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La imagen de San Juan de los Lagos
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La imagen de San Juan de los Lagos

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Misterios Mitos y leyendas 1Corría el año de 1674 en un pequeño poblado de la región del altiplano de la Nueva Galicia, al margen del Camino Real que comunicaba a Lagos de Moreno con la capital. Los habitantes de aquel lugar se encontraban ocupados en los preparativos para celebrar el día de su santo patrono. La ermita era decorada con lazos de pino, arcos de flores y el atrio barrido mañana y tarde. Ana Lucía, esposa del sacristán de la ermita, ponía especial esmero en el arreglo del altar.

En la adyacente sacristía se escribía una historia diferente: el lugar estaba a oscuras, sin ventanas y la escasa iluminación provenía de la puerta que comunicaba con la nave principal. El interior servía para los objetos descartados por las autoridades, entre ellos imágenes de culto que habían sucumbido a accidentes y los estragos del tiempo. Una virgen de rostro afeado por la polilla también sufría el abandono general. Y era en ella que la esposa del sacristán tenía puesta su atención a toda hora.

Una mañana, Ana Lucía descubrió que la imagen en cuestión se encontraba en la peana principal de la capilla. Aquello la tomó de sorpresa y pensó que alguien la había puesto ahí para hacerle pasar un mal rato, cosa que no era difícil de pensarse. La devolvió a la sacristía y cerró la puerta con llave, la que decidió cargar con ella para evitar futuras provocaciones y molestias de los parroquianos. A la mañana siguiente, habiendo ya olvidado el incidente, regresó a cumplir con sus obligaciones y, cuál no sería su sorpresa, la humilde imagen de ropón deshilachado, cabellera desordenada y rostro desfigurado, estaba de regreso en la peana. Ella comprendió en ese instante que aquella acción no era producto de un engaño. Era una muestra del poder sobrenatural de la virgen.

Por aquellas fechas una caravana de cirqueros trashumantes iba por el Camino Real con destino a la capital. Su empresa era modesta; los adultos caminaban al lado de los carretones, mientras mujeres y niños viajaban entre avíos y enceres. Conocedores de su oficio, hacían sus recorridos de manera tal que coincidieran con el mayor número de festividades y de ese modo sacar mayor provecho de su tiempo. El intenso calor de mayo causaba estragos en todos ellos y optaron por hacer un alto de cuatro días en San Juan, pueblo demasiado pequeño para sus pretensiones, pero como coincidía con una festividad religiosa, aprovecharían el alto para hacer algunas demostraciones circenses y descansar.

Juan Contreras, en compañía de su mujer y sus dos hijas adolescentes, eran los que hacían demostraciones temerarias y por ende la atracción principal.

Después de desentumir el cuerpo, el grupo retomó las prácticas. El payaso sus gracias, los equilibristas concentración sobre la soga tirante y don Juan el acto más temerario de todos: sus hijas caminando descalzas sobre una serie de espadas, con los mangos sujetos en una gruesa tarima y la vaina vertical, con la punta expuesta. Era un acto rutinario para ellas, desplazarse sin asistencia alguna sobre puntiagudas espadas. En una de las prácticas la tragedia ensombreció sus vidas, embargó de tristeza a los cirqueros y pobladores por igual: una de las niñas, la más joven, resbaló y cayó, de tal suerte que los sables atravesaron su cuerpo, causándole una muerte instantánea.

El luto no solo empañó las celebraciones de San Juan, sino la vida de aquellos personajes trashumantes. Llenos de dolor los padres removieron el cuerpo sin vida de la adolescente y lo amortajaron para darle sepultura. La carpa fue desalojada de los enseres de las suertes circenses para convertirla en capilla velatorio. Ana Lucía regresaba de la ermita rumbo a su casa, con el corazón hinchado de regocijo, cuando vio aquel doloroso funeral. Sin pensarlo mucho se dirigió a los padres de la criatura y dijo que sabía cómo regresarla a la vida, que no continuaran sufriendo, por lo contrario, que tuvieran fe en lo que estaba por venir. Nadie sabía de qué hablaba aquella mujer y, como todo estaba perdido, no había razón para no escucharla. Ana Lucía volvió a la capilla, sacó de entre sus ropas la llave de la sacristía y salió con la Virgen entre sus brazos. Llegó hasta el cadáver y la situó en el pecho, sobre las manos cruzadas y le pidió a la imagen que ayudara a aquella sufrida gente.

Para sorpresa de todos, la criatura dio signos de vida y abrió los ojos. Sus padres se apresuraron a liberarla de la mortaja y la inocente criatura se incorporó como si nada hubiese pasado ante el júbilo de los presentes que atestiguaban aquel sorprendente milagro. Todos de rodillas dieron gracias a la virgen. Las campanas soltaron repiques y los fuegos artificiales llenaron de destellos el día y la noche. La imagen de San Juan de los Lagos fue restituida a su altar en donde quería estar y, posteriormente, llevada por los mismos cirqueros a la Nueva Galicia para darle su antigua belleza y su lustre divino.

 

 

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