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El reflejo del éxito

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Tab Machado

La velocidad y frialdad que el ser humano le ha imprimido a la vida moderna para poder saciar su necesidad de trascendencia individual le ha quitado, en gran medida, la sensibilidad de trato hacia sus semejantes. Es que las personas siempre quieren ser bien tratadas, ponderadas, consideradas y valoradas como creen que se merecen, pero se olvidan olímpicamente de retribuir a sus pares en la misma medida.

Esta práctica tan común hoy entre las familias, parejas y/o amigos, genera una sensación de inferioridad en quien las padece que es muy difícil de superar, dado que escuchan permanentemente de su propio entorno que son inferiores a los demás. El mal que se les hace a estas personas es irremediable y va a ser muy difícil que puedan superarse ante la falta de estimulo verdadero.  Cuando el descrédito es permanente y la critica fácil, es prácticamente imposible destacarse y llegar a desarrollar todo el potencial que uno tiene dentro.

Cuenta una historia que dos amigos marineros que viajaban por el mundo desembarcaron un día en una pequeña isla para divertirse. Mientras caminaban hacia el pueblo se cruzaron con una mujer que estaba en un río lavando ropa.

Uno de ellos se detuvo y fue a conversar con la mujer, desoyendo los consejos de su amigo que le decía que la mujer no era bonita y que en el pueblo iban a encontrar chicas más lindas y divertidas. El marinero igual se acercó a ella y comenzó a preguntarle sobre su vida y sus costumbres.

La mujer escuchó sin responder y le dijo al marinero que las costumbres del lugar le impedían hablar con un hombre, salvo que este manifestase la intención de casarse con ella y, en ese caso, debía hablar primero con su padre que era el patriarca del pueblo.

El marinero le dijo que lo llevara ante su padre porque quería casarse con ella y su amigo creyó que se había vuelto loco. Le pidió que reflexionara pero el hombre siguió imperturbable a la mujer hasta la presencia de su padre.

Al llegar, el marinero explicó al patriarca que quería casarse con una de sus hijas y este le dijo que por las más jóvenes y bonitas, tendría que entregar 9 vacas como dote, por las no tan bonitas pero jóvenes debía pagar 8 vacas y así disminuía el valor de la dote al tener menos virtudes.

El marinero explicó al patriarca que él había elegido a la hija que estaba lavando en el rio, que se iba a casar con ella y que iba a pagar 9 vacas. El padre respondió: “la mujer que eligió cuesta tres vacas, mis otras hijas, más jóvenes y con mas virtudes cuestan  nueve vacas”. Pero el hombre enfáticamente le dijo al jefe: “me quedo con la mujer que elegí y pago por ella nueve vacas”.

Ante la insistencia el padre, incrédulo de que hubiera una persona tan loca, aceptó y el hombre se casó con la mujer nativa. Su amigo fue testigo de la boda y a la mañana siguiente partió en el barco, dejando en esa isla a su amigo de toda la vida.

Los años pasaron hasta que nuevamente al marinero amigo del hombre volvió a la isla por el itinerario de su buque carguero. Al llegar desembarcó rápidamente y se dirigió al pueblo para reencontrarse con su gran amigo y saber cómo le había ido en la vida.

En el camino se cruzó con un grupo de gente que caminaba hacia la playa, en un espectáculo magnífico. Entre todos  llevaban en alto y sentada en una silla a una mujer bellísima, cantando canciones y obsequiándole flores. El marinero observó hasta que el cortejo se perdió de su vista. Luego, retomó su senda en busca de su amigo.

Al poco tiempo, lo encontró  y se abrazaron largamente. El marinero no paraba de preguntar: “¿Y cómo te fue? ¿Te gusta esta vida? ¿Y como está tu esposa?” Al escuchar esa pregunta, su amigo le respondió: “Muy bien, es más, creo que recién la viste llevada por un grupo de gente en la playa que festejaba su cumpleaños”.

El marinero recordó entonces a la mujer insulsa que años atrás encontraron lavando ropa y preguntó: “¿Entonces, te separaste? No es la misma mujer que yo conocí, ¿cierto?”.

“Es la misma mujer que conocimos lavando ropa” respondió el hombre. “Pero, es muchísimo más hermosa ¿cómo puede ser?”,  preguntó el marinero. “Muy sencillo” respondió su amigo. “Me pidieron de dote 3 vacas por ella y mi ahora esposa creía que valía 3 vacas. Pero yo pagué por ella 9 vacas, la traté y consideré siempre como una mujer de 9 vacas. La amé como a una mujer de 9 vacas. Y ella se transformó en una mujer de 9 vacas”.

Si quieres ser verdaderamente grande no pierdas el tiempo demostrando cuán importante eres tú, mejor alienta e impulsa a quienes te rodean a superarse y tu grandeza se verá reflejada en el éxito de los demás… Nunca olvides que cuanto más impulso cobren ellos, mas alto volarás tu mismo.

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