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El perro de los entierros

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Apareció no se sabe de donde en Fernán Núñez, un municipio español de la provincia de Córdoba, Andalucía, en la comarca de la Campiña Sur, allá por la década de 1970. Le llamaban Moro y deambuló por las calles vagabundo y rodeado de un halo de misterio que le hizo trascender fronteras.

El Perro tenía una extraña conducta que ponía los pelos de punta, ya que iba a todos los entierros del pueblo, se sentaba junto a la casa donde estaba el difunto y después acompañaba a la comitiva fúnebre hasta el cementerio. “El perro de los entierros” comenzó a hacerse famoso por este hecho y algunos le echaban de comer y lo acariciaban, mientras otros lo ahuyentaban cuando lo veían acercarse por su calle…Es que empezó a crearse la leyenda de que era como un mensajero de la muerte, que tenía la capacidad de oler o sentir cuando alguien iba a fallecer, por eso muchas personas miedosas o supersticiosas cuando lo veían aparecer por su calle o pararse cerca de su casa lo ahuyentaban.

La leyenda del “perro de los entierros” fue creciendo hasta llegar a los medios de comunicación que se hicieron eco del extraño fenómeno y contaban la noticia de forma sensacionalista al atribuirle a Moro poderes sobrenaturales.

Era tan inexplicable su intuición que nadie se podía explicar como hacía para estar esperando a la entrada del pueblo el cortejo fúnebre de una persona que había muerto en Córdoba o Barcelona y los trasladan al pueblo. Al llegar el perro los estaba esperando.

Moro se hizo así, samaritano de todos los dolientes… no iba a las bodas, ni fiestas, sólo a los velorios y entierros nada más.

Cuando salía el cortejo al cementerio él iba al lado de la gente, con lento andar lastimero a la Iglesia y al Cementerio. Y si, por casualidad, un día coincidían dos o tres muertes, asistía a todos los velorios sabiendo en el orden en que se iban a celebrar los entierros. Así que, cuando se terminaba de enterrar al primero acudía a casa del segundo y luego al tercero.

El perro parecía compadecer y sufrir con todos. Poco a poco Fernán Núñez supo comprender que Moro era digno de estima y hasta de gratitud. Aquel perro debería pasar a la historia así que, después de morir, le hicieron un monumento en su honor. Fernán Núñez terminó adoptándolo con cariño, estima, respeto y un poco de miedo. Mientras Moro tuvo fuerzas jamás faltó a su cita. Era toda una estampa que asombraba y asustaba a los forasteros.

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