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La Hacienda de La Estancia

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La Hacienda de La Estancia
La Hacienda de La Estancia

El Sr Francisco Gallegos Franco nos hace llegar desde Jalisco la siguiente Leyenda que con mucho gusto compartimos con nuestros lectores…

Remozada  lujosamente sin escatimar el dinero, la Hacienda de La Estancia, en relativa

cercanía con Lagos de Moreno, es una enorme construcción de tiempos de antaño, que se remontan a La Colonia, habilitada hoy como parador turístico, muy apreciado ciertamente por quienes  gustan disfrutar de parajes quietos y evocadores de leyendas como la que se refiere a este viejo asentamiento español… A semejanza de los viejos castillos ingleses, que son rentados con todo y sus fantasmas, los huéspedes disfrutan de esta vieja leyenda que acostumbro narrar con mi estilo muy personal:

Llegando a la Hacienda de La Estancia las aguas quietas del cercano estanque se van tiñendo con el carmín de la tarde, envuelta ya en los dorados arreboles de la luz crepuscular y apenas si el suave soplo del viento riza con tenues ondulaciones la tersa superficie de los líquidos cristales, que se extienden como un pequeño lago circundado de vegetación que se esfuma por los confines del Sur.

La que antaño fuera una inmensa propiedad de españoles fundadores de la Muy Noble y Leal Ciudad de Santa María de Los Lagos, el día de hoy se encuentra circunscrita a unos cuantos centenares de hectáreas de tierras de pan sembrar, rodeadas como están de parcelas desangeladas propiedad de ejidatarios, que sin la carga emocional de siglos de cariños ancestrales, medianamente las cultivan y atienden para arrancarles precaria subsistencia.

Pocas personas recuerdan ahora el nombre de sus primeros poseedores que vinieran con el Muy Magnífico Señor don Hernando de Martel, fundador de Lagos y su Alcalde Mayor en 1563, como antes lo fuera de Teocaltiche y de los llanos de Tlaltenango y Jerez, mismo que hizo el reparto de tierras en nombre de Rey de España y señaló los solares que habrían de habitar los pobladores, la Plaza de Armas, la iglesia y las Casas Consistoriales.

La Hacienda de La Estancia
La Hacienda de La Estancia

La solidez de los muros de la hacienda, la grandiosidad de la estructura solariega y el lujo refinado de los interiores nos hablan a las claras de pretéritas bonanzas,  mientras la costosa restauración de tan magnífico conjunto, nos manifiesta el empeño por renovar pasadas glorias y por hacer partícipes a las nuevas generaciones del esplendor de tiempos idos, al margen de improbables utilidades.

Nadie sabe ahora el nombre de esa niña. Una deliciosa criatura  en los albores de la adolescencia, que igualmente pudo ser una Anaya, una Zermeño o de cualesquiera de las viejas familias lagunenses, pero sí se sabe que bajo la cuidadosa vigilancia de su padre desde la cercana orilla, solía encaramarse a una graciosa barquichuela y manejando diminutos remos adecuados a la exigua dimensión de sus manitas, se deslizaba rozando apenas los transparentes fluidos, en un paseo de cuento de hadas por el bellísimo contorno, con la pretensión infantil de alcanzar al sol en su carrera. “¡Adiós, papito, solía exclamar todas las tardes, voy  a seguir al sol a visitar su palacio de luz!” y poco rato después regresaba navegando radiante de alegría a seguir disfrutando la belleza del paraje.

Jamás un delicado biombo japonés tuvo nunca la diafanidad de ese paisaje, ni tuvo nunca un gobelino la luminosidad de los colores que todavía se disfrutan en la espaciosa plataforma de sus añosos jardines arbolados.

Una tarde, cuando el sol enviaba sus rayos ya oblicuos  de luces mortecinas, iluminando apenas los contornos convertidos en siluetas, la frágil barquilla se perdía bogando como siempre en lontananza, con el último fulgor del astro agonizante para seguirlo en su carrera. En vano esperó su angustiado progenitor que la niña, como diario, regresara. Todos los servidores de la casa llamados a gritos, acudieron provistos de linternas y se dispersaron por los alrededores del estanque, sin que se encontrara el más mínimo rastro de la criatura, ni un remo flotando, ni un listón enredado en las hierbas de los bordes, ni nada…

Al día siguiente, con el primer rayo del sol que iluminó la comarca, las aguas quietas no mostraban el menor movimiento, ni las profundidades silenciosas revelaron nunca la certeza o posibilidad de una tragedia. Simplemente se habían esfumado en la luz de la tarde la barca y la niña persiguiendo al sol en su carrera.

Cuentan los lugareños que algunos han visto con las últimas luces del ocaso, una estela  apenas perceptible  como de una navecilla que se aleja, pero que nunca retorna, y en las  noches serenas a la luz de la luna se percibe un leve movimiento de las aguas apenas entrevisto. Al caer la tarde los visitantes suelen colocarse  a la orilla del agua por si acaso lograran contemplarla, pero en vano… aunque quién sabe si algún día…

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