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En un par de minutos. Parte 1 de 3.

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En un par de minutos cambio la vida. En un par de minutos cambio el país y su pueblo. En un par de minutos muchos perdieron la vida. En un par de minutos cambio mi ciudad. Grandes edificios que la marcaban cayeron. Calles de antaño onduladas quedaron. Atrapados bajo escombros, aplastados por el pánico, aislados y aterrados se encontraron muchos. Solidarios, en su ayuda, salieron muchos mas. Difícil se hizo comprender la dimension de dos minutos. 120 segundos no alcanza siquiera a rasguñar, lo que esos dos minutos duraron. Me refiero al minuto 439 y 440 del jueves 19 de septiembre de 1985.

La gran avenida Reforma a la altura de Chapultepec la encontré vacía de tráfico en plena mañana. Miles caminabamos no por sus banquetas si no justo por su espalda de asfalto. Allí fue que comenzamos a enterarnos. Llegamos al angel en unos minutos y las sirenas y helicopteros ya llenaban el aire. Alguien traía un radio de pilas y escuchabamos reportes que rápido se propagaban entre los que alli nos encontrabamos, todavía sin imaginar la tragedia.

Escasas dos horas antes estaba comenzando una clase de literatura latinoamericana, sentado en mi banca en el salón 4c del último piso de la preparatoria. Era apenas la tercera semana de clases, habiendo nacido en la ciudad de los palacios y vivido allí toda mi vida, uno crece de cierta forma “familiarizado” con los temblores. “Ya se va a pasar” “no dura nada” “no hay porque alarmarse” son frases que a menudo se usaban al sentir uno de estos movimientos.

Pero no el de ese día.

Comenzó y como es típico despues de unos segundos nos comenzamos a mirar unos a otros buscando confirmación de que lo que sentíamos era “real”, ok no soy yo solamente, sí esta temblando. Luego de varios segundos mas y de escuchar las mentadas frases un par de veces, nos volvíamos a ver las caras unos a otros dandonos cuenta de que el temblor no solo seguía, sino que había arreciado. De pronto, vino el primer “jalón” que me hizo agarrarme instintivamente de mi banca con ambas manos, un movimiento de una fuerza tal, que estoy seguro por las caras de todos, nunca antes en la vida habíamos sentido. Segundos despues otro más, seguido de otros dos o tres, para estas alturas ya no estaba contando y mis ojos se agrandaron al ver pasar por el corredor justo afuera del salón a una maestra completamente histérica seguida de los 50 alumnos que formaban su clase y vaya que le hacían honor a esta parte del edificio, ya sé exactamente porque le dicen “corredor”.

Esto no hizo mas que aumentar la tension que ya todos sentíamos en el salón, pero afortunadamente el profesor alcanzó a tener suficiente calma para tranquilizarnos y pedirnos que permaneciermos en nuestros lugares hasta que esto pasara.

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