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Jamás te afilies a la ley del mínimo esfuerzo

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Tab Machado

La verdad es que le ley del mínimo esfuerzo y el máximo lucro ha enraizado tanto en nuestra sociedad, que el dicho popular “el vivo vive del tonto y este de su trabajo”… queda empequeñecido y avergonzado ante la realidad actual.

Cada día crece más un núcleo de personas que no quiere esforzarse en conseguir las cosas, por lo que mejor deja a los demás hacer el trabajo difícil y,

cuando está pronto, corre a arrebatárselo y hacerlo suyo mediante artilugios de una liviandad alarmante…

El gran tema es que, cuando el trabajo de los demás es muy sólido y no tienen ellos cabida por medio de esos artilugios, entonces el fracaso corre a sus puertas porque no están preparados para generar por si mismos una acción positiva.

Es como el cuento de la abeja haragana  que todas las mañanas se asomaba a la puerta de la colmena, veía que hacía buen tiempo y se echaba a volar muy contenta. Iba de flor en flor, entraba en la colmena, volvía a salir y así pasaba todo el día mientras las otras abejas trabajaban para llenar la colmena de miel.

Fue entonces cuando las otras abejas se disgustaron con su proceder y le advirtieron que trabajara y no viviera de las demás, porque esa era la única manera de vivir en la colmena, pero ella no hacía caso… decía que lo haría pero jamás traía polen para fabricar miel…

Un día, al caer el sol, comenzó a soplar un viento frío. La abeja haragana voló hacia su colmena, pensando en lo calentito que estaría adentro. Pero cuando quiso entrar, las abejas que estaban de guardia se lo impidieron. La abeja haragana rogó y dijo, como siempre, que al otro día traería polen, pero ya nadie le creía y no la dejaron entrar para que aprendiera la lección.

La abeja, sin saber qué hacer, voló pero ya caía la noche. Tenía el cuerpo entumecido de frío y no podía volar más. Temblando y con las alas mojadas, se arrastró hasta que cayó a un hueco del tronco de un árbol. Cuando llegó al fondo se halló bruscamente ante una serpiente que la miraba presta a lanzarse sobre ella. La abeja, al encontrarse ante su enemiga, pensó que era su final y cerró los ojos… Pero la serpiente le dijo: “¿qué tal, abejita? No has de ser muy trabajadora para estar aquí a estas horas”. “Es cierto”, murmuró la abeja, “No trabajo y tengo la culpa”.

“Siendo así”, agregó la culebra, burlona, “voy a quitar del mundo a alguien como tú. Te voy a comer”. La abeja exclamó entonces: “No es justo que me comas porque eres más fuerte que yo”. “¡Ah!”, exclamó la culebra, enroscándose ligero, “Con justicia o sin ella, te voy a comer”. Y se echó atrás, para lanzarse sobre la abeja. Pero ésta exclamó: “Haces esto porque eres menos inteligente que yo”. “¿Menos inteligente que tú?”, rió la culebra. “Así es”, afirmó la abeja.

“Pues bien”, dijo la culebra, “vamos a verlo, hagamos dos pruebas, la que haga la mejor, gana. Si gano yo, te cómo. Si ganas tú pasas la noche aquí, hasta que sea de día. ¿Te conviene?”. “Aceptado”, contestó la abeja.

La culebra se echó a reír, salió afuera y volvió trayendo una cápsula de semillas de eucalipto y dijo: “Esto es lo que voy a hacer, ¡Fíjate bien!”… Y arrollando la cola alrededor del trompito como un piolín la desenvolvió a toda velocidad y el trompito quedó bailando como un loco. La culebra se reía porque jamás una abeja podría hacer eso.

“Esa prueba es muy linda, pero yo hago una cosa mejor”, dijo la abeja. “¿Qué?”, respondió la víbora… “Desaparecer” dijo la abeja… “¿Desaparecer sin salir de aquí? “Si”, dijo la abeja… “Pues ¡hazlo! Y si no, te como en seguida”, dijo la culebra.

El caso es que, mientras el trompito bailaba, la abeja había visto una plantita que crecía allí.  La abeja se arrimó a esta y dijo: “Dese vuelta y cuente hasta tres. Luego búsqueme  y ¡ya no estaré más!” Y así pasó… La culebra contó, se volvió y allí no había nadie. Miró en todos lados, recorrió los rincones, la plantita, pero fue inútil: la abeja había desaparecido.

La culebra comprendió que si su prueba era buena, la de la abeja era extraordinaria. ¿Dónde estaba? No había modo de hallarla. “Me doy por vencida. ¿Dónde estás?”, exclamó por fin…

Una voz que apenas se oía respondió: “¿No me vas a hacer nada? ¿Puedo contar con tu juramento?”

“Sí”, respondió la culebra, “Te lo juro. ¿Dónde estás?”  “Aquí”, respondió la abejita, apareciendo de entre una hoja cerrada de la planta.

La culebra no dijo nada, pero quedó muy irritada con su derrota, tanto que la abeja pasó toda la noche recordándole a su enemiga la promesa que había hecho de respetarla.

Fue una noche larga…a veces la culebra sentía impulsos de lanzarse sobre la abeja y ésta se sentía morir. Jamás creyó la abejita que una noche podría ser tan larga y tan horrible. Recordaba su vida anterior, durmiendo en la colmena calentita y lloraba en silencio.

Cuando llegó el día la abejita voló y lloró ante la puerta de la colmena. Las abejas de guardia la dejaron pasar sin decirle nada, porque comprendieron que la que volvía no era la paseandera haragana, sino una abeja que había hecho un duro aprendizaje de la vida. Así fue y en adelante ninguna como ella recogió tanto polen ni fabricó tanta miel.

Aquellos que no se esfuerzan y viven del esfuerzo de los demás son como la abeja haragana del cuento. Solo espero que quien procede así aprenda la lección a través de la alegoría sin tener que afrontar jamás  al duro aprendizaje al que tuvo que enfrentarse la abejita. Recuerden que el triunfo se goza más si es uno mismo el que lo elabora.

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