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La Historia de la Navidad

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La rica historia de la navidad y su significado son base de una rica tradición que le recuerda a los seres humanos que la solidaridad y el amor al prójimo son el hilo primordial que nos une en la vida.

La Navidad es una de las fiestas más importantes del Cristianismo, junto con la Pascua y Pentecostés, que celebra el nacimiento de Jesucristo en Belén. Esta fiesta se celebra el 25 de diciembre por la mayoría de los creyentes y el 7 de enero en Iglesias Ortodoxas, ya que no aceptaron el calendario juliano, que reformó el Papa Gregorio XIII.

Aunque para algunos historiadores la celebración de la Navidad histórica debería situarse en primavera (entre abril y mayo) siguiendo el relato de Lucas 2:8, que indica que la noche del nacimiento de Jesús los pastores cuidaban los rebaños al aire libre, lo cual es poco probable que este acontecimiento hubiera ocurrido en el invierno, las Iglesias cristianas mantienen el 25 de diciembre como fecha convencional, puesto que en la primavera la Iglesia celebra la Pascua.

La evidencia más temprana de la preocupación por la fecha de la Navidad se encuentra en Alejandría, cerca del año 200 de nuestra era, cuando Clemente de Alejandría indica que ciertos teólogos egipcios asignan no sólo el año sino también el día real del nacimiento de Cristo como 25 Pachon (20 de mayo) en el vigésimo octavo año de Augusto. En el 221, en la obra ‘Chronographiai’, Sexto Julio Africano popularizó el 25 de diciembre como la fecha del nacimiento de Jesús.

El papa Julio I pidió en el 350 que el nacimiento de Cristo fuera celebrado el 25 de diciembre, lo cual fue decretado por el Papa Liberio en 354. La primera mención de un banquete de Navidad en tal fecha es en Constantinopla y data del 379, bajo Gregorio Nacianceno. La fiesta fue introducida en Antioquía hacia el 380.

En Antioquía, probablemente en 386, Juan Crisóstomo impulsó  a la comunidad a unir la celebración del nacimiento de Cristo con el del 25 de diciembre, aunque parte de la comunidad ya guardaba ese día por lo menos desde diez años antes.

En el Imperio Romano, las celebraciones de Saturno durante la semana del solsticio, que eran el acontecimiento social principal, llegaban a su apogeo el 25 de diciembre. Para hacer más fácil que los romanos pudiesen convertir al cristianismo sin abandonar sus festividades, el Papa Julio I pidió en el 350 que el nacimiento de Cristo fuera celebrado en esa misma fecha.

Algunos eruditos mantienen que el 25 de diciembre fue adoptado solamente en el siglo cuarto como día de fiesta cristiano por el emperador romano Constantino, convertido al cristianismo, para animar un festival religioso común para los cristianos y los paganos.

La lectura de expedientes históricos indica sin embargo que la primera mención de tal banquete en Constantinopla no sucedió sino hasta el 379, bajo San Gregorio Nacianceno. En Roma, puede ser confirmado solamente cuando se menciona un documento aproximadamente del año 350, pero sin ninguna mención de la sanción por el emperador Constantino.

Los primeros cristianos celebraban principalmente la Epifanía, cuando los Reyes Magos visitaron al Niño Jesús. Para las Iglesias Orientales la Epifanía es más importante que la Natividad, ya que es ese día cuando se da a conocer a Jesús al mundo, en la persona de los extranjeros.

La leyenda del espíritu de la Navidad

La celebración de la llegada del Espíritu de la Navidad es una tradición de origen nórdico, que da inicio cuando entra el Solsticio de Invierno y el Espíritu de la Navidad baja a la tierra a visitar a los hombres de buena voluntad.

Cuenta la leyenda que, hace unos ochenta y dos mil años, un ser de una galaxia muy lejana llegó al planeta Tierra, específicamente en la zona que actualmente se conoce como Escandinavia. Este individuo, caracterizado por una contagiosa alegría, era un viajero errante que predicaba sus conocimientos sobre la vida en otras galaxias.

De contextura delgada, alto y apariencia juvenil, del cuerpo de aquel ser trascendente se desprendían destellos luminosos de color rojo y dorado. Estas emanaciones se transmutaban en oro y piedras preciosas, las cuales eran recibidas por los pobladores como obsequios de condensación de energía y no por una valía mercantil, inexistente en aquellos tiempos inmemoriales.

Como todas las leyendas, esta maravillosa historia esconde un trasfondo realista. El ahora conocido como el Maestro de la Natividad fue un hombre muy bondadoso, característica que le mereció la inmortalidad en una figura magnánima que, cada año, está dispuesto a dar millones de regalos.

La gran sabiduría de este individuo se tradujo en la percepción generalizada de que era un anciano, el cual deambulaba por los fríos (y ahora inexpugnables) parajes en los que se recrea la leyenda. La apariencia de quien fuera el sustrato mortal para ese divino ser difiere mucho de su representación tradicional de una persona obesa con barba. La verdad olvidada es que era un hombre alto, rubio, con grandes ojos azules, cara ovalada y figura delgada.

En la agonía de cada año, el Espíritu de la Navidad desciende de forma etérea en todos los hogares que le dan la bienvenida, recibimiento que se retribuye con abundancia, paz y amor para los próximos doce meses.

 

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