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La casa de Dios…

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Cuando era un niño, cada vez que pasaba por la iglesia de mi pueblo, me decían que esa era la “casa” de Dios… Respeto y miedo me producía verla, tanto que cierta vez que entré (tendría 6 o 7 años) tuve que salir corriendo al ver la imponente cruz y las estatuas de yeso silenciosas que parecían ‘caerse’ encima de mí… Como desde que tengo uso de razón siempre me ha gustado investigar, saber, discernir y comprender el porqué de las cosas y entenderlas más allá de una simple sensación, lejos de que ese suceso me amedrentara creo que espoleó mi curiosidad y ya siendo joven me propuse encontrar donde estaba, en realidad, la “casa” de Dios…

Es por eso que, lo primero que hice, fue leer y comprender su mensaje para luego visitar infinidad de templos, iglesias, santuarios y todos los sinónimos habidos y por haber de estas tres palabras, con mente abierta y el raciocinio a pleno, para ver donde ‘habitaba’ verdaderamente el Supremo.

Tres razones debían satisfacerme (a donde iba) para aceptar que ese era el lugar que el Creador había elegido para guiar a la humanidad: que difundieran y, por sobre todo, predicaran realmente con el ejemplo su doctrina, que no hubiera ninguna imposición de poderes y tampoco favoritismos por y para nadie y, sobre todo y fundamental, que no se diera dinero por parte de los fieles de ninguna manera u forma que se pueda pensar, ya que eso anula por completo el interés genuino en lo espiritual y el mismo termina perdiéndose en lo material y lo mundano…

Demás está decir que, a pesar del empeño que puse, jamás hallé la morada verdadera del Creador porque no pude encontrar que se cumplieran los tres preceptos fundamentales en ningún lugar a los que fui… Eso sí, pude apreciar en mi periplo, como el interés material prima largamente sobre el espiritual. Que la fe de los creyentes desfallece fácil, porque quienes son guías no la fundamentan en la razón sino en la emoción o, lo que es peor, en la necesidad. Que la hipocresía es lo que se practica con mayor devoción. Que poco importan las necesidades de los demás. Que cuanto más tienes (o mas das) más y mejor ‘atención’ recibes. Que a la gente le importa mucho (demasiado quizás) la recompensa a recibir. Que, como en todos lados, hay preferencias y clasismo. Que casi nadie está en esos lugares por el mero hecho de agradecer o por devoción, sino para pedir, expiar y aparentar. Que los que restan de ese grupo están por costumbre, por tradición o por conveniencia. Que los pecados se purgan con demasiada rapidez y mucha liviandad, para que la gente no deje de concurrir al centro. Y que el amor al prójimo (“ama a tu prójimo como a ti mismo”) es un slogan que sirve ‘según la ocasión’, pero que no se practica.

Lo bueno de observar los diferentes lugares a los que fui, de crear hipótesis sobre los mismos y experimentar por el método de acierto y error (siguiendo fielmente los pasos científicos) fue que finalmente entendí que el verdadero lugar donde está y se vive realmente la ‘casa’ de Dios es en nuestros corazones y en nuestras conciencias (muy importante) y que es allí donde se afinca, se exalta y se glorifica el nombre y la palabra del creador.  Los edificios señoriales, con nombres ampulosos y gran pompa son tan solo, como dice la Biblia, ‘sepulcros blanqueados’: pulcros, limpios, solemnes y ceremoniosos, pero vacíos, sin alma, sin espíritu, inertes, carentes de vida… Por eso mejor profundiza tu mundo interior, encuentra vida y sentido en la palabra, predica con el ejemplo (fundamental) y vive con júbilo el tener contigo y en ti la ‘casa’ de Dios…

 

 

 

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