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La Monja de la Catedral

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La Monja de la Catedral
La Monja de la Catedral

Las leyendas urbanas son fábulas populares que corren de boca en boca como si fueran ciertas…

En Durango una de las leyendas urbanas mas divulgadas es, sin dudas, la de la Monja de la Catedral. Narra la historia que Beatriz era la única hija de un matrimonio asentado en la

ciudad.

Corría la mitad del siglo XIX cuando Beatriz decidió a ingresar a un convento de religiosas, contando con el beneplácito de sus padres. Sin embargo al poco tiempo de haberlo hecho el clero cerró el convento en donde se encontraba Beatriz. La monja regresó entonces a su casa encontrándose con la desagradable sorpresa de que su madre había muerto y que su padre se encontraba muy enfermo.

Las reservas económicas de la familia se habían agotado y la situación era difícil. El tiempo pasaba y no había dinero ni donde conseguirlo, las fuentes de trabajo estaban cerradas, acababa de pasar la guerra de reforma y ya se estaba en plena intervención francesa.

El padre murió y ella tuvo que hipotecar la casa para enterrarlo poniendo en riesgo su único patrimonio donde podría vivir mientras se abría nuevamente el convento. Beatriz quedó envuelta en terrible soledad, protegida por su fe y sostenida con la esperanza de volver pronto a su vida monacal.

Fue en ese tiempo que las tropas francesas entraron en Durango, siendo objeto de un caluroso recibimiento por la burguesía y el clero, mientras la sociedad aristócrata les brindó su casa a los jefes y oficiales, quienes cortejaban sin oposición a las damas duranguenses.

A los jóvenes lugareños nunca les cayó bien lo que veían. Odiaban a los franceses por ser invasores y ese odio daba razón para asesinarlos cuando se daba la oportunidad. Así sucedió una noche de agosto de 1866, cuando se encontraron un joven, su novia y un oficial francés que intentaba cortejarla. El duranguense defendiendo el honor de su amada asestándole dos o tres puñaladas al oficial que, al sentirse herido, huyó. El joven persiguió al oficial en su afán de aniquilarlo y este, consciente del peligro, tocó en la primera puerta que encontró… Justamente era la casa de Beatriz. La muchacha abrió la puerta y el francés cayó sangrante en el suelo. La monja cerró la puerta y se quedó sin saber qué hacer. Luego, cuando pasó el estupor, curó al oficial y lo hizo descansar.

Cuando el Oficial, llamado Fernando, volvió en si le suplicó que le permitiera pasar esa noche allí pero Beatriz le negó refugio. Él le imploró su ayuda, entregando un puño de monedas de oro, que convencieron a la monja. Fernando se quedó entonces en casa de Beatriz y, al poco tiempo, ambos se enamoraron.

Pero las cosas cambiaron: Napoleón ordenó el retiro de los franceses y Fernando, se dispuso a abandonar la ciudad de Durango. Beatriz se resistió en principio, pero él la convenció ofreciéndole volver pronto.

La monja le consiguió un caballo y por la noche el oficial francés salió sigilosamente de la ciudad. La despedida fue dolorosa, como son las despedidas de dos seres que se quieren. Ella le regaló una medalla de oro que llevaba colgada en el pecho y le dijo: “Para que te cuide”. Fernando montó en su caballo y se perdió en la noche estrellada.

Hacia frio y las campanas de la catedral marcaban las tres de la mañana. Beatriz levantó los ojos al cielo y con voz apagada dijo: “tiene que volver señor, tú me lo vas a traer”; mientras que a paso lento se dirigió a su casa.

Por otra parte Fernando, cuando se alejó de Beatriz, se sintió solo y lloró a torrentes. Era el hombre más desgraciado de la tierra, sin patria, sin familia, sin dinero, sin compañeros y con el tremendo estigma de llevar el uniforme de un ejército invasor que se batía en retirada.

Sintió que su vida estaba en peligro y se arrepintió terriblemente de no haberse quedado con Beatriz por lo que optó por su regreso. Miró el horizonte, el amanecer anunciaba un nuevo día y pensó en el gozo que le iba dar ver a Beatriz nuevamente.

Pero Fernando nunca pudo llegar al lado de su amada porque una avanzada de la guerrilla lo divisó y, en una corta persecución, lo mataron. Aquel soldado no traía nada de importancia, ni siquiera fusil, solo colgaba en su pecho una medalla de oro con la imagen de la Purísima concepción y un nombre grabado por el dorso que decía: Beatriz.

Beatriz no supo nada de esto, ella vivía por el recuerdo de Fernando y por la nueva vida que latía en su vientre producto del amor. Consideraba que el regreso de su amado era cuestión de días o de meses. Por lo que, en su casa, volvió a la vida de rutina.

Únicamente le inquietaba el hecho de saber que la sociedad y la religión la iba a condenar por su pecado así que, si Fernando no volvía, ella moriría de pena.

Así pasaron los meses sin tener noticias de su amado. A ella la confortaba la idea de que él no escribía porque estaba próximo su regreso. Tanta era su esperanza, que los días de plenilunio subía a lo alto de la torre del campanario con la esperanza de ver aparecer su amado. Beatriz trepaba a lo alto de la torre izquierda de la catedral, a hurgar en el horizonte esperando el retorno de Fernando. Por fin, cuando el niño de Beatriz estaba por nacer, una mañana del mes de abril, a las primeras luces del alba, el Sacristán del templo vio tirado sobre el atrio enlozado de la catedral, el cuerpo de una mujer que con los brazos abiertos sobre el suelo, yacía muerta.

Nunca se supo si fue suicidio o si fue un accidente producto del agotamiento y el desvelo el que ocasionó el desplome.

La realidad es que Beatriz murió por la caída de más de treinta metros de altura y que, desde entonces, todas las noches de plenilunio se ve la silueta de una monja vestida de blanco en el campanario de la torre izquierda de la catedral de Durango, de rodillas contemplando el occidente e implorando por el retorno de su amado.

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