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La paja en ojo ajeno…

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Tab Machado
Tab Machado

Hay gente que se cree con derecho a juzgar a los demás, resaltar sus errores y defectos con soberbia y altanería, sin detenerse a pensar tan siquiera un momento en sus propias vidas. Son jueces y verdugos de sus semejantes, sancionándolos con el cayado de su arrogancia, sin aceptar que se les haga una crítica, dado que ellos son perfectos, únicos y especiales…

A estas personas, carentes de humildad, les encanta ventilar los problemas de los demás, dar consejos, juzgar comportamientos y decir cómo deben resolverse las dificultades ajenas o el conducirse en la vida, pero no aceptan que nadie se meta en sus asuntos, siendo furibundos defensores de su

intimidad y escondiendo muy celosamente sus propias miserias del alma…  A estas personas les queda  muy bien el viejo dicho que dice: “haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago”…

Lamentablemente se las encuentra por doquier, siempre vigilantes y atentas al hacer del prójimo, para dictar cátedra de cómo vivir, pero sin predicar con el ejemplo. Son inquisidores celosos de los defectos y errores de sus semejantes, imponiéndoles normas de vida que ellos mismo no pueden o no saben cumplir… miran la paja en el ojo ajeno, sin quitarse ni un solo instante la viga de sus propios ojos…

Cuenta una historia que había una mujer en un pequeño pueblo que creía que era el cantar de su gallo el que hacía que el sol saliera.  Llegó a esta conclusión porque cada mañana, con toda precisión, en cuanto su gallo cantaba, el sol aparecía en el horizonte.

Le encantaba hablar de los demás, juzgaba todo lo que hacían sus vecinos y siempre tenía una solución en la mano para los problemas ajenos, sin detenerse a mirar lo que era su propia vida…  Pero ocurrió que un día tuvo un pleito con unas vecinas y se enojó mucho porque le dijeron que arreglara su propia vida en vez de la ajena por lo que, muy enojada, se mudó a vivir con su hermana en un pueblo lejano.

Al día siguiente, cuando el gallo empezó a cantar, ella  supuso que ahora el sol salía donde ella estaba, mientras que en su pueblo sus “enemigas” seguramente seguían a oscuras.  Por eso le extrañó que no vinieran a suplicarle que regresara con su gallo. Lo atribuyó a la estúpida arrogancia de aquellos ignorantes que seguramente preferían vivir en la oscuridad a pedirle perdón…

Así es la vida de las personas que viven en la alta y escarpada cima de la arrogancia, donde solo se admiten a ellos mismos, como seres perfectos y no hay lugar para los demás. Lamentablemente muy pocas veces se les cae la venda de los ojos, pero cuando eso finalmente ocurre, solo encuentran en su alrededor soledad, aislamiento y ninguna mano amiga que estrechar… Como dice un viejo proverbio inglés: ten cuidado cuando apuntas con un dedo…recuerda que otros tres te señalan justamente a ti…

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