Estate atento… ¡observa!

Si quieres ver algo extraordinario de verdad, haz como dice el título de esta editorial: durante los próximos 30 días estate muy atento… ¡observa! Verás como aquellos que te ignoraron olímpicamente los pasados 11 meses, lentamente se empiezan a acordar de que existes. Que los que ni recuerdan bien tu nombre, ahora empiezan a saludarte. Que te llegan más mensajes por medio de las redes sociales, que en los lugares públicos te ceden cordialmente el paso, que todos (conocidos y desconocidos) parecen más amables y que los rostros enjutos, mustios y descoloridos de la gente se van volviendo cada vez más rozagantes y animosos.

Es que diciembre es así, obra prodigiosos milagros en el alma de esas criaturas que se dicen humanas y creen estar en la cima de la escala zoológica…

Por eso cristianos y ateos, altos y bajos, gordos y flacos, pobres y ricos, se unen estos días mediante un hilo prodigioso que algunos llaman Navidad, otros Día de la Familia (para poder festejar sin sentir la culpa de que están abandonando su cientificismo) y también están aquellos que simplemente se dejan arrastrar complacientemente por esa ola bonachona de esperanza que surge mágicamente desde la nada, recorre el mes suavizando corazones y desaparece en enero tan súbitamente que la mayoría se olvida rápidamente que existió aunque, entre medio (para seguir sintiendo que pertenecemos a la especie ‘dominante’ del planeta), algunos festejan con fe, otros usan la fe para celebrar y la mayoría da rienda suelta a un desenfrenado bacanal en el que mezclan locamente regalos, ostentación, excesos e hipocresía, que poco y nada tienen que ver con la fecha señalada…

Varias preguntas surgen sobre este fenómeno que es digno de ser estudiado por los eruditos de todo el mundo: ¿Por qué el ser humano es capaz de suavizar su alma y conectarse con sus semejantes de manera especial durante diciembre y no es capaz de mantener ese mismo ánimo el resto del año?¿Por qué no somos capaces de prolongar ese sentimiento por mas tiempo? ¿Es esa ‘espiritualidad’ tan solo una gran hipocresía que todo el mundo desea sacársela de encima lo más pronto posible?

Muchas preguntas para muy pocas respuestas… lo que si queda claro es que, si Navidad es el tiempo de dar vida, regalar, compartir y sembrar a nuestro alrededor signos de esperanza, debemos de intentar mantener este espíritu los doce meses del año y hacer del mundo un lugar mejor para vivir. Ese, en definitiva, es el mejor homenaje que les podemos hacer a Dios y a Jesús…

Lastima que una vez que atravesamos la intangible frontera de las 12:00 de la noche del 31 de diciembre, colgamos con apuro nuestro delicado y frágil traje espiritual para no volver a utilizarlo hasta dentro de once meses… ¿Por qué? Eso es un misterio aún sin resolver.

Con enero retornamos a la “normalidad”, los gestos vuelven a ser adustos, la mirada dura y al espíritu bonachón se coloca nuevamente en el congelador, junto a la cordialidad y la amabilidad, para que los tengamos frescos y lozanos en el próximo diciembre…

Ojalá alguna vez a la humanidad le venga amnesia genérica, profunda y permanente, justo durante el último mes del año y que todos los meses sean diciembre…

 

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