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Hipocondría: “el enfermo eterno”

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Una de cada cien personas en el mundo padece hipocondría, un síndrome caracterizado por una preocupación exagerada por el estado de salud, creencia de que se padece una enfermedad y sugestión de sus síntomas.

¿Quién no tiene un pariente, un amigo o un conocido que continuamente se lamenta de las enfermedades que cree sufrir? A menudo se tilda a estas personas de quejosas y su entorno más cercano, como familiares y amigos, considera que la única razón de los habituales lamentos es conseguir ser el centro de atención. Sin embargo, en muchas ocasiones, se enfrentan sin saberlo y sin hallar la comprensión de quienes les rodean, a una enfermedad crónica y de difícil solución: la hipocondría.

Los especialistas definen la hipocondría como la preocupación excesiva que una persona siente por su propia salud, una inquietud fuera de lo normal por padecer enfermedades que no se tienen, o por magnificar las ya existentes. Angustia, depresión y abandono de actividades habituales para dedicarse al cuidado de uno mismo son algunos de sus efectos.

La hipocondría es, en esencia, una actitud que el individuo adopta ante la enfermedad. La persona hipocondríaca está constantemente sometida a un análisis minucioso y preocupado de sus funciones fisiológicas básicas, pensando en ellas como una fuente de segura enfermedad biológica.

La característica esencial de la hipocondría es la preocupación y el miedo a padecer, o la convicción de tener, una enfermedad grave, a partir de la interpretación personal de alguna sensación corporal u otro signo que aparezca en el cuerpo. Puede ocurrir, por ejemplo, con lunares, pequeñas heridas, toses, incluso latidos del corazón, movimientos involuntarios o sensaciones físicas no muy claras. Aunque el médico le asegure que no tiene nada, el hipocondríaco solamente se queda tranquilo un rato, pero su preocupación vuelve de nuevo.

No debemos descartar que una persona hipocondríaca esté realmente enferma. En muchas ocasiones lo que hace es centrar su atención en síntomas leves o imaginarios (mareos, dolor de cabeza, etc.) y no en los verdaderamente importantes. Asimismo, el hipocondríaco al centrar su atención emocional en una determinada función biológica, puede terminar por formar síntomas orgánicos reales por medio de reacciones psicosomáticas.

Cómo son los hipocondríacos

Se considera que una persona es hipocondríaca cuando durante seis meses o más está convencida de que padece una enfermedad, a pesar de que los exámenes médicos indiquen lo contrario. Las enfermedades que más miedo les causan son las patologías sin cura, como determinados cánceres, SIDA o enfermedades del corazón. Los hipocondríacos presentan una personalidad obsesiva y son proclives a la angustia y a la depresión.

Según los expertos, el perfil del hipocondríaco corresponde a un hombre o mujer, con más de 30 años, que tiene por costumbre acudir al médico por una preocupación que perturba su vida: padecer una enfermedad grave. Los niños no son inmunes a esta enfermedad y según los expertos, quienes más la sufren son aquellos cuyos padres la padecen. “Lo habitual es que se dé en varones que ronden la treintena y en mujeres a partir de los 40”, explican los psicólogos.

La psicóloga Amaia Bakaikoa define a los hipocondríacos como neuróticos obsesivos de la salud, “lo que les preocupa son los trastornos físicos, pero existe otro tipo de paciente obsesionado por trastornos psíquicos. Estos últimos también son hipocondríacos. No se preocupan por tener mal el corazón, aunque sí por creer estar sufriendo una depresión”.

Las personas que rodean a estos enfermos son conscientes del continuo autoanálisis al que se someten: estudian con detenimiento cada pequeño síntoma de su cuerpo, se toman el pulso, la temperatura, la tensión, cuentan las veces que respiran por minuto, analizan sus heces y orinas, sus ojos y su piel. Estos análisis van acompañados de continuas quejas y dolores. Se trata de personas muy informadas que leen continuamente reportajes y artículos sobre medicina, además de ver todos programas televisivos sobre salud, tan de moda en la actualidad. Resulta curioso observar la reacción de estos enfermos ante la lectura de diversos males, “en muchas ocasiones sienten los síntomas según los leen”, explica la experta.

Al hipocondríaco le aterra estar enfermo, poder estarlo, el sufrimiento y, en consecuencia, la muerte. Interpreta todo lo que siente como un presagio de una futura o latente enfermedad que, por lo general, suele ser grave. Para evitar todo tipo de enfermedades o el empeoramiento de sus ficticias dolencias se convierte en un experto nutricionista. Sabe qué contiene cada alimento y bebida que ingieren, controla la temperatura a la que se expone utilizando o desechando de forma compulsiva ventiladores y calefacciones.

Quienes padecen esta enfermedad acaban obsesionándose de tal manera que sus dolencias terminan siendo su único tema de conversación. Algunos llegan incluso a trasladarse de domicilio a fin de permanecer más cerca de un hospital y cada vez que planean sus vacaciones sustituyen la visita al museo por un recorrido por los centros sanitarios a los que acudir si se presenta la ocasión. Incluso renuncian a disfrutar de una vida social plena por miedo a todas las enfermedades que les pueden contagiar y, en caso de tener que ponerse en contacto con el resto de la humanidad, algunos no dudan en utilizar guantes o mascarillas.

La peor cara de esta enfermedad es que la personalidad de quien la padece y su manera de vivir cambian totalmente para consagrarse en cuerpo y alma a su salud, llegando a renunciar al trabajo, amigos y familia, que a menudo es quien se lleva la parte más amarga.

Tratamiento

En algunos casos, se utilizan psicofármacos inicialmente para controlar los síntomas ansiosos tan importantes que padecen estos pacientes.

Conjuntamente, se puede utilizar una terapia psicológica cognitivo-conductual, en la que se promueve la pérdida de la angustia y el miedo a la enfermedad que el hipocondríaco siente.

En un principio se le pide que no acuda a más la consulta del médico ni a las urgencias hospitalarias y que no hable de salud ni de enfermedad. Para esto es muy conveniente la colaboración de la familia del paciente, ya que han de entender que tiene un problema real, aunque no el que el paciente refiere, sino otro igualmente preocupante. Una vez que se ha establecido este marco fuera de la consulta, comienza el tratamiento psicológico propiamente dicho.

Como ya hemos dicho, el tratamiento básico consiste en perder el miedo a la enfermedad y a la muerte. Muchas veces la propia angustia producida por el pensamiento de estar enfermo, como sensación desagradable e incontrolable, se convierte en el desencadenante dicho miedo. Para conseguir la desaparición de estos temores, se emplea la desensibilización en la imaginación a situaciones temidas y evitadas, para que finalmente el paciente pueda acercarse a ellas sin angustia y sin miedo.

El paciente puede entonces comenzar a reinterpretar sus sensaciones corporales y sentir también aquellas que son agradables o neutras y su cuerpo deja de ser una fuente de dolor o temor y se puede convertir en un generador de placer y confianza.

Finalmente, se trabaja para que el paciente pueda enfrentar con éxito otros problemas que aparecen en su vida cotidiana: toma de decisiones difíciles, cambio de trabajo, separaciones, etc. Se intenta evitar de forma que en el futuro se desencadenen situaciones de depresión o angustia continuada que le pueden hacer recaer en sus problemas hipocondríacos.

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