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La maldición del 99
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La maldición del 99

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Misterios mitos y leyendas 1

Hace muchos años en Tulancingo, Hidalgo, vivió Don Pánfilo García, un hacendado con mucho poder, inmensa fortuna y que, se dice, tenía pacto con el Demonio. Don Pánfilo era dueño de 99 haciendas, después de varios intentos por obtener más, se dio cuenta que no le era posible, porque al querer adquirir una más, le pasaba algo a su persona, como cortarse, caerse, etc., eso lo orilló a comprarse un rancho en el municipio de Singuilucan. Esta nueva propiedad contaba con túneles, pasadizos y cuevas, que solo él conocía y siempre se refugiaba ahí, a tal grado que pasaban semanas sin que se supiera de él, la persona que entraba a buscarlo nunca se le volvía a ver y hasta su propia hija no lo podía encontrar porque ni a ella le contaba sus secretos.

Cuentan que Don Pánfilo era malo y cruel con sus trabajadores. Que estos no tenían derecho de faltar a sus labores, ni aún enfermos, porque una falta era motivo de que los echara a los puercos hambrientos que tenía y éstos devoraran a los peones. Nunca escuchaba explicación alguna y cuando su personal le pedía que les diera una ración más de comida, los encerraba en el cuarto de torturas y los castigaba hasta veinte o más días para que nunca más le volviesen a pedir algo.

Al confesarle su hija que estaba profundamente enamorada de un peón y de su intención de casarse con él, en un arrebato de ira, Don Pánfilo se enfureció tanto que la golpeó y la encerró durante muchos meses y al peón mandó traerlo para torturarlo hasta destrozarlo y, aunque su hija le rogó que le diera Santa Sepultura, su padre no le hizo caso y dio el cuerpo del joven en partes a los puercos para que fuera devorado. Su hija, al ver la crueldad, se deprimió tanto que terminó por suicidarse.

Pánfilo no pudo con la pena así que, poco tiempo después, enfermó y mandaba traer doctores de muchas partes. Estos, al conocer su posible fin preferían huir, pues si no lo curaban los arrojaban a los ya famosos puercos. Cada día que pasaba Don Pánfilo se enfermaba más de tristeza, hasta que murió dejando una enorme fortuna, de la cual ninguna persona podía tomar ni un centavo ya que, los que se atrevieron, murieron.

Después de escuchar el repicar de las campanas por mucho tiempo, el pueblo al fin se pudo reunir para darle sepultura. En el momento del salir de la Iglesia cayó una tremenda tormenta, por lo cual se tuvo que esperar por varias horas para seguir el cortejo.

Cuando iban llegando al cementerio la caja empezó a rechinar con mucha fuerza, los asistentes al sepelio, aunque estaban muy asustados, no se retiraban hasta que lo terminasen de sepultar y se llevaron tremenda sorpresa pues cuando lo enterraban, era inmediatamente expulsado el féretro a la superficie.

Después de varios intentos de enterrarlo, sin tener éxito, acordaron entre todo el pueblo que los peones que le fueron más fieles lo llevaran a las montañas más lejanas que pudieran, cargando todo su oro, joyas y dinero.

Así, cargaron varios burros y a Don Pánfilo García lo pusieron en una carreta. Cuando iban en camino, los senderos se abrían y los burros empezaron a caer al vacío, mientras que de la caja se escuchaban lamentos y ruidos muy fuertes que se podían escuchar a lo lejos.

Finalmente, al llegar al lugar que habían acordado para sepultarlo, los peones no pudieron abandonarlo para regresar a sus hogares y quedaron junto a su amo como ermitaños.

Dicen que parte de su fortuna está enterrada en el jardín de la hacienda Exquitlán, cuidada por los duendes que moran allí y que la persona que pueda entrar cuando haya luna llena y a las doce de la noche y cave exactamente donde este la sombra de la cruz de la capilla (antes de ser devorado por los duendes) será el dueño de la fortuna de Don Pánfilo García.
 

 

 

 

 

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