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Imagina… ¡Tu puedes!

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En un mundo donde todos están apurados, complicados, estresados, irritados, siempre corriendo para poder conseguir dinero y pagar cuentas, hay poco tiempo para pensar. Es por eso que los problemas más fáciles se tornan de difícil solución y, aquellos que son delicados y complicados, parecen que son imposibles de resolver.

Sin embargo, si le diéramos el tiempo necesario a nuestro yo interior y a nuestra intuición buscan08o la solución a nuestros problemas, sin la presión de decidir en décimas de segundos (que siempre obliga a errores lógicos), los mismos serían resueltos y los malos momentos, en su mayoría, se evitarían.

El gran inconveniente es que la humanidad vive aceleradamente y el fatalismo que la rodea siempre hace creer que las cosas son imposibles de lograr. El propio Jesús dijo una vez que si el hombre tuviera tan solo un poco de fe, podría mover montañas…pero nunca le hemos hecho caso…

Una historia tradicional que se cuenta en cursos de venta nos muestra que, si nos damos el tiempo necesario para pensar, podemos salir airosos de las situaciones más penosas, aplicando simplemente el sentido común y la intuición.

Cuenta la historia, que el dueño de un supermercado de una ciudad pequeña soñaba con progresar y buscaba una oportunidad que le permitiera hacer una gran diferencia económica. Él nunca se daba por vencido así que un día, mirando un periódico, vio en los avisos que se vendía un local en la avenida principal de la ciudad más grande del país. El precio era muy bueno, aunque el local era muy chico, pero por esa calle pasaban diariamente más de diez millones de personas y ese potencial de clientes podría hacer la diferencia.

De inmediato decidió comprarlo (aun sin verlo) y, para que nadie le fuera a quitar la oferta, se dirigió rápidamente a la empresa vendedora comprando el local con los ahorros de toda su vida.

Luego, ya más tranquilo, se dispuso a conocerlo. Mientras viajaba pensaba que buena suerte había tenido y que ahora, al colocar su supermercado en el lugar, sus ganancias se iban a triplicar en cuestión de días. Iba soñando y hasta gastando a cuenta de los dividendos que iba a obtener, cuando llegó a su nuevo local. Al verlo, la desesperación y el abatimiento cayeron sobre sus hombros, ya que el pequeño local solo tenía una puerta, no había ventanas y la mitad del bloque hacia la derecha la dominaba un supermercado que tenía un gran luminoso que decía ‘el supermercado más grande de la ciudad’ y hacia su izquierda, en la otra mitad del bloque, había otro supermercado con un luminoso que decía ‘el supermercado más grande del país’.

Con los sueños rotos se fue a su casa lamentándose de su mala suerte. Se sentó debajo de un árbol y se dijo que ya no tenía mas fuerzas para seguir. Incluso llego a pensar en poner fin a sus días pero, de repente, se levantó corriendo y, lleno de energía, se puso a trabajar. Instaló su negocio en el nuevo local y, en cuestión de meses, su pequeño supermercado obtenía el triple de ganancias que sus dos competidores y era el que mas público tenía.

¿Cómo hizo? Sencillo al tener dos supermercados gigantes a sus costados que lucían letreros que decían: ‘el mas grande de la ciudad’ y ‘el mas grande del país’, él puso encima de su única puerta una gran flecha luminosa que la señalaba y un cartel que decía: ENTRADA POR AQUÍ…

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