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Entre fantasmas y traiciones… Murió la ilusión del hexa
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Entre fantasmas y traiciones… Murió la ilusión del hexa

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Brasil-2014-Brazil-2014-Logo-OficialLa ilusión brasileña se desvaneció en pocos minutos. Alemania no tuvo casi trabajo para demoler al equipo de Felipão y dejar al país en una mezcla de indignación y sufrimiento.

Especial desde Brasil por Gustavo de los Campos

El golpe fue tan duro que hasta aquellos que testimoniaron la derrota de 1950 ante Uruguay en pleno Maracaná, no dudan en calificarla como la peor de todos los tiempos. Una caída ante los alemanes era aceptada, en general, como normal, pero en su propia casa y de la forma humillante que fue, llevó al Brasil futbolero a una profunda depresión.

Los motivos de tamaño fracaso pueden y seguramente, deben ser múltiples. Queda la sensación que Brasil falló en más de un aspecto. Algunos resaltan más que otros. Y uno puede, además, tener una explicación más emparentada con resortes sicológicos que estrictamente futbolísticos.

Es una realidad que el fútbol brasileño del presente en relación al pasado de gloria está completamente modificado. Brasil luego de 24 años de resultados lejanos a sus pretensiones se reinventó. Dejó para el Mundial del 86 el “jogo bonito” y en la búsqueda de mayor efectividad se fue a buscar al sur de su territorio características disímiles con las del eje Río-San Pablo.

Desde siempre, Río de Janeiro y San Pablo dieron el tono del estilo de juego, ese mismo que tuvo la admiración de todos los amantes del fútbol del planeta. En el sur es distinto. Mucho más cercano geográficamente y hasta en tradiciones con sus vecinos Uruguay y Argentina, el fútbol de Río Grande tiene en sus reservas anímicas su fuerte, característica que lo diferencia del resto del país.

Fue lo que los dirigentes de la CBF pensaron encontrarían y que consideraban necesario para que Brasil volviera a imponerse mundialmente. En 1994 el cambio se evidenció aunque todavía conservaba la inspiración divina de sus grandes estrellas. Brasil en el 94 tuvo en la dupla Romario – Bebeto la esencia del fútbol arte que le dio tanto prestigio. El éxito confundió, lo explicaron como si hubiese llegado de la mano del espíritu guerrero y no del talento. Brasil siguió su metamorfosis, alejándose cada vez más de sus raíces.

En 2002 la personalidad de Luis Felipe Scolari fue determinante y algunos astros como Ronaldo o Rivaldo aún le dieron algún brillo. Pero Brasil ya no era el mismo y entre un poco de fortuna y arbitrajes favorables, volvió a levantar la Copa. Fueron dos títulos con un estilo renovado y distinto al que tuvo en su mayor parte de la historia. Fue el punto de partida para una nueva era, la de los técnicos y su estilo sureño, tacaño pero vencedor. Los últimos años han sido con esa característica. Los éxitos llegan desde el sur hasta a nivel de clubes. San Pablo, Corinthians, Internacional y Santos ganaron la Copa Libertadores, todos dirigidos por técnicos del sur: Muricy Ramalho, Tite y Abel Braga. Entrenadores que apenas tienen diferencias de matices pero que profesan el mismo estilo.

La contracara de los éxitos es el presente. En el fútbol brasileño de la actualidad se destacan más los defensas y los mediocampistas que los delanteros. El nuevo concepto y la desorganización de competencias del fútbol juvenil fueron de a poco bajando los niveles de producción. Ya no hay como antiguamente, tres o cuatro jugadores de calidad por puesto. En algunos siquiera hay uno.

La pesada mochila de la emoción y la responsabilidad de no fallar

La otra parte del análisis tiene explicación en las emociones. Mucho se habló del fantasma del 50, el que dejó un trauma difícil de ser superado y la necesidad de enterrarlo en el pasado para siempre fue una constante en todas las conversaciones. Un fantasma que estuvo omnipresente en el tiempo y en este 2014.  Brasil no admitía otro resultado que ganar el mundial en su propia casa y el país, que atraviesa una complicada coyuntura social lo necesitaba como forma de catarsis.

Los futbolistas brasileños se vieron obligados a cargar en sus espaldas un peso difícil de soportar: un fantasma que aún asusta y la esperanza de millones de personas que veían en ellos una de las pocas oportunidades de sentirse felices como nación.

De afuera no ayudaron, sólo aumentaron la presión hasta hacerla insostenible. La presidente de Brasil luego de la victoria ante Camerún usó la cadena nacional de televisión para anunciar desafiante que se les había “ganado a los pesimistas”.

Scolari no ayudó con su verborragia y su estilo frontal. Pensó que a los pechazos sus jugadores ganarían confianza. Desde un primer momento se vio que el equipo no estaba equilibrado emocionalmente.

Llantos, jugadores escondidos para no tener que ejecutar penales, nerviosismo constante y angustia, llamaron la atención de propios y extraños. Demasiado peso para poder superar a un equipo alemán, práctico, con buen fútbol, muy cercano al estilo de Guardiola, del Barça y de la propia selección española de 2010.

Los temores siempre acompañaron el proceso de la selección de Felipão. Siempre hubo desconfianza y en algunos momentos quedó disfrazada por una expresión de deseo: que Brasil fuera campeón. Sin embargo, los fantasmas, los temores, la falta de alternativas y la traición a su estilo aparecieron a la primera contrariedad y terminaron por derrumbar cualquier posibilidad de reacción. Hoy muchos comienzan a ver la necesidad de volver a las raíces, a no traicionar más el gusto futbolístico de los brasileños, como primer paso para ahuyentar en el futuro los viejos fantasmas del pasado…

 

 

 

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