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Incompatibilidad de caracteres

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Entre Dios y la religión hay un divorcio evidente por incompatibilidad de caracteres, esa que surge de la abismal diferencia de propósitos entre lo que plantea para el universo y sus criaturas una deidad  omnipotente, omnipresente y omnisciente, frente al deseo y determinación de las diversas doctrinas que pululan por el mundo de manipular dicha divinidad según sus intereses.

Y no hablo de una religión en particular, ni individualizo a ninguna, dado que ese patrón (en mayor o menor medida) se repite invariablemente en la gran mayoría de ellas.

La fórmula para captar adeptos religiosos ha sido y, lo es aun hoy, tan simple como efectiva: implantar la infantil idea, en las mentes de las personas necesitadas, de que Dios solo está sentado esperando que le pidan para complacer (pedid y se les dará) y que, a la hora de seguir reglas, siempre termina perdonando lo que sea porque es misericordioso y tardo para la ira.

Siempre me pregunto cuántos adeptos quedarían en las religiones si se les dijera que la divinidad otorgó libre albedrio a la humanidad y que dictó al menos 10 mandamientos o normas rígidas para ser cumplidas con sentido de conciencia. Que se puede perdonar una, dos, tres, pero no mil veces el rompimiento sistemático de la ley y que, al final, se juzgará de acuerdo a la forma de proceder de cada uno…

Un viejo amigo, que hace mucho no veo, solía repetirme una frase: “Me encanta mi religión”, me decía, “Puedo hacer lo que quiera de lunes a sábado y el domingo en el culto tan solo con decir lo que he hecho, perdonan mis pecados”… Sé que suena exagerado su pensamiento, pero no tan alejado de la realidad como para decir enfáticamente que no ocurre.

Cuenta una historia que un hombre hizo una estatuilla de un Dios en madera y la llevó a la plaza para su venta. Como nadie llegaba a comprarla, se le ocurrió llamar la atención de los demás anunciando que vendía un dios que obsequiaba bondades y beneficios. Entonces uno de los curiosos le dijo: “Oye, si tan bueno es tu Dios ¿por qué vendes la estatuilla y no te aprovechas de su ayuda?”

“Porque yo”, contestó aquél, “necesito la ayuda inmediatamente y él nunca se apura en conceder sus beneficios”.

Dios ya no es hoy objeto de adoración, sino que es el medio para satisfacer necesidades urgentes (tal cual el genio de la lámpara que concede deseos) y, más que ser el Creador y quien rige el mundo, las religiones lo han querido hacer ver como un esclavo doblegado que solo tiene la utilidad de conceder milagros y perdonar todo lo que hacemos sin reservas.

De esta manera, mientras el mundano dinero y el fútil sentimiento de poder de los humanos esté agazapado detrás del precepto divino, la visión de Dios que nos mostrarán los que manejan la doctrina será distorsionado y únicamente fiel a lo que a ellos les conviene, por un simple y sutil juego de intereses espurios que poco tienen que ver con el ideal del Creador…

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