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Esa ilusión que se llama Diciembre
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Esa ilusión que se llama Diciembre

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Tab Machado
Tab Machado

Estamos en Diciembre… (¡chocolate por la noticia! dirían en mi pueblo) y no lo digo porque miré el calendario o almanaque recién hoy. Tampoco por las incipientes decoraciones navideñas que empiezan a disfrazar elegantemente los frentes de las casas. Ni siquiera fue por el pegajoso rastro musical que dejó el conductor de un automóvil al pasar escuchando el tradicional ‘Jingle Bell’…

En verdad diciembre se hizo realidad en mí al ver el rostro de las personas con las que me he cruzado desde el mismo día que inició el último mes del año y por el gesto inesperado de aquellos que hoy se dan el tiempo para saludar animosamente luego de once meses de olvido… Es que diciembre es así, obra prodigiosos milagros en el alma de esas criaturas que se dicen humanas y creen estar en la cima de la escala zoológica…

Cristianos y ateos, altos y bajos, pobres y ricos, se unen estos días mediante un hilo prodigioso que algunos llaman Navidad, otros Día de la Familia (para poder festejar sin sentir la culpa de que están abandonando su cientificismo) y también están aquellos que simplemente se dejan arrastrar complacientemente por esa ola bonachona de esperanza que surge mágicamente desde la nada, recorre el mes suavizando corazones y desaparece en enero tan súbitamente que la mayoría se olvida rápidamente que existió aunque, entre medio (para seguir sintiendo que pertenecemos a la especie ‘dominante’ del planeta) , algunos festejan con fe, otros celebran su fe y la mayoría da rienda suelta a un desenfrenado bacanal en el que mezclan locamente regalos, ostentación, excesos e hipocresía, que poco y nada tienen que ver con la fecha señalada…

Diciembre es un mes casi mágico en el que, vaya a saber uno porque, todo se suaviza y se vuelve más benévolo, considerado e indulgente, casi perfecto. A veces pienso que sucedería si la humanidad se comportara así todo el año… que ingenuo ¿No? Ya que  una vez que atravesamos la intangible frontera de las 12 de la noche del 31 de diciembre, colgamos con apuro nuestro delicado y frágil traje espiritual para no volver a utilizarlo hasta dentro de once meses… ¿Por qué? Eso es un misterio aún sin resolver.

Con enero retornamos a la “normalidad”, los gestos vuelven a ser adustos, la mirada dura y al espíritu bonachón lo colocamos nuevamente en el congelador, junto a la cordialidad y la amabilidad, para que los tengamos frescos y lozanos en el próximo diciembre…

Ojalá alguna vez a la humanidad le venga amnesia genérica, profunda y permanente acerca del paso del tiempo, justo durante el último mes del año y que todos los meses sean diciembre…

 

 

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