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Historias de Fantasmas
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Historias de Fantasmas

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Las leyendas sobre fantasmas son tan antiguas como la historia, no existiendo rincón en el mundo en el que no se hayan narrado cuentos y apariciones de espectros. Si todas estas historias tienen visos de realidad, estamos en presencia de huellas de otros mundos fantasmales… por eso esta semana le contaremos la conocida historia de la Psicóloga Marisa  Simó.

La psicóloga, pianista y escritora, contactó varias veces con su padre fallecido, con quien tenía en vida una relación muy cercana y especial. Incluso en alguna ocasión llegó a conversar con él por teléfono después de muerto, dándole pruebas de su verdadera existencia.

Marisa era soltera y tenía una muy buena relación con su padre, que era su mejor amigo y confidente. Hasta que él murió, a las 8 de la tarde, hace ya varios años. Al día siguiente del entierro, a las 8 de la tarde, Marisa sintió con gran intensidad la presencia de su padre, representado por una neblina inquietante que invadía el piso. Este inexplicable fenómeno se prolongó durante 40 días. Marisa, angustiada, salía siempre de casa porque creía que su padre se la quería llevar con él.

Un día, una llamada telefónica despertó a Marisa a las tres de la madrugada. Al descolgar el auricular, la psicóloga reconoció la inconfundible voz de su padre. “Marisa”, llamó el padre. “Papá, ¿cómo estás?”, preguntó ella. “Estupendamente bien”, le contestó su padre, utilizando una de sus expresiones preferidas.

A continuación, su padre intentó tranquilizarla con un tono de voz y unas palabras que, a juicio de la psicóloga, eran genuinamente suyas y no admitían imitación posible. Marisa recuerda que lo que le impresionó más fue el silencio de fondo que percibía en el lugar desde donde llamaba su padre. “Era un silencio lleno, un silencio inmensamente profundo, un silencio sonoro”.

“¿Quieres que despierte a mamá?”, le preguntó ella. “No, deja dormir a tu madre. Me encuentro perfectamente”, contestó el padre. Entonces a Marisa se le ocurrió pensar: “¿Dónde?”. Y el padre, como si pudiese oír sus pensamientos, le contó: “Es un lugar muy hermoso, indescriptible, inimaginable”. A continuación, su padre le dijo que tenía que marcharse y la voz calló.

Marisa siguió un buen rato conectada a aquella inmensidad silenciosa y densa que se extendía al otro lado del auricular. Lo que recuerda a continuación es que se le cayó el teléfono de la mano. Pensó que se había vuelto loca y dejó el teléfono descolgado, mientras se metía en la cama y se cubría la cabeza con las sábanas. Al día siguiente, al despertar, el teléfono seguía descolgado, como prueba de lo ocurrido el día anterior.

Después de algunos sucesos tan misteriosos como inexplicables, Marisa le exigió a su padre una prueba indiscutible de supervivencia tras la muerte. Ella acababa de rellenar (por primera vez en su vida y guiándose por la intuición) la quiniela hípica de una carrera que iba a celebrarse al día siguiente y le propuso a su padre que le permitiera ganar un dinero que era la cantidad exacta a la que ascendía una deuda pendiente.

Para que no existieran dudas y como testimonio del reto lanzado a su padre, hizo partícipe de la historia a una psiquiatra amiga suya.

Al día siguiente, las dos amigas se reunieron frente al televisor dispuestas a seguir la carrera, que era retransmitida en directo por televisión. Marisa acertó en el ganador de la primera carrera y también en el ganador de la segunda, la tercera, la cuarta y la quinta. La excitación de las dos amigas era extraordinaria. Sólo faltaba la última carrera. Pero, en esta ocasión, el caballo por el que había apostado quedó en segundo lugar, a unos centímetros del ganador.

Marisa se conformó  y pensó que, al menos, iba a percibir alguna pequeña cantidad. Súbitamente, la amiga llegó corriendo a su encuentro para darle una sorprendente noticia: acababan de anunciar que el resultado de la última prueba había sido invalidado provisionalmente en espera de un veredicto definitivo, ya que existían dudas razonables sobre quién había sido el vencedor final.

Finalmente, los jueces fallaron de nuevo: el caballo de Marisa había resultado vencedor in extremis. Y el premio de la quiniela equina ascendía justamente a la cifra que le había pedido al padre, ni una más ni una menos.

Algún tiempo después de los sucesos que se narran, un amigo de Marisa falleció al caer de un quinto piso. Noches después, Marisa tuvo un sueño relacionado con ese suceso. Era un sueño tan vívido que parecía real: soñó con un tío suyo fallecido (que tenía el mismo nombre que su amigo muerto). Marisa estaba con él e intentaba enchufar un secador de peluquería que no funcionaba (su amigo era peluquero). De repente, se encontró mal. Sentía unos martillazos en su cabeza que la obligaron a despertarse.

Al abrir los ojos e incorporarse, vio a su amigo muerto a medio metro de ella. Al ver que estaba aterrorizada, el amigo fallecido le comentó: “No quería asustarte, sólo venía a despedirme”. Y, radiante, encarnado en su cuerpo de luz, atravesó la pared y marchó. Marisa intentó averiguar qué ropa llevaba su amigo el día de su muerte. Descubrió que vestía un pantalón crema y una camisa a motas, era la misma ropa que llevaba el día que se le apareció en la habitación.

Finalmente, Marisa tuvo la videncia de la muerte de un sobrino en la piscina de su casa, hecho que se cumplió unos años después.

Algunas personas aseguran haber sido testigos de presencias y fenómenos inexplicables. Numerosos testimonios afirman haberse comunicado con sus seres queridos fallecidos. Y, en algunas ocasiones, aparecen extrañas luces cuando revelamos fotografías de lugares donde, a simple vista, el ojo humano no había percibido nada.

Para algunos se trata de fraude; según otros, estos campos de energía plasmados a veces por las cámaras se podrían justificar como impregnaciones energéticas que dejaron las personas en vida, como proyecciones de personas extremadamente sensitivas o como la prueba irrefutable de que la muerte no existe.

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