de asediar a la región. Inmerso en este clima lúgubre, el carro fúnebre llegó entre los lamentos y los adioses de los residentes del pueblo listo para llevar los restos del difunto al cementerio correspondiente. Como la lluvia arreciaba y los nubarrones tapaban la luz del sol hasta dejar la ruta en semipenumbras, sólo un reducido séquito acompañó al carro.

En aquellos tiempos las calles de Tlaquiltenango estaban en estado lamentable, volviéndose particularmente resbalosas los días de lluvia. Bajo el monumental aguacero de aquel día, el carro fúnebre traqueteaba y patinaba con dificultad en su camino al cementerio. El recorrido constaba de unas pocas cuadras, pero bajo las inclemencias del tiempo éste se hacía lento y engorroso, hundiéndose las ruedas del carro a medida que se acercaba a su destino.

Uno de los cruces del pueblo terminó por convertirse en el obstáculo final. La lluvia y el mal estado del tiempo acumulado, habían transformado la esquina en un arroyo que era casi un pantanal, a pesar de lo cual el carro y su séquito decidieron continuar, convencidos de la importancia de llevar al fallecido a su reposo final. El clima, sin embargo, no tenía tantas contemplaciones para los que abandonaban este mundo, dejando al vehículo hundido hasta las ruedas en un pozo que había en medio del cruce.

En ese momento todos debieron aunar fuerzas, conscientes del sacrilegio que implicaba abandonar al muerto en plena calle y bajo la lluvia. Bajaron de los coches en gran confusión y dividieron las tareas: unos fueron en busca de palas, otros se encargaron de conseguir ramas para ubicar bajo las ruedas y todos se prepararon para dar el empujón salvador.

Cuando se aprestaban a dar el envión final, alguien percibió que el número de los pasajeros ubicados tras el vehículo no daba y que una persona más estaba empujando con tanta vehemencia como los demás. Agradecido por esta aparición providencial, decidió callarse la boca y redoblar el esfuerzo. El coche fue saliendo finalmente del pantanal y salvó el escollo, dejando al carro fúnebre fuera de peligro.

Al volver a los coches para proseguir el camino llegó el pánico general: el muerto había desaparecido misteriosamente del cajón y ni siquiera estaba dentro del vehículo. Los gritos de asombro fueron el prólogo de la posterior y verdadera desbandada, cuando al mirar hacia afuera descubrieron al finado más vivo que nunca, aguardando al lado de la rueda sin atisbos de comprender nada y ya a salvo de su ataque de catalepsia…

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