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El Reloj

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El Reloj
El Reloj

Las leyendas urbanas son fábulas populares que corren de boca en boca como si fueran ciertas…

No podía creerlo, tras tantos años buscando y ya cuando había decidido rendirse, lo encontró donde menos se esperaba.

Estaba esperándole a tan solo

cuatro manzanas de su casa, en una pequeña tienda de antigüedades, de esas que nadie se percata hasta que por pura casualidad se para delante del minúsculo escaparate y descubre que es allí donde se esconde aquello que tanto anhela.

Entró en la tienda y el olor a épocas pasadas lo embriagó y acabó hipnotizándole, por lo que apenas pudo escuchar la llegada del dependiente que intentó llamar su atención mediante un cortés saludo.

En otras circunstancias se habría sorprendido y asustado, pero esa tarde ni se inmutó. Sus ojos estaban clavados en la vieja caja abierta del reloj de cuatro esferas. Lo estaba analizando al milímetro, saboreando el momento. Tres esferas doradas marcaban la hora, el día y el mes y otra, verde esmeralda, señalaba los años. Dos manecillas completaban el corazón del reloj: el minutero, estaba engarzada con pequeños diamantes, mientras que el segundero era de oro con la inscripción Art de vivre. No había duda, ese era el reloj.

“¿Qué desea, caballero?”, dijo el anticuario. No hubo respuesta. El vendedor quedó extrañado por la actitud del misterioso comprador y volvió a hacerle la misma pregunta… “El reloj…  ¿cuánto pide por él?”, contestó el joven con los ojos desorbitados.

El anciano se quedó observándole y sin decir una palabra cogió la caja de cuero que portaba el preciado objeto y comprobó el precio que figuraba en la base. “Son cuatrocientos dólares, pero se lo dejo en trescientos cincuenta”, contestó el anticuario, pensando enfrentarse a un regateo y conseguir por el reloj unos cien dólares.

“Perfecto, me lo llevo”, exclamó el joven con emoción, mientras buscaba la cartera para abonar el importe acordado. El anticuario preparó el reloj para su venta y realizó el compromiso de venta.

“¿Sabe?”, dijo el joven, “Llevo buscándolo más de diez años. Cuando cumplí los quince, mi abuelo murió y entre sus pertenencias encontré una reseña donde lo describía. Nada mas leerlo, acabé prendado de esta maravilla y su leyenda”… relató mientras entregaba el dinero al vendedor.

Sin más, salió de la tienda y se fue a toda prisa para su casa, mientras el anticuario lo observaba a través del cristal del escaparate. El anciano se quedó un rato de pie, pensando lo que ese joven quería decir acerca de la leyenda del reloj… pues el únicamente conocía la maldición que había acompañado al mismo durante los últimos cien años.

Con el corazón palpitante y la bolsa que contenía el preciado tesoro, Eduardo llegó a su casa, entró y cerró con llave.

Tras sentarse en el sillón del salón, sacó de la bolsa la caja con el reloj. Respiró hondo y la abrió, el reloj parecía brillar más intensamente. De ser cierta la leyenda, pronto se convertiría en uno de los hombres más poderos del mundo.

Se colocó el reloj en su muñeca y tras unos segundos cerró los ojos y giró la ruedecilla central, movimiento que hizo moverse la aguja de los años hacia atrás. Abrió los ojos y comprobó que el reloj funcionaba a la perfección y que la leyenda era cierta. No necesitó verse reflejado en ningún espejo para verificar que había rejuvenecido diez años. El proceso de rejuvenecimiento, sin embargo, afectaba únicamente a su aspecto físico, conservando intactos sus conocimientos y su mentalidad.

Volvió a girar la rueda, esta vez en sentido contrario, haciendo que la aguja avanzara diez años hacia delante. Al volver a su estado natural, no pudo reprimir el júbilo y comenzó a reflexionar sobre las múltiples alternativas que le brindaba el reloj. Llegó a la conclusión que había dado con el elixir de la eterna juventud.

Movido por la curiosidad, volvió a girar la rueda del reloj, avanzando veinte años en el tiempo. Al incorporarse y mirarse en el espejo se vio como un hombre maduro. Se sorprendió al ver que era bastante atractivo y que, pese a presentar alguna que otra cana, aún conservaba el vigor y el brillo de su juventud. Un rostro sin arrugas enmarcaba los negros ojos, tan vivos como siempre.?Entusiasmado por saber más, volvió a girar la ruedecilla avanzando treinta años más. De repente notó como le fallaban las rodillas, cayendo de espaldas sobre el sillón. No tenía fuerzas, el pulso le temblaba y le fallaba la vista.

Un poco asustado, decidió que había llegado el momento de acabar el juego e intentó volver a poner el reloj en el año correspondiente a su edad real.

Torpemente, consiguió asir la ruedecilla con sus dedos maltratados por la artrosis, consiguiendo únicamente que la aguja avanzara hasta cuatro años, antes de que la ruedecilla cediera y se desenroscara totalmente, cayendo al suelo… La leyenda era cierta, lo había comprobado, como también era cierto que estaba añadiendo un nombre más a la lista de afectados por la maldición de aquel viejo reloj…

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