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El que sabe, sabe…

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Reza un dicho muy conocido que, ‘el que sabe, sabe’… después la picaresca popular le ha agregado algunos finales al refrán como: ‘el que no, aprende, ‘el que no, enseña’ o ‘el que no, es jefe’. Pero lo que busca en realidad el aforismo es demostrar la importancia de estar instruido, de la diferencia que hace aquel que conoce acerca de algún asunto o materia a la perfección. La frase también se emplea para advertir que no actúe, ni hable, quien no es entendido en un tema determinado…

Lo cierto es que, muchas veces, ese mismo saber no es recompensado en su justa medida dado que (al ser un bien inmaterial) no se aprecia realmente su valor y dimensión. Además, cuanto mas sencilla y plana es la aplicación de la sabiduría para resolver un problema, menos valorada es, porque se cree que cualquiera hubiera podido resolver el inconveniente de la misma manera…

Cuenta una historia aleccionante que, en cierta ocasión, el dueño de una fábrica decidió comprar una máquina especial que mejoraba la elaboración de su producto en un mil por ciento y eso lo llevó a conseguir nuevos contratos lo que, consecuentemente, lo llevó a ganar muchísimo dinero.

Pasaron algunos meses y el fabricante estaba muy feliz por la inversión y las ganancias que obtenía, pero una mañana al llegar a su fábrica encontró parada toda la producción porque la nueva máquina no funcionaba.

Desesperado el propietario, viendo que no se estaba cumpliendo con los pedidos y que empezaba a perder dinero en grandes cantidades y, además, peligraban sus contratos, llamó a la empresa que le había vendido la máquina y les suplicó que le enviaran un técnico urgente.

Al rato llegó, en un viejo camión, un hombre con grandes lentes que cruzó lentamente el estacionamiento rumbo a la fábrica.

Ya al borde de la paranoia el fabricante corrió a abrirle la puerta y le suplicó que le solucionara el problema lo mas pronto posible. El hombre caminó mansamente alrededor de la máquina, se rascó un par de veces la cabeza pensativo y, cuando el empresario empezaba a desfallecer de los nervios, tomó un destornillador (atornillador, desatornillador o desarmador, como usted quiera) y le dio medio giro a un tornillo, echando a andar la máquina nuevamente.

Al fabricante le volvió el alma al cuerpo y, tomando del brazo al técnico, casi que lo arrastró a su oficina… Luego abrió el libro de cheques y le dijo: “Usted me salvó la vida! ¡Le voy a dar cien mil dólares por lo que hizo!”. El técnico meneó la cabeza negativamente y tan solo respondió: “la oficina le va a enviar la factura por correo”. El empresario insistió, pero el hombre mantuvo su negativa y se fue.

Al cabo de unas semanas, ya con la producción a pleno nuevamente, el fabricante se sentó en su escritorio y se puso a revisar su correspondencia. En ella venía un sobre con la factura a cobrar por el servicio realizado a la máquina… la cifra era 10,000 dólares. El fabricante puso el grito en el cielo: “¡10,000 dólares por apretar un tornillo! ¡Imagínense!”, dijo olvidando y minimizando todo lo ocurrido.

Indignado escribió rápidamente a la empresa de servicio y les dijo: “Lo único que hizo el técnico fue darle media vuelta a un tornillo. Es exagerado lo que me quieren cobrar. Para pagarles me deben especificar el porque del costo”.

Dos semanas después, el fabricante recibió la respuesta de la empresa de servicio. La misma decía: “1 dólar por darle media vuelta al tornillo. 9,999 dólares por saber que tornillo tocar”. Por supuesto que el fabricante tuvo que rendirse ante la evidencia y pagar la factura…

Esto nos lleva a la conclusión de que todas las personas deberían recibir como retribución el valor de la sabiduría aplicada por encontrar soluciones y no por la simpleza de la acción. Al final de cuentas, como dijimos al principio: el que sabe, sabe y el que no…

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