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¡Hasta cuando Padre Almeida!

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La leyenda del Padre Almeida es una de las más populares de la época colonial de Quito, Ecuador. El Padre Almeida, fue uno de los personajes celebres en el siglo XVII, natural de Quito e hijo de Don Toma?s de Almeida y Don?a Sebastina Capilla, Manuel nació? en el año 1646, ingresando a los 17 años de edad a la Orden de los Franciscanos para luego llegar a ser Maestro de Novicios, Predicador, Secretario de Provincia y Visitador General de la Orden de los Franciscanos. Cuenta una versión de su historia que el Padre Almeida ingresó al Convento de los franciscanos más que por una verdadera vocación, por un desengaño amoroso. Sin embargo, según cuentan, la tentación de vivir lo mundano lo llevó a escuchar la historia de un compañero que escapaba del convento por las noches para dar rienda suelta a las más variadas aventuras.

Así que, una noche, junto a varios compañeros, Almeida saltó el muro del Convento de San Diego al que pertenecía y juntos fueron a una fiesta previamente concertada donde les esperaba una noche de música, baile y parranda.

Al llegar al lugar abrieron la puerta de calle e ingresaron por el zaguán hacia una pieza que se veía en el fondo. Sin embargo, al llegar, se sorprendieron al encontrar que la habitación estaba vacía.  Sorprendidos, se miraron sin saber qué hacer cuando de pronto, de atrás de unos biombos que dividían la sala, saltaron sobre ellos un grupo de frailes dominicanos junto a las señoritas de la casa que vestían sus mejores galas.

La fiesta entró rápidamente en su apogeo con mucha música, baile, risas y diversión que alegró en demasía a los jóvenes y se dejaron llevar por el frenesí de la celebración. Manuel Almeida quedó fascinado con la aventura en la que se había embarcado sobre todo porque, debido a su buena figura, manejo de la guitarra y su buena voz, logró rápidamente la atención de las jóvenes dueñas de casa que se disputaban por colmarlo de atenciones. Y fue así como empezó una sucesión de noches en las que el joven aspirante a cura franciscano disfrutaba, escapándose del convento todas las veces que era posible, con o sin la compañía de sus compañeros de juerga.
Pero hete aquí que el cura superior comenzó a sospechar de los desmanes de algunos de los miembros de la congregación, así que un día mando a que se elevase la altura de los muros del convento de tal manera que ya no fuera tan fácil escaparse.

El novicio Manuel Almeida, obsesionado por seguir con sus noches de fiesta, buscó la manera de salir nuevamente de su encierro y se percató que podía lograrlo, saliendo por una ventana de la capilla. Pero para alcanzarla debía utilizar la escultura de un Cristo crucificado a manera de escalera hasta alcanzar sus hombros y saltar a la plazoleta fuera del convento. El intento dio sus frutos así que el Padre Almeida repitió este modo de salida e ingreso del convento en incontables ocasiones hasta que, una noche, cansado el Cristo de servir de vía de escape le dijo al joven novicio apenas sintió el peso del cuerpo sobre sus hombros: ¡Hasta cuando Padre Almeida!
Sorprendido al escuchar que el Cristo de madera le hablara, con la rapidez de su ingenio el joven atinó a responderle: ¡Hasta la vuelta, Señor! y continuó su camino para volver a la madrugada.

La noche siguiente se repitió la escena y el Cristo volvió e recriminar a Manuel Almeida con la misma frase que el día anterior: ‘¡Hasta cuando Padre Almeida!’ Y la respuesta fue la misma por parte del novicio: ¡Hasta la vuelta, Señor!

Sin embargo, una madrugada en la que se había pasado de tragos, el Padre Almeida regresaba al convento, cuando en el camino se encontró con un funeral que subía hacia el Cementerio y curioso preguntó a uno de los acompañantes quien era el difunto y la respuesta fue: “Es el Padre Almeida” al que llevamos a sepultar.

Efectivamente, al acercarse al andamio en que se solía llevar a los difuntos; y levantar la manta con la que se lo había cubierto, se vio a si mismo muerto, lo cual le produjo un terrible impacto y sin saber qué hacer. Apresuró entonces su paso, llegando más rápido que de costumbre a la muralla del convento, la trepó con la agilidad que le había dado la practica; y, cuando se deslizaba abrazado al Cristo, este pronunció una vez más la frase: ¡Hasta cuando Padre Almeida! Pero, esta vez, no recibió la respuesta acostumbrada.

Cuentan que esa fue la última vez que Manuel Almeida escapó del convento. Desde ese día, se convirtió en el más devoto de los novicios e inició una carrera que llegó casi hasta la santidad.
La leyenda también cuenta que existe un diario donde el padre Almeida escribió sus memorias pero que el manuscrito habría desaparecido.

 

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