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El Señor del Veneno
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El Señor del Veneno

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mysteryDon Fermín Andueza, apenas amanecía salía a la calle envuelto en su negra capa, donde emergía la cabeza coronada por su sombrero y sobre la cobertura resaltaba la blancura de una mano larga y pulida con sortija de oro, en la que un diamante fulguraba a vivas luces… Con gran devoción oía la misa y volvía lentamente a su casa, pero tanto al entrar como al salir del templo, se detenía frente al crucifijo de gran talla.

El caballero, lleno de humildad, le ofrecía el incienso de su oración y tras esa plegaria se alzaba e iba a besar los pies y ponía unas monedas de oro en el plato petitorio. Invariablemente, día a día, hacia esto don Fermín Andueza.  

Rico era este señor; poseía heredades y buenas casas… pero eran más crecidas las riquezas que había en su alma ya que empleaba la piedad con el pobre, le daba la mano y le ofrecía sus servicios con toda voluntad. Iba aliviando trabajos y necesidades con sus generosos beneficios, mientras quitaba el hambre y daba hartura.

Don Ismael Treviño, un hombre rico de la región, quien a nadie daba nada de lo suyo, le tenía mucho celo a Andueza ya que desconocía el íntimo goce de hacer beneficios. Era de esos seres a quienes les pesa el bien ajeno, que se alegran de ver caído al prójimo y se entristecen de mirarlo ensalzado. En el corazón se le entró a don Ismael una polilla de envidia, con la que se estaba carcomiendo a solas. Por dondequiera hablaba mal de don Fermín Andueza y si delante de él decían un elogio de don Fermín, se ponía amarillo y miraba con semblante amargo…

Los celos lo atizaban cada hora y así no sabía sino morder y acusar y esa pasión desmesurada le cegó el entendimiento sin dejarle luz de razón. Así le empezó a impedir con mil estorbos sus negocios pero no le daba resultado porque parecía que cada vez le iba mejor a don Fermín, con grandes ganancias. Entonces su envidia la cambió para odio y empezó a arder su alma con infernal aborrecimiento… esta abominación le dijo un día que lo matara y se quedó saboreando con deleite ese consejo, que venía del diablo.

Después de meditar ese aviso y aprobarlo, caviló mucho cómo quitarle la vida: si con puñal, si con pelota de plomo, si con veneno… hasta que finalmente se decidió por la ponzoña, con la que de lejos se operaba y con menos riesgo.

Buscó y halló  a un hombre que le dio en una botella una cierta agua de color azul, que no daba la muerte en el acto, sino que poco a poco se derramaba y distribuía por todo el Cuerpo y al fin, después de días, apagaba la existencia  suavemente sin dolores…

Bañó con ese líquido un gran pastel de hojaldre que envió a don Fermín… mandándole decir que era  obsequio de su amigo, el regidor perpetuo del Ayuntamiento…  que lo gozase en el desayuno, acompañado de su fragante tazón de chocolate y así lo hizo complacidísimo don Fermín.

Don  Ismael, curioso de ver qué efectos le había ocasionado el líquido, se puso a seguirlo cuando salió de su casa para ir a Porta Coeli, lento, saludando a todos los que encontraba por su camino con afable sencillez. En la iglesia se acercó luego al Santo Cristo y, cuando fue a adorar con gran reverencia y le dio un beso a los pies, este se volvió completamente negro. Don Fermín quedó pasmado. ¿Qué tendría, dijo, que al contacto de sus labios se puso negro el Santo Cristo?

Don Ismael Treviño, en un gran impulso cortó el rencor del alma y fue a dar a los pies del generoso caballero y le confesó a gritos que lo había querido emponzoñar y que  Cristo, como una esponja generosa, absorbió el  veneno que llevaba ya por el cuerpo, librándolo así de una muerte cierta, segura.

Don Fermín le dijo que lo perdonaba y para darle buenas pruebas de ello lo abrazó con muy efusivo cariño, corno si fuera ese hombre malvado un hermano ausente y querido a quien no hubiese visto en mucho tiempo.

Varias personas de las allí presentes se llenaron de furor y quisieron aprehenderlo, llevarlo a la cárcel, pero don Fermín, les rogó que lo dejasen ir en paz, porque él ya había olvidado el agravio y que sólo les pedía que se arrodillaran a dar gracias al Cristo.

Don Ismael Treviño salió  de Porta Celi pálido, cabizbajo, lento… Ese mismo día abandonó  la ciudad y nadie volvió a saber de él. Como se extendió  la noticia por todo México de aquel raro acontecimiento… tanto don Fermín de Andueza como los innumerables beneficiados por su generosidad, le llevaban a diario velas de ofrenda al Santo Cristo negro. Cierta tarde cayó una vela y la santa imagen se abrasó en fuego. Ardió toda y se volvió cenizas…tiempo después fue reemplazado con otro Cristo, también negro, es el que ahora está en un altar de la Catedral, lleno de exvotos de plata y de oro.

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