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La Egolatría: ¿pecado antiguo o epidemia moderna?

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La egolatría pecado antiguo o epidemia moderna
La egolatría pecado antiguo o epidemia moderna

El individualismo, narcisismo, ansia de éxito, imagen y poder… ¿es un pecado antiguo o una epidemia silenciosa que invade nuestro tiempo?…

Según expertos vivimos actualmente en la “cultura del yo”, en “la generación de Narciso”, donde queda muy poco tiempo para la solidaridad y todo el interés personal se centra en  “la pasión por el nosotros”.

¿Qué es el narcisismo? El relato más conocido sobre el mito de Narciso es el que Ovidio relató en su tercer libro de ‘Metamorfosis’ en el año 43 a. C. La tragedia comienza a gestarse ya desde la

 

concepción del niño Narciso, puesto que él es fruto de la violencia sexual. El dios-río Cefiso, después de raptar y violar a la náyade Liriope, engendró en ella a un joven de espléndida belleza, a quien dieron por nombre Narciso. Preguntado sobre si el recién nacido tendría una larga vida, Tiresias, el sabio capaz de predecir el futuro, contestó escuetamente: “Sí, siempre y cuando nunca se conozca a sí mismo”.

A lo largo de su vida, Narciso, va a provocar en hombres y mujeres, mortales y dioses, grandes pasiones, a las cuales no responde por su incapacidad para amar y para reconocer al otro. Según el relato de Ovidio, entre las jóvenes heridas por su amor estaba la ninfa Eco, quien había disgustado a Hera y por ello ésta le había condenado a repetir las últimas palabras de todo cuanto se le dijera. Eco fue, por tanto, incapaz de hablarle a Narciso de su amor por él, pero un día, cuando él estaba caminando por el bosque, acabó apartándose de sus compañeros. Cuando Narciso preguntó “¿Hay alguien aquí?”, Eco contenta respondió: “Aquí, aquí”. Incapaz de verla oculta entre los árboles, él le gritó: “¡Ven!”. Después de responder: “Ven, ven”, Eco salió de entre los árboles con los brazos abiertos.  Narciso cruelmente se negó a aceptar su amor por lo que la ninfa, desolada, se ocultó en una cueva y allí se consumió hasta que sólo quedó su voz.

Para castigar a Narciso, Némesis, la diosa de la venganza, hizo que se enamorara de su propia imagen reflejada en una fuente. En una contemplación absorta, incapaz de apartarse de su imagen, Narciso acabó arrojándose a las aguas. En el sitio donde su cuerpo había caído, creció una hermosa flor, que hizo honor al nombre y la memoria de Narciso.

Desde entonces el termino Narcisismo hace alusión al mito de Narciso y al amor a la imagen de uno mismo.

Sigmund Freud introdujo dicho concepto en el área del psicoanálisis a través de su obra Introducción del narcisismo, mediante el cual alude al nombre como una serie de rasgos propios de la personalidad. Sin embargo el narcisismo puede también manifestarse como una forma patológica extrema en algunos desórdenes de la personalidad, como el trastorno narcisista de la personalidad, en que el paciente sobreestima sus habilidades y tiene una necesidad excesiva de admiración y afirmación.

Estos desórdenes pueden presentarse en un grado tal, que se vea severamente comprometida la habilidad de la persona para vivir una vida feliz o productiva al manifestarse dichos rasgos en la forma de egoísmo agudo y desconsideración hacia las necesidades y sentimientos ajenos.

En su uso coloquial se designa un como un enamoramiento de sí mismo o vanidad basado en la imagen propia o ego. La psicología humanista considera que el narcisismo patológico coincide con autoestima baja

Un narcisista o ególatra centra todo su interés sobre su propia persona. Es un ser egocéntrico que se cree el centro del universo. Por eso la egolatría y egocentrismo son sinónimos del narcisismo. Hay en el Narcisista una inagotable sed de que le tengan admiración y adulación, esta última lo incapacita para poder reflexionar e incluso pensar. Vive más preocupado por su actuación, en cuanto a la teatralidad y reconocimiento de sus acciones, que en la eficacia y utilidad de las mismas. Su visión es el patrón al cual el mundo debe someterse.

¿Cómo se cura esta enfermedad?

Como la egolatría es la visión distorsionada de la realidad que nos lleva a creer que los demás están obligados a querernos y a demostrarnos generosamente su cariño. Es pensar que el mundo no podría arreglárselas sin nosotros, que todo cuanto suceda a nuestro alrededor requiere de nuestro protagonismo y que los hechos no son importantes en sí mismo si nosotros no participamos en ellos con nuestras opiniones, juicios y respuestas emocionales. Y es además el uso y el abuso del “yo” y del “a mí”;  con una  vana creencia en nuestras virtudes, pensando que las desventuras están hechas para los demás, que nosotros no las merecemos y que si alguna, injustamente nos alcanza, todos deberán centrar su atención, su ayuda y su consuelo en nuestro drama.

Desprenderse de esta manera de ser no es imposible ni tampoco fácil, sino que requiere de un laborioso y constante esfuerzo personal por encontrarnos, por conocernos y disculparnos, por ejercer la humildad, por vencer la obstinación y salir de nuestro sí mismo (trascender) con la intención de llegar al otro que no es un muro sino un puente con nuestra comprensión y nuestro amor.

El desarrollo humano no se realiza en un tubo de ensayo, como una experiencia de laboratorio, sino que continuamente se está operando con el propio entorno. La maduración auténtica de la persona exige la mediación de la relación interpersonal.  No hay personalización sin desarrollo de la capacidad de ser otro. Es verdad que hay un concepto de individuo en positivo y que es positivo todo aquello que desarrolla la necesidad del sujeto de ser autónomo y responsable de sus actos. Sin embargo, ya etimológicamente individuo significa no-dividido. Por tanto, no es el término individuo sino el término persona el que define bien lo humano del hombre. Ser humano es ser persona y ser persona es ser en relación, es ser diálogo, vivir en diálogo e interacción con otros.

Hoy más que nunca, en esta sociedad individualista, es necesario salir de sí y aceptar al otro y a la interacción humana como valiosa en sí misma, para ir creando un mundo basado en el respeto mutuo y la solidaridad para con los demás.

Más que construir espejos que sólo reflejen nuestra propia imagen, hay que fomentar la transparencia de imagen que nos permita ver las necesidades propias y ajenas como un todo a solucionar y avizorar, de esta manera, un futuro mejor para la humanidad. Reconozcamos que somos mucho menos importantes de lo que creemos ser y que es, desde esa relativa, pequeña pero auténtica importancia, el lugar desde donde  los demás podrán querernos.

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